“Pantalla negra”
El monitor pitó fuerte.
El médico hizo un gesto.
—Ahora.
Y en el exacto momento en que iba a decirlo—
La pantalla se puso negra.
Sin batería.
—No... no, no, no —murmuré apretando el botón.
Nada.
Muerto.
Perfecto timing.
—Tenemos que irnos —dijo el doctor—. No podemos seguir esperando.
Alex se levantó de golpe.
—Yo me encargo del teléfono.
Me pusieron la camilla en movimiento.
El techo empezó a desfilar otra vez.
Frío.
Luces blancas.
Mi mente gritaba una sola cosa:
Ella va a pensar que corté.
—Alex —lo agarré del brazo mientras avanzábamos—. Llamala. Decile que se apagó. Que estoy bien. No le digas dónde estoy. Por favor.
Me miró serio.
No estaba de acuerdo.
Pero asintió.
—No tardes —murmuré.
Y doblamos la esquina hacia el sector de procedimientos.
*
Pov de Alex
El teléfono de Lionel estaba muerto en mi mano.
Saqué el mío.
Busqué el contacto.
Victoria -cuñada
Respiré hondo y llamé.
Atendió al segundo.
—Lionel.
—No, soy Alex.
Silencio, tenso
—¿Dónde está?
Directa.
Sin saludo.
—Se le apagó el celular —dije—. Sin batería. Te iba a avisar.
—¿Dónde está, Alex?
No preguntó si estaba bien.
Preguntó dónde.
Mierda.
—En el hotel. Se estaba quedando sin batería hace rato.
—No me mientas.
Su voz ya no tenía celos.
Tenía intuición.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces decime por qué escuché a un médico.
Me quedé callado medio segundo.
Error.
—¿Médico? —intenté.
—Alex. Soy futura cirujana. No soy mogolica
Respiré hondo.
No podía traicionar a Lionel.
Pero tampoco podía dejarla romperse.
—Está... resolviendo un tema personal.
—¿De salud?
Golpe directo.
—No puedo hablar de eso.
Silencio.
Después escuché algo que me desarmó.
Su respiración quebrándose.
—¿Está internado?
No respondí.
No hacía falta.
—Dios... —susurró.
—Está consciente. Está estable. —me apresuré—. Solo necesitaba hacer unos estudios.
No era mentira.
Solo incompleto.
—¿Grave?
Esa palabra pesó.
Miré el pasillo por donde se lo habían llevado.
—No lo sabemos todavía.
Y ahí entendí algo.
Ella no pensaba que la estaba engañando.
Pensaba que se estaba muriendo.
—¿Por qué no me dijo? —preguntó, y ahora sí... su voz estaba rota.
—Porque te ama —respondí sin dudar.
Silencio.
—¿Dónde están?
Ahí estaba la línea que no podía cruzar.
—No puedo decirte eso.
—Alex.
—No es mi decisión.
Escuché cómo intentaba recomponerse.
—Decile que si no me llama cuando salga de lo que sea que esté haciendo... voy a ir a buscarlo igual.
—Se lo digo.
—Y decile que no me pierde por decirme la verdad.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Después caminé hacia el área restringida.
Las puertas automáticas se cerraron delante mío.
Y pensé algo que no le diría a nadie:
Lionel no estaba peleando solo contra algo en su cuerpo.
Estaba peleando contra el miedo de repetir la historia.
De perder.
O de que lo pierdan.
Mientras tanto, del otro lado de esas puertas...
Le estaban pidiendo que firme.
Y el marcador del monitor no bajaba de 120.
*
La luz sobre mi cara era demasiado fuerte.
—Tranquilo, Grecco. Ya empezamos —dijo la doctora de lentes.
El sedante entró lento por la vía.
No era anestesia general.
Quería estar consciente.
Quería sentir que todavía tenía control sobre algo.
Error.
El dolor no fue insoportable.
Pero fue profundo.
Una presión interna.
Una invasión.
—Frecuencia en 130 —dijo alguien.
—Está febril.
Mi respiración empezó a acelerarse sola.
No era pánico.
Era mi cuerpo reaccionando.
—Lionel, mírame —ordenó el médico.
Lo miré.
Pero el techo empezó a girar apenas.
No lo suficiente para desmayarme.
Lo suficiente para asustarme.
—Presión bajando.
Sentí frío.
Ese frío que no viene de afuera.
Que nace desde adentro.
—Más líquidos.
—Ya.
— ¡¡Duérmanlo, no podemos tenerlo así. ya!!
Intenté hablar.
—Estoy... bien...
Mentira.
No estaba bien.
Pero tampoco me estaba muriendo.
Era ese punto intermedio.
El que te recuerda que sos frágil.
El procedimiento terminó con más tensión que la anterior.
—Lo vamos a dejar en observación estricta —escuché decir—. Si vuelve a hacer picos de fiebre, avisen.
Me llevaron de regreso a la habitación.
Más pálido.
Más débil.
Pero consciente.
Alex estaba de pie cuando entré.
—¿Y? —pregunté apenas.
—Sabe que estás internado.
Cerré los ojos.
—¿Le dijiste dónde?
—No.
Asentí.
Intenté incorporarme.
No pude.
El cuerpo no respondía igual.
La fiebre volvió a subir a 38.7.
—Es reacción inflamatoria —dijo la enfermera—. Vamos a controlarla.
Inflamatoria.
Otra palabra que no decía todo.
Me quedé mirando el techo.
Por primera vez...
No me sentía fuerte.
Me sentía pequeño.
Y lo único que quería era escuchar su voz sin mentiras de por medio.
La puerta de su habitación se cerró en silencio.
Demasiado silencio.
Apoyó la espalda contra la madera.
Y se dejó caer al piso.
El teléfono todavía en la mano.
Internado.
La palabra le retumbaba en la cabeza.
Internado y no me lo dijo.
Las lágrimas empezaron sin aviso.
No dramáticas.