"Pulso firme"
VIck
Siento el cuerpo super pesado. Estuve muchas horas de guardia y la realidad es que me encantaba, pero a la vez lo odiaba. Se me hacía imposible no sentir la adrenalina.
Los pacientes ya estaban, la mayoría, estabilizados. Otro en cirugía. Y algunos… muertos.
Estaba en el patio del hospital intentando calmar mi mente. Estaba a mil por hora, repasando si no me quedaba ningún paciente. Solo quedaban suturas, pero de ellas se estaban encargando unos enfermeros y otros médicos.
Había viento. Un poco. Lo justo para despeinarme más de lo que ya estaba. Me apoyé en la pared, cerré los ojos y respiré.
No lo había visto a Lionel desde la última vez... desde ese chiste que me había hecho de Lucas.
Mierda. Lucas.
Me había olvidado de su mensaje. No le respondí. Y no le quería responder. Así que solo iba a seguir ignorándolo. Me había enviado más mensajes, pero la realidad es que no estaba cómoda con él. Nunca lo estuve del todo.
Y justo cuando pensaba volver adentro para cambiarme e irme a mi casa a dormir por veinte años seguidos…
Brrr brrr.
El celular vibró en el bolsillo del ambo. Lo saqué con cero ganas de lidiar con otro “Vick, ¿podemos hablar?”.
Pero no.
Esta vez era otro nombre el que iluminaba la pantalla.
“Dra. Rosetti”
Tragué saliva. ¿Me había equivocado de guardia? ¿Me faltaba firmar algo? ¿Se había muerto alguien más y era culpa mía?
—¿Sí? —contesté con voz neutral, intentando parecer más viva de lo que estaba.
—Vick, ¿seguís en el hospital?
Su voz tenía ese tono que no admitía excusas.
—Sí, doctora. Estoy por cambiarme para irme.
—No lo hagas. Te necesito en quirófano. Voy a hacer un bypass esta tarde. Quiero que estés. Y si te veo concentrada, quizás te ponga a hacer algo.
Mi corazón pegó un salto, literal. Un salto. Como si no le gustara la idea de que lo vean abierto también.
—¿Yo? —dije antes de poder evitarlo. La vergüenza fue inmediata.
—Sí, vos. ¿Algún problema?
—No, para nada. Estoy… Estoy disponible.
—Perfecto. A las 17:00 en quirófano. Y no llegues un minuto tarde. Vení cambiada, con el cabello bien recogido y la cabeza todavía mejor. ¿Entendido?
—Sí, doctora. Gracias.
Cortó.
Me quedé mirando el teléfono como si acabara de explotar. ¿Rosetti me quería en una cirugía con ella? ¿A mí?
Me paré de golpe. Casi me caigo del mareo, pero me sostuve en la pared.
Tenía menos de dos horas para repasar cada paso de un bypass. Para mentalizarme. Para no temblar.
Y, sobre todo, para demostrar —a mí misma— que podía estar ahí. No como una espectadora. Como médica.
A las 16:57 ya estaba frente a la puerta del quirófano.
Respiré hondo. Dos veces. Tres. Y entré.
El aire ahí adentro era otro. No solo por lo estéril. Era más frío, más pesado. Como si los segundos se midieran distinto cuando un corazón espera que lo repare otro.
Rosetti ya estaba lista. Impecable. Gorra ajustada, ojos afilados detrás del barbijo, postura de general romano antes de la batalla.
—Llegaste justo. Eso habla bien de vos —dijo, sin mirarme directamente. Pero igual lo noté: aprobó mi puntualidad con ese tono seco disfrazado de elogio.
—Gracias, doctora.
—¿Estudiaste el procedimiento?
Asentí.
—Entonces observá. Pero mantenete cerca. Si noto que estás atenta, tal vez te deje intervenir en algo menor.
Algo menor.
Era más que suficiente.
La piel del paciente ya estaba abierta cuando me acerqué al costado de la mesa. No lo reconocía, pero lo había visto en el pasillo de prequirúrgico esa mañana. Hombre de unos cincuenta, hipertenso, con enfermedad coronaria avanzada.
El tórax estaba abierto. Las costillas separadas. El corazón, expuesto. Vulnerable. Latiendo como si supiera que lo estaban por ayudar.
Y yo ahí, con los guantes puestos, sintiendo que mi propio corazón iba a romperse de la velocidad.
Las luces me daban de lleno. El olor a yodo, el sonido del monitor marcando cada latido, el silencio quirúrgico que dice más que mil palabras.
Rosetti empezó a trabajar. Precisa. Firme. Una artista con el bisturí.
—Pasame la pinza vascular —ordenó una instrumentadora. Su voz apenas alteraba el aire.
Yo no me movía. Miraba. Absorbía. Aprendía como si cada segundo pudiera tatuarse en mi memoria.
—Estudiante —me dijo Rosetti de pronto, sin sacudir el ritmo—. Vení.
Me acerqué.
—Vas a sostener esto. No tiembles. El campo no se contamina, ¿entendido?
—Sí —dije, aunque sentí que la voz me salía desde los talones.
Me colocó en las manos una pinza. Era pesada, más de lo que parecía. Y de golpe, estaba ahí, sosteniendo una parte del futuro de ese hombre.
Mis dedos se aferraron con todo lo que tenían. No podía permitirme fallar.
Rosetti continuó el bypass con una tranquilidad que no parecía humana. Cosió, conectó, suturó. Aisló una vena safena del muslo para reemplazar la arteria dañada. Su precisión era hipnótica.
Yo sostenía. Miraba. Y no pensaba en nada más. El hospital, Lionel, Carla, mis dolores, mis miedos... todo había quedado en la puerta del quirófano.
Solo estaba esto.
Un corazón expuesto.
Una mujer sosteniéndolo.
Otra mujer reparándolo.
Después de una hora larga, el monitor marcó un ritmo regular. Estable. Perfecto.
El bypass había funcionado.
Rosetti alzó la vista y me miró por primera vez desde que entramos.
—Buen pulso. No temblaste. Tenés manos de quirófano.
Tragué saliva detrás del barbijo. Esa frase valía más que cien felicitaciones vacías.
—Gracias, doctora.
Ella asintió, seca. Pero no fría. Casi… orgullosa.
Cuando salí del quirófano y me saqué los guantes, el mundo me parecía otro. Como si el aire tuviera más peso, pero también más sentido.