Brutos de amor

capitulo 11

"Ecos que no se apagan"

Vick

La habitación era pequeña, de madera clara y olor a humedad vieja.

Había una cama grande, que supo ser de sus nonnos. Y un colchón tirado al lado, que él bajó del altillo, sacudiendo polvo y telarañas como si fuera parte del ritual.

—Dormí en la cama —dijo Lionel, sin mirarme—. Yo me arreglo acá.

No discutí. Me temblaban las piernas y ni siquiera sabía por qué.

Me acosté, con el pelo aún húmedo, sintiendo cada segundo pasar como si alguien los contara en voz alta.

Afuera, la lluvia seguía cayendo. Adentro, el silencio se llenaba de todo lo que no decíamos.

—¿Vick?

Su voz me llegó desde el suelo, suave, ronca, un susurro de tormenta contenida.

—¿Qué?

—Nada… Buenas noches.

—Buenas noches.

Y aunque estábamos separados por apenas un metro, sentí que él estaba en todos lados.

En el zumbido de la lluvia.

En el calor que me subía por la nuca.

En cada rincón de esa casa con historia… que de a poco también empezaba a ser nuestra.

Tardé en dormirme. No sé si por el ruido, por el calor, o por lo que había en mi pecho.

Lo único que sé es que cuando cerré los ojos, su voz seguía ahí.

Como si me acariciara desde lejos.

Me desperté sin saber por qué.

Afuera, la lluvia se había ido, pero el frío había quedado.

El aire olía a tierra mojada y madera húmeda.

Me puse un buzo de Lionel me lo había prestado porque el mío estaba mojado. Si llevaba su ropa.—uno gris, enorme, con olor a lavanda y algo que sólo podía ser él— y salí al porche.

Me senté en uno de esos bancos viejos de madera que crujen como si fueran a contar secretos.

Entonces lo escuché.

—¿Te escapás sin permiso? —dijo su voz, grave, desde la puerta.

Giré la cabeza. Estaba descalzo, despeinado, con una manta al hombro.

Parecía más chico. O más real.

—No podía dormir.

—Estás temblando.

—No es para tanto.

Pero lo era. Porque en menos de un minuto, él ya estaba abriendo la puerta del living y encendiendo la chimenea con una destreza que no pensé que alguien de su edad supiera manejar.

—¿Querés que hierva agua para un té?

—¿Vos sabés hacer té?

—Sé encender fuego. El té me lo invento.

Me reí bajito. Y esa risa lo hizo sonreír a él también.

Nos quedamos un rato ahí, mirando cómo las llamas crecían. En silencio. Cómodos.

El calor nos rodeaba, pero el que me quemaba era otro.

—Deberíamos volver a dormir —dije, sin querer que se terminara.

—Sí.

—Pero esta vez…

Me callé un segundo.

—¿Esta vez? —repitió él, girando apenas la cabeza.

—La cama es grande.

Me miró. No dijo nada.

—Y vos sos alto. El piso te va a arruinar la espalda.

—¿Me estás invitando?

—No seas idiota. Te estoy cuidando.

—Ajá.

—Cada uno en su lado. Sin invasiones.

—Límite imaginario en el medio. ¿Como en las películas?

—Exacto. Y si lo cruzás, te pateo.

Se levantó primero, me tendió la mano.

La tomé.

Cuando entramos a la habitación, no había música ni luces dramáticas. Solo dos cuerpos cansados, demasiado cerca.

—Buenas noches, otra vez —susurré, acostándome del lado izquierdo.

—Buenas noches, Vick —contestó él, del derecho.

Hubo un momento más. Uno en el que las respiraciones casi se tocan.

Y aunque no se dijeron más palabras, el silencio fue suficiente.

Porque dormir al lado de alguien que te asusta y te calma al mismo tiempo…

Eso sí que es peligroso.

La cama era grande. Y sin embargo, se sentía chica.

Él estaba de un lado. Yo del otro.

Entre nosotros: nada.

Pero en el aire: todo.

Traté de cerrar los ojos, de convencer a mi cerebro de que dormir con Lionel Grecco no era una idea completamente estúpida.

Hasta que, en medio de la noche, algo me rozó.

Su mano.

Apenas. Como una caricia accidental. Como si en sueños, su cuerpo lo hubiese traicionado.

No me moví.

Sentí la piel arder justo donde me había tocado.

Una línea imaginaria que me dividía en antes y después.

Y entonces lo escuché murmurar, con la voz grave del que flota entre el sueño y la verdad:

—Bruta…

Sonreí.

En la oscuridad. En silencio.

Y no supe si me estaba insultando o protegiendo.

Pero me dormí después de eso.

Con el corazón demasiado despierto.

*

—Bueno, hablen o me infarto —dijo Mar apenas me senté con el vaso de jugo en la mano.

La miré. Olivia también me miraba, como si las dos supieran que yo venía cargada.

—¿Qué pasó? ¿Y esa cara de “me subí a una montaña rusa emocional sin cinturón de seguridad”? —insistió Mar, cruzando los brazos con esa cara de no me mientas, que te conozco.

Suspiré.

—Fui al campo de Lionel —dije.

Mar casi escupe la bebida. Olivia levantó las cejas.

—¿Cómo que fuiste al campo de Lionel? ¿Vos? ¿Él? ¿Solos? y además él tiene un campo? —Mar parecía estar haciendo una ecuación imposible.

Asentí, mirando el líquido moverse dentro del vaso.

—Me dijo que quería ayudarme a despejarme... después del tema con Don Antonio, y de todo el caos en el hospital.

—¿Y vos fuiste? —preguntó Olivia, tranquila pero con una media sonrisa.

—Sí. No sé ni cómo terminé aceptando. Pero... Fue raro. Lindo. Incómodo. Aterrador. Y gracioso. Todo junto.

Mar abrió la boca, lista para disparar.

—¿Y pasó algo? Decime que se besaron. O que le dijiste que te gusta. O que al menos se te escapó un “te odio con amor”.

Negué, pero no muy convencida.

—No, no pasó nada así... pero casi. Hubo una tensión de esas que si te movés, explotás. Bueno... o sea, él me llamó por apodos… que jamás me había dicho. como Princesa, hermosa y así..

Les conté todo: el caballo, la risa, el momento en que casi me besa antes de que su hermano gritara por la mochila que le robó Raúl. La tormenta, el refugio en la casita, el fuego. Hasta cómo me secaba el pelo con una toalla mientras se reía de mi pelo con frizz.




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