Brutos de amor

capitulo 13

"Bitácora de un Grecco dolido"

Sus labios eran suaves. Su cuerpo… parecía encantado con ese beso.
Nos separamos. Pero juro que todavía sentía sus labios en los míos, como una electricidad tatuada. Como una promesa que no se dijo, pero se sintió.

—¿Qué hiciste, Lionel? Eso… eso no tenía que suceder. No podía. No debíamos...

—Disculpame, Pitufo, por mi atrevimiento. Es que ya no pude resistirme. ¿No te gustó? Sé sincera, cara mia...

—Dejá de hablarme en italiano, Dios... sabés que no entiendo nada.

—Respondé mi pregunta, Pitufo. ¿Acaso no te gustó? ¿No lo anhelabas tanto como yo? ¿Acaso fui el único que sintió la electricidad…?

> Suenas a un migajero, ¡loco!

Ella se quedó callada.

Y lo que menos necesitábamos… era que sonara el bip.

Y sí, sonó.
El mío también.
Lo miré: era desde el quirófano.

—Debemos irnos. Dejemos esta conversación para otro momento, Lio. Perdón.

Y sí.
Prácticamente le abrí mi corazón…
Y me lo hundieron como el Titanic.

Espera, ¿qué?
Eso sonó mal.

Para ser más claro: hablo del corazón.

recibí una llamada de Sabri. me parecía raro que me llamara a esta hora. mayormente lo hacía en otro horario y si lo hacía era porque sucedió algo urgente.

— Hola, sabri ¿qué pasa?

— Lio, hoy a la noche necesito que vengas a casa. cena sumamente importante, por favor. no faltes.

— Está bien, prometo estar ahí. no te preocupes. pero, ¿me das una pista de lo que sucede?

— No. hoy cuando vengas lo sabras. no puedo decirte nada más. bueno te dejo con tu momento de doctor. ¡Nos vemos! Te quiero hermanito.

— dale, dale nos vemos.

— Te dije que te quiero. podrias responderme, no?, o ahora solo le decis te quiero a Vick??

hablando de roma. estaba al lado mio. porque si. tuvimos que ir en el mismo ascensor

— Yo igual a vos. sabri, deja de decir esas cosas alguien te puede escuchar dios mio..

— Ahora si. ¿Quién me puede escuchar?, ah ella, no?. si está con vos mandale saludos y decile que la quiero conocer.

Corté.
Y me quedé en silencio.

El ascensor seguía bajando.
Ella estaba a mi lado, con la vista clavada en los números que descendían, como si su vida dependiera de eso.

2... 1... Planta baja...
El silencio dolía más que cualquier bisturí.

Yo respiraba como si no hubiera aire en ese cubículo de acero.
Tenía tantas cosas que decir y, a la vez, ni una sola palabra coherente.

—Mi hermana te manda saludos —solté al fin, como si eso pudiera arreglar el desastre emocional que habíamos dejado flotando entre nosotros.

Vick giró apenas la cabeza, apenas. Sus ojos apenas me rozaron.
—Ajá.

Ajá.
Hermoso. Un ajá. Después de ese beso que casi me deja sin alma.
Bien ahí, Lionel. Qué manera de conquistar. Le tiraste un saludo familiar y recibiste un monosílabo de hielo.

—Dice que quiere conocerte —agregué, casi en un susurro.

—No creo que sea una buena idea.

Y otra puñalada al pecho.
Creo que me dolió más que cuando me quebré la costilla en tercer año y el médico me dijo “respirá profundo”.

—¿Por qué no?

Ella se mordió el labio.
No hagas eso, por Dios, Vick. Acabo de besar esos labios, no me provoques una arritmia ahora.

—Porque esto... —señaló el aire entre nosotros— esto no tenía que pasar. Y lo sabés.

—Tal vez —dije, alzando apenas los hombros—. Pero pasó.
Y si sirve de algo, no me arrepiento.

Ella me miró, esta vez de verdad. Con los ojos clavados en los míos.
Por un segundo creí que iba a decir algo. Algo importante. Algo que me diera una pizca de esperanza.
Pero no.

—Deberías ir al quirófano, doctor.

Y con eso, se abrió la puerta.
Se bajó antes que yo.
Ni una mirada atrás.

Me quedé solo en el ascensor.
Con mi estupidez.
Con su perfume todavía en el aire.
Y con el eco de ese beso que, por lo visto, fue sólo mío.

necesitaba la ayuda de alguien para arreglar este malentendido pero de quien?.

Mar se había ido a un intercambio a Francia.

Recuerdo que fui a acompañar a mi hermano a despedirse. ellos se habían vuelto muy cercanos, creo que salian pero debieron detener todo por lo del intercambio.

Mar me había pedido que me acercara, y me dijo unas cosas al oído.

“Cuida muy bien de vick, no la lastimes ni dejes que ningún bisturí se le clave en el corazón”

“ O te corto las bolas cuando vuelva grecco. no me importa lo tan cercana que sea de tu hermano”

Ja

si supiera que grecco ya la cago.

Fui directo al quirófano. Me esperaba Oliver. Uno de los cirujanos cardiovasculares más experimentados. Y uno de los mejores, diría. Aunque tenía el carácter de un carnicero, en quirófano era precisión pura.

—¿Grecco? —me miró apenas al verme entrar—. ¿Todo bien?

—Sí, sí. Solo fue... un ascensor complicado.

Él frunció el ceño. No preguntó más.

Me lavé las manos en silencio. El agua tibia corría, pero yo seguía congelado por dentro.

> “Esto no tenía que pasar. Y lo sabés.”

Su voz seguía repitiéndose como un eco insoportable.

Entramos al quirófano. El paciente ya estaba anestesiado. El monitor cardíaco marcaba un ritmo constante, casi burlón.

—Vamos a tener que hacer una derivación aortocoronaria —dijo Oliver, revisando las imágenes—. Tres vasos comprometidos: descendente anterior, circunfleja y coronaria derecha. Vamos a tomar injertos de safena y mamaria.
—¿Te animás a manejar la sutura vascular?

—Estamos —respondí, aunque claramente no lo estaba.

Era mentira.

Yo no estaba ni cerca.

Empezamos.

El latido del monitor era mi único ancla.

El pitido constante se interrumpió de golpe.
Un parpadeo en la línea. Un segundo. Medio segundo.
Mi corazón se detuvo con el del paciente.




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