"Latidos que se apagan"
Vick
Los días normales son los más traicioneros.
Empiezan igual que siempre: el despertador vibrando con flojera, el olor a tostadas quemadas que mi mamá jura no haber hecho, la ducha tibia que me despierta a medias.
Hoy fue uno de esos.
Me levanté con el corazón tranquilo, o al menos en reposo. Desayuné sin prisa, me puse la ropa más cómoda que encontré y salí con una lista de compras que mi mamá me había dejado pegada en la heladera.
> "Verduras, leche, pasta dental y si pasás por lo de Marce, traé pan. Ah, y una sonrisa, que últimamente estás medio apretada de stock."
—Mamá.
Fui al mercado como si mi vida no fuera una serie de sustos médicos, miradas que me desordenan el ritmo cardíaco y quirófanos que me dejan con las manos temblando. Compré todo. Hasta el pan.
Volví a casa, almorcé con mamá. Hablamos de pavadas. Le conté —con censura quirúrgica— que había vuelto al hospital, y ella fingió no preocuparse demasiado. Me miraba con esos ojos que dicen más que la boca.
—No corras. Ni con los pies, ni con el corazón —me dijo antes de que me fuera.
Le prometí que no lo haría. Mentí, claro.
Ya en la puerta del hospital, algo en mí se tensó.
No sabía que el día iba a partirse al medio.
Que alguien que me hacía reír en las rondas médicas… iba a dejar un silencio más grande que cualquier diagnóstico.
Y entonces lo vi.
Lionel, en la entrada, con esa cara que usaba solo cuando algo no andaba bien.
Y yo... yo ya sabía. Antes de que me lo dijera.
—Vick —dijo él, con voz seria—. Es Don Antonio. Tenés que venir.
Ya empezamos perfecto el día, eh. El Pelinegro dándome hermosas noticias tan pronto.
—¿Me podes decir que pasa con Don Antonio?—digo caminando detrás de él, Un paso suyo son 3 míos.
— Está muy grave, Y como es tu paciente justo llegaste, pensé que estarías preocupada por él.—se detuvo en la recepción. Agarró una carpeta y me la entregó.
— Mmh.. Está bien—Intente sonar lo más dura posible. No quería verlo mal a don Antonio pero de esto se trata ser médica. De ver mal a tus pacientes y ayudarlos a que mejoren. Me estaba yendo mientras revisaba la carpeta hasta que me detuve, me gire y le dije— Gracias Andes bruto por esto. Te debo una.
— De nada pitufo bruta.—se dio la media vuelta y se fue.
Mí corazón seguía pensando en la nota de ayer. El durmiendo yo leyendo con lágrimas y nudo en la garganta eso. Su letra.. esas palabras, eran igual o parecía a la que habían encontrado en mí casillero.
Piba deja de alucinar, ¿Por Qué un andes bruto como Lionel Grecco te dejaría una nota?
El pasillo hacia la sala de internación se me hizo eterno.
Las luces fluorescentes me golpeaban los ojos y la carpeta entre mis manos pesaba como si llevara una bomba de tiempo.
Porque lo era.
Don Antonio estaba en la habitación 112.
Ese hombre que coqueteaba con todas las enfermeras, que me decía “doctora bonita” con esa voz rasposa y sonrisa de galán jubilado…
estaba al borde.
Abrí la puerta con cuidado.
—¿Don Antonio? —dije, apenas un susurro.
Estaba ahí.
Más delgado, con la piel más pálida, los labios secos. Su respiración era irregular, y su mirada, aunque cansada, todavía buscaba algo.
Me buscó a mí.
—Doctora… —murmuró—. Viniste.
Me acerqué y le tomé la mano.
—Obvio que vine. Usted me debe una revancha al truco.
Él rió apenas. Tosió. Cerró los ojos un momento.
—¿Y si esta vez… me gana usted?
Mi garganta se apretó.
No. No todavía. No así.
—Mejor no hable. Estoy acá. Y no pienso dejarlo solo.
Miré el monitor.
Sus signos eran bajos. Muy bajos.
Apreté el botón de asistencia.
Pedí oxígeno. Llamé a Moretti. Pedí ayuda.
Pero sabía lo que venía.
Y cuando vino —el pitido agudo, el temblor en su pecho, el silencio que le siguió al esfuerzo—
yo estaba ahí.
Intenté.
Juro que lo intenté todo.
Pero Don Antonio... se fue.
Y yo me quedé con el estetoscopio colgando, las manos temblando, y un nudo en el pecho que no se aflojaba ni con oxígeno.
> “Mi primer paciente.
Mi primer muerte.
Mi primer adiós sin poder evitarlo.”
Salí del cuarto de Don Antonio sin sentir los pies en el suelo. Caminé hasta la sala de descanso como se camina después de un terremoto: lento, confundida, deseando que nada se hubiera roto.
Me dejé caer en el sillón. El pecho me dolía, pero no por mi corazón de fábrica fallida. No era una arritmia. Era ese otro dolor, el que conocí el día que supe que papá se había ido. Ese que no te deja llorar porque no sabe por dónde salir.
Estaba con el celu. Ni siquiera debería estar acá. En realidad, tendría que seguir con mis prácticas.
> “Sos una piba maleducada, andá de nuevo con las prácticas, burra.”
Estaba tomando agua cuando se abrió la puerta.
Era Mark.
—Qué sorpresa hay acá… ¿Cómo anda la doctora más linda que he visto en el mundo? —dijo, haciéndose el coqueto.
—Mark, andate. No estoy de humor —le respondí sin ánimos de nada.
—Uy, uy, ¿qué pasó? ¿Se te murió tu crush? ¿El viejito verde ese que le coqueteaba hasta a la jefa? —se burló.
—Ese viejito, como lo llamás, era muchísimo mejor que vos. Sos un asco. Andate.
—Sí, como digas, precios…—
Antes de que pudiera terminar, la puerta se volvió a abrir.
Justo quien deseaba que no fuera.
Lionel.
—Martínez, andate, haceme el favor —le dijo, con tono seco.