"Un viaje falso"
Hacía una semana le había dado una sorpresa a la que es la chica de mis sueños, a la que no le temo, a la que le entregó todo..
>>Hasta mi corazón<<
Ayer me junte con Max, Vic paso un fin de semana con las amigas, nos veríamos en el hospital mañana.
Max > Laion, ¿estás?
Che, te vi la otra vez un poco pálido.
¿Sos vampiro ahora o cómo?
Sonreí apenas leí su mensaje. Tenía razón: estaba algo pálido, pero nada grave. En realidad, estaba más tranquilo de lo normal.
Agarré el casco, la campera, y bajé a sacar la moto. Hoy tenía el día libre. Nada de prácticas. Nada de hospital. Solo quería un rato de aire.
Me dolía el estómago. Bastante.
Por eso ni había desayunado. El dolor me había quitado el apetito. Ya me había tomado un ibuprofeno, pero para el próximo tenía que esperar seis horas.
Era molesto. Persistente. Como un zumbido bajo la piel.
El parque quedaba cerca de casa, a unas cuadras nomás, pero no tenía ganas de caminar. Pensé en ir al gimnasio, pero todavía estaba cerrado. Así que dejaría la moto en la entrada y correría un poco. Quizás eso me despejara la cabeza.
Llegué. Había poca gente. Una pareja de ancianos destacaba entre todos. Me recordaban mucho a mis nonnos.
Empecé a correr alrededor del circuito.
Algunas personas me miraban raro. Capaz por la cara de dolor. O por la velocidad. No sé.
Pero esos dos viejitos me sonrieron. Y justo ahí, como un latido que no avisa, se me cruzó un recuerdo:
[Flashback]
—¡Corre, Laion, corre! —gritaba mi nonno desde la tribuna.
—¡Dale, Grollio, vos podés! —alentaba mi nonna, con las manos juntas como si rezara por mí.
Yo corría como si me fuera la vida en eso. Los otros nenes me empujaban, me querían patear, pero mi objetivo era claro: el arco.
Me pasé a uno. A otro.
Y sin pensarlo, pateé con todo.
—¡GOOOOOOL! —gritaron todos al unísono.
Corrí todo el campo sacándome la camiseta como si fuera un profesional.
Grité el gol con toda el alma. Era la final. El partido se terminaba y yo... yo no podía ser más feliz.
Esa noche mis nonnos me llevaron a comer pizza.
Yo tenía diez años.
Mis padres todavía estaban vivos.
Todos éramos felices.
Extraño esas épocas donde todo era perfecto.
Nunca podré quejarme de mi infancia. Mis viejos jamás me hicieron pasar hambre. Siempre tuve ayuda, siempre me cuidaron demasiado bien. Agradezco eso.
Y creo que ese es el problema, en parte.
Nunca tuve un momento realmente malo con ellos.
Siempre estuvieron para mí. Siempre.
Y eso... eso es lo que no puedo soltar.
En verdad duele todo.
Nunca pensé que los perdería tan pronto.
"Por no ver el charco a tiempo, se manchó toda mi familia."
Y aún quedaban esas manchas en mi corazón.
No sé dónde había quedado ese niño feliz que vivía con la sonrisa siempre lista, entre abrazos, partidos y cenas en familia.
Lo que sí sé... es que estas tragedias me dejaron algo.
Me hicieron más fuerte.
Y me enseñaron una lección.
No todo en la vida es para siempre.
La vida nunca será fácil.
Siempre que estés en la cima, tené en cuenta que en algún momento vas a caer. Porque así es la vida: un día estás bien, y al otro... todo se vuelve niebla.
(fin del flashback)
Dolor. Agudo, de repente. En el costado.
Tuve que frenar.
Me incliné hacia adelante, respirando hondo.
Tragué saliva. Me senté en un banco.
Temblaban un poco las manos.
Otra vez no...
Era como si algo adentro me apretara sin piedad. Un retorcijón profundo.
El ibuprofeno ya no hacía nada.
Miré el cielo. Estaba despejado. Azul. Injustamente bonito.
Saqué el celular. Dudé.
Max > Todo bien, bro. Me levanté con el estómago hecho mierda. Creo que me comí una empanada vencida.
Mentira. Pero prefería eso.
Guardé el celular. Respiré hondo otra vez.
El sudor me bajaba por la frente como si hubiera corrido diez kilómetros más.
Me levanté.
No podía seguir.
Encendí la moto.
Y con el corazón un poco apretado, volví a casa.
El dolor se intensificó en el camino.
Sentía como si me hubieran dado tres apuñaladas, una detrás de otra, bien certeras.
Una en el estómago. Otra más arriba. Y la última... directo en el orgullo.
Llegué. Cerré la puerta con torpeza.
Me dejé caer en el sillón.
Will vino enseguida, como si lo hubieran llamado.
Saltó al lado mío y empezó a frotar su rostro contra mi brazo, buscando mimos. O tal vez intentando tranquilizarme.
Ese gato tenía una forma rara de entenderlo todo.
Apoyé la cabeza hacia atrás, respirando con dificultad.
Entonces escuché la puerta abrirse.
Pasos rápidos.
Y una voz con más enojo que paciencia:
—¿Se puede saber qué mierda te pasa?
Era Sabri.
Me incorporé como pude.
Tenía la cara desencajada, entre el dolor y la sorpresa de verla ahí tan de golpe.
—Estoy bien —mentí, con la voz áspera.
—¿Bien? Tenés la cara más blanca que la pared, Lionel. ¿Comiste algo en mal estado? ¿Tomaste algo? ¿Te duele?
—Un poco —dije, bajito.
—¿Un poco? —soltó, cruzándose de brazos—. Te estás doblando del dolor y no querés que me preocupe. ¿Qué tenés, eh? ¿Desde cuándo?
Silencio.
Will se subió a mi regazo. Ronroneaba como si eso bastara para anestesiarme.
—Hace unos días —admití.
—¿Y no fuiste al médico?
Negué.
No porque no pudiera.
Sino porque no quería saber.
Sabri se quedó en silencio unos segundos. Me miró. De esos silencios que duelen.
Y después, más suave:
—Lionel... eso no es normal. Te llevo a la guardia. Ahora.