"Coordenadas al corazón"
Le dejé el papel a Carla, no supe más. Quería pensar en otra cosa, porque me iba a morir de los nervios si seguía imaginando dónde y cómo sería esa cita. Sí, cita, aunque yo prefiera llamarlo “salida accidental con un bruto que me hace perder el aire”.
Me mordí el labio, intentando concentrarme en los apuntes que tenía enfrente, pero nada. Mis pensamientos estaban en cualquier lado menos en la página. Era ridículo: yo, la chica que estudia corazones, no podía controlar el suyo.
—Respirá, Vick… —me dije a mí misma, aunque mi pecho parecía en huelga.
El problema era que cada coordenada que él dejaba —una mirada, una palabra cortante, hasta un maldito gesto de fastidio— me arrastraba a su órbita. Y yo no quería. No debía.
¿Será que ella le entregara el papel a Lio?
Me quedé mirando mis apuntes, pero las letras bailaban más que yo en un cumpleaños con azúcar de sobra. No había manera de concentrarme.
Ahora que lo pienso, ¿por qué le di el papel a Carla? ¿En qué universo paralelo esa era una buena idea? Yo, con mis propias manos, había entregado mi corazón envuelto en una hoja a una chica que no solo admiraba a Lionel, sino que lo seguía con los ojos como si fuera un eclipse.
Bien hecho, Victoria. Brillante jugada.
Empecé a imaginar escenarios:
1. Carla abriendo el papel, leyéndolo y riéndose con sus amigas.
2. Carla guardándoselo en el bolsillo “accidentalmente” y nunca entregándolo.
3. Carla entregándoselo a Lio… pero con sonrisa incluida, como si el papel fuera suyo.
Me quería morir.
—¿Qué hacés, Vick? —preguntó Bil desde el otro lado de la mesa, porque yo estaba apretando los apuntes contra la cara como si fueran una almohada.
—Ensayo una técnica de oxigenación cerebral —contesté sin levantar la cabeza.
—Parecés más bien asfixiada.
No contesté.
Alcé la vista justo a tiempo: al final del pasillo, Carla caminaba. En su mano, el maldito papel doblado. Y a unos pasos de ella, Lionel, con el guardapolvo colgando y ese andar como si todo el hospital le perteneciera.
Mi corazón pegó un salto tan fuerte que casi pido un electro.
Ella se le acercó. Yo contuve la respiración.
Él giró apenas la cabeza, como distraído. Carla sonrió.
No escuché nada, claro, pero vi perfectamente cuando ella estiró la mano con mi papel.
Y él lo tomó.
Me deslicé en la silla como si pudiera derretirme y convertirme en charco para desaparecer del planeta.
Ya está, Vick. Juego terminado. Sos oficialmente un GPS con coordenadas al desastre.
No quería mirar.
Pero tampoco podía apartar los ojos.
Lionel desplegó el papel con la parsimonia de un cirujano que abre una sutura. Yo sentí que me abría a mí.
Sus cejas se fruncieron apenas. Después, la comisura de su boca se torció… ¿en una sonrisa? ¿O en burla? Maldita miopía emocional, nunca sé leerlo bien.
Carla seguía ahí, como una estatua ansiosa de aplauso. Y él… él simplemente levantó la vista.
Y me encontró.
Sí, de todos los rincones del pasillo, de todos los destinos posibles de esos ojos, eligió justo el banco donde yo intentaba hacerme invisible detrás de Bil.
Me ardieron las mejillas como si me hubieran enchufado a un desfibrilador.
Lionel guardó el papel en el bolsillo de su guardapolvo, sin apartar la mirada. Nada de palabras, nada de gestos grandilocuentes. Solo ese maldito contacto visual que me dejaba sin aire.
No parpadees, Vick, no parpadees…
Parpadeé.
Cuando abrí los ojos, Carla ya le estaba diciendo algo, y él inclinó la cabeza hacia ella, serio. ¿Le estaría agradeciendo? ¿O se estaba burlando de mí con ella?
—¿Te sentís bien? —preguntó Bil, que ya había notado mi estado de pez fuera del agua.
—Perfecta —mentí con una voz tan aguda que casi rompí un vidrio.
Lo peor fue que, al marcharse, Lionel ni siquiera volvió a mirar atrás.
Como si supiera que ya estaba atrapada en su órbita sin necesidad de otra coordenada.
[POV Lionel]
Me encerré en la sala de residentes, lejos de Carla y de las miradas curiosas del pasillo. Saqué el papel del bolsillo. Todavía olía un poco a tinta fresca… o tal vez era mi cabeza jugándome una mala pasada.
Lo desplegué. Sus letras eran rápidas, un poco torcidas, como si hubiera escrito apurada, nerviosa. Sonreí de costado: hasta en eso se notaba que era ella.
Leí una, dos, tres veces la respuesta. Sentí cómo algo me golpeaba en el pecho, fuerte, rítmico, casi violento.
Era ridículo. Un papelito podía alterarme más que horas en quirófano.
Me pasé una mano por el pelo, intentando calmarme.
—Sos un imbécil, Grecco… —murmuré, aunque la sonrisa no se borraba.
Guardé el papel en la billetera, entre mis cosas más importantes. Sí, ahí, como si se tratara de un talismán.
No era solo una cita.
Era una coordenada directa a un lugar del que no iba a querer volver.
El papel quedó guardado en la billetera, y yo me puse los guantes. Otra sala, otro paciente, otro corazón que dependía de mis manos.
La anestesia ya estaba lista, el monitor marcaba un pulso irregular.
—Incisión. —mi voz salió firme, casi automática.
El bisturí abrió la piel con precisión, revelando el paisaje de venas y arterias que yo conocía mejor que mis propios pensamientos. En ese lugar, no había dudas, no había coordenadas confusas, no había miradas que me sacaran el aire. Solo técnica, disciplina, vida.
Sin embargo, a mitad del procedimiento, cuando el sangrado complicó más de la cuenta, escuché mi propia voz interna burlándose:
¿Ves, Grecco? Acá no podés distraerte pensando en ella.
Apreté la mandíbula.
—Más succión. Pinza, rápido.
El residente me alcanzó el instrumental. Carla estaba cerca, observando con una mezcla de nervios y fascinación. No me gustaba tenerla ahí, no con su mirada fija en mí como si esperara que hiciera un milagro.