Brutos de amor

capitulo 9

“Pulso en pausa”

Vick

El hospital siempre huele igual.

A desinfectante, a café viejo, a historias no contadas.

Pero hoy, por primera vez, volver a este lugar me pesa distinto. Me late distinto.

Entré con la mochila colgando mal del hombro, el carnet apretado entre los dedos y una idea fija en la cabeza: concentrarme.

Solo eso.

Nada de Andes Bruto. Nada de miradas. Nada de “pitufo”.

Lo que pasó en esa habitación, lo que me susurró cuando todo se desmoronaba, no puede nublarme ahora.

—Vuelta al ruedo, Lombardi —me dije al pasar por el pasillo de residentes.

La mayoría me saludó con sonrisas y frases rápidas como “¡Qué bueno que estés mejor!” o “Te extrañamos, eh”, pero yo solo asentía, sin detenerme demasiado. No quería conversación. No hoy.

Fui asignada a la sala 3, pacientes de control prequirúrgico.

Anoté signos vitales, ordené carpetas, me enfoqué en hacer bien mi trabajo, como si no se me cayera el alma a pedazos cada vez que lo veía pasar por el pasillo.

Porque sí, Lionel estaba ahí Como siempre.

Y yo lo evitaba como si tuviera fiebre contagiosa.

Lo vi una vez a la distancia. Tenía el guardapolvo abierto, una carpeta en la mano y el ceño fruncido

Y lo peor fue que al verlo, sonreí.

Sin querer.

> “Concéntrate, Vick. Si pensás en sus ojos, vas a terminar diciéndole sí a una apendicectomía en la rodilla izquierda de un paciente.”

Estaba terminando de tomar nota de un paciente cuando lo vi entrar.

Mark.

Con esa sonrisa perfecta que ya no me generaba nada. O eso quería creer.

—Vick —me saludó, acercándose—. Qué bueno verte otra vez por acá. Y esta vez trabajando. Cómo está tu mamá? Pregunta por mí? Cómo “El novio” tuyo que soy?

—Sí —respondí, breve—. Ya volví. Y no sabes ni me pregunta. Es mejor que dejes esa farsa.

—ñiñiñi, Yo se perfectamente que te mueres por mí preciosa—me guiñó el ojo—, cualquier cosa ya sabés dónde encontrarme…

Antes de que pudiera responder, una voz apareció detrás nuestro. Cortante. Directa.

—Lombardi, necesito que te prepares. En diez minutos vamos a quirófano.

Me giré, sorprendida.

Lionel estaba ahí.

De pie, como si no hubiera tensión. Como si no me hubiera sostenido el alma días atrás. Como si no me temblara todo el cuerpo cada vez que lo tenía cerca.

—¿Qué? —balbuceé.

—Cirugía de válvula mitral. Vas a entrar con nosotros. Con la jefa de guardia. Es importante. ¿Tenés algún problema?

Lo miré.

No. No tenía ningún problema.

Salvo él.

—No. Todo bien —dije, con la voz más neutral que encontré.

Mark frunció el ceño, incómodo. Lionel lo ignoró por completo.

Su mirada estaba clavada en mí.

—Perfecto. Nos vemos en quirófano, Pitufo. —Y se fue, como si nada.

Pitufo.

Otra vez ese apodo. Otra vez su voz.

Y yo, como una idiota, con el corazón en huelga.

*

Cuando entré al quirófano, el frío me sacudió los huesos.

No por la temperatura.

Sino por él.

Lionel ya estaba ahí, con el barbijo puesto, los guantes ajustados y esa mirada que usaba solo cuando tenía un bisturí en la mano.

La jefa de guardia, la doctora Rosetti, también estaba lista. Alta, morocha, con ojos afilados como bisturís. Daba miedo. Y respeto.

—¿Lombardi, no? —me dijo sin rodeos mientras se acomodaba los lentes—. Escuché que venís saliendo de una internación. ¿Estás en condiciones de estar acá o preferís salir?

Me quedé helada.

—Estoy bien —respondí, firme. Casi desafiante.

Lionel alzó una ceja, sin mirarme directamente, pero se notaba que escuchaba.

> “¿Te importa que esté bien, Lio? ¿O solo no querés que me muera en medio de una operación?”

—Bien. Vas a observar. Y aprender. No quiero errores. Y tampoco quiero suspiros de novela adolescente en medio de una válvula mitral, ¿entendido? —soltó Rosetti con sarcasmo mientras revisaba los instrumentos.

Lionel apenas reprimió una sonrisa. Yo no tanto.

La cirugía comenzó.

Y verlos a los dos operar era como ver una batalla silenciosa de precisión.

Rosetti marcaba los pasos. Lionel seguía, pero a veces se adelantaba por instinto. Ella lo corregía. Él apretaba la mandíbula. Y después lo hacía mejor.

—Buen reflejo, Grecco —murmuró ella en un momento—. Pero si vas a tomar la delantera, asegurate de no romper nada.

—Tranquila, jefa. Yo rompo otras cosas, no corazones —dijo él con voz neutra, aunque su tono tenía una carga que no supe leer.

Yo contenía la respiración en cada maniobra.

Sabía que era un simple peón ahí. Pero no podía dejar de observarlo.

Lionel se movía como si su cuerpo supiera antes que él lo que tenía que hacer.

Preciso. Firme. Casi hermoso de ver.

> “¿Hermoso?”

“No. No, Vick. Es solo técnica. Solo neurocirujano modo dios. Nada más.”

En un momento, me giré para alcanzar una pinza que se cayó. Al levantar la vista, nuestros ojos se cruzaron.

Y el quirófano, por un segundo, desapareció.

Él no sonrió.

Yo tampoco.

Pero algo… algo se dijo en esa mirada.

Y fue demasiado.

—Lombardi —dijo Rosetti—, acercate

Me acerqué derivadamente con cuidado y ver esa imagen preciosa de la válvula, me encantaba.

—Grecco, Lombardi —dijo sin levantar la vista de la incisión—. ¿Qué tipo de válvula estamos reparando?

Lionel no respondió enseguida. Me miró de reojo.

Sabía que ella me estaba probando a mí.

> “Tranquila, Vick. No tiembles ahora.”

—Válvula mitral —respondí, firme—. La que separa la aurícula izquierda del ventrículo izquierdo.

—Ajá —asintió Rosetti—. ¿Y qué complicación puede surgir si el cierre no es completo?

Tomé aire. Sentí el peso de la mirada de Lionel sobre mi nuca.

—Regurgitación mitral. Retroceso de sangre hacia la aurícula, lo que puede provocar insuficiencia cardíaca si no se trata.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.