“Entre lo urgente y lo importante”
Desperté con un cosquilleo en el pecho.
Otra vez.
Debería hacerme los estudios. Debería preocuparme más por mi propio corazón… pero no podía. No ahora.
No cuando Lio estaba ahí.
Mi mamá me mataría si me viera así. Seguro me diría: —Pendeja de mierda, ¿por qué no te hacés los análisis? ¿Te creés Meredith Grey?
Y yo le contestaría: “No me creo… lo soy.”
Ahre.
Había pasado la noche en la silla. La espalda me pesaba, pero mi mano seguía entrelazada con la suya.
Caliente.
Viva.
Su respiración era suave, constante. El monitor acompañaba con ese sonido que, por primera vez en días, no me daba miedo.
Bip.
Bip.
Bip.
Estaba bien.
Eso era lo único que importaba.
El celular vibró en mi bolsillo. Seguro Sabri. Me había estado escribiendo estos días para saber cómo estaba Lio. Yo me había quedado. Les dije que descansaran. Ella tenía un bebé. Alex su vida.
Y yo…
Yo lo tenía a él
Y necesitaba ese tiempo, aunque fuera robado.
Entonces lo sentí
Un movimiento
Mínimo
Pensé que lo había imaginado.
Pero no
Su pulgar presionó el mío
Se me frenó todo
—Lio… —susurré
Sus pestañas temblaron
—¿Estoy muerto? —murmuró, con la voz rota.
Una risa nerviosa se me escapó
—Sí. Y yo soy el ángel asignado
—Nah… entonces esto es el infierno
Ahí estaba
Ese idiota
Apreté su mano
—Te odio, ¿sabías?
—Yo también te amo… —murmuró, dejando
escapar una pequeña risa—. Bonita… ¿cuánto dormí?
—Tres años. Sabri ya tuvo al bebé, Alex se casó y yo soy jefa de residentes
—No, qué pesadilla…
Lo miré. Él también me miraba
Distinto
Como si necesitara asegurarse de que yo estaba ahí de verdad
—Sabés… —dijo bajito—. Te ves igual
—¿Me estás llamando vieja, Grecco?
—Nunca haría algo tan suicida
Rodé los ojos, pero me acerqué
Demasiado
—¿Sabés algo? —murmuré
—¿Qué?
—Que sos un dinosaurio. Dino Lio
Se le entrecortó la respiración
Y cuando quise alejarme… no me dejó
El beso fue torpe. Desesperado. Real
—Eso es abuso —murmuré contra sus labios
—Vic… —susurró cuando nos separamos—. Te extrañé.
Eso me rompió.
Porque yo también.
—Te amo —dije sin pensar—. Te amo demasiado… pero no me hagas confiar en algo que no es real.
Silencio.
Pequeño.
Pero pesado.
Su mano subió a mi mejilla.
—Siempre voy a estar —dijo—. Nunca me voy a ir.
Quise creerle.
De verdad quise.
—Sos mi persona… —susurré.
Golpearon la puerta.
El mundo volvió.
—Permiso.
La doctora entró sin esperar respuesta.
—Grecco, ¿estás listo?
Lio asintió.
—¿Puedo hacer una llamada antes?
—Cinco minutos.
Después me miró a mí.
—¿Sos la novia?
—Sí…
—Acompañame.
Sentí algo raro.
Y no era celos.
Era intuición.
Lio se inclinó hacia mí, murmurándome algo al oído.
No lo escuché.
Pero entendí.
“No digas nada.”
Otra vez ocultándome cosas.
Otra vez.
En el pasillo, la doctora se detuvo.
—Vos estudiás medicina, ¿no?
—Sí… ¿qué pasa?
Me miró fijo.
—¿Qué sospechás que tiene tu pareja?
Se me heló la sangre.
Antes de poder responder—
BIP.
BIP.
BIP.
—Código rojo —murmuré, agradeciendo la interrupción.
—Andá —dijo ella—. Ahora vamos por él.
Volví a la habitación.
Y ahí estaba.
Sonriendo al celular como un idiota.
Algo en mí se tensó.
—¿Con quién hablás?
—¡Bonita! Me asustaste…
—Ya vienen por vos.
—¿Te quedás?
Lo miré.
—¿Qué te dijo Sabri?
—Que si no salgo bien me va a pegar cuando despierte.
Sonreí apenas.
—La banco.
Se suavizó.
—Confía en vos.
Eso dolió distinto.
—No me vas a fallar —dijo.
Quise responder.
Pero no pude.
Porque el cosquilleo volvió.
Más fuerte.
Golpearon.
—¿Listo?
La camilla empezó a moverse.
Me agarró la mano.
—Quédate.
—No me voy a ir.
Lo acompañé hasta donde pude.
Hasta que ya no.
Las puertas se cerraron.
Y el silencio…
fue peor que cualquier alarma.
Me quedé ahí.
Sola.
Con el corazón latiendo demasiado fuerte para alguien que se supone que entiende cómo funciona.
Y por primera vez…
no sabía si el problema era él.
O era yo.
(quirófano — lo dejé más tenso, pero sin romper lo tuyo)
Bip.
Bip.
Bip.
—Arritmia.
—Preparar desfibrilador.
—Cargar.
Silencio.
—Aplicar.
Un golpe seco.
La línea se volvió caos.
Y después—
Bip.
Bip.
Bip.
Ritmo recuperado.
Pero nadie respiró igual después de eso.
*
Apoyé la frente contra la pared fría.
Y entendí algo.
No era solo miedo a perderlo.
Era miedo a que nunca hubiera sido completamente mío.
(3 semanas después)
*
Tres semanas desde que casi se me muere en las manos sin estar siquiera tocándolo.
Y ahí estaba.
Caminando por el hospital como si nada.
Sonriendo como si no hubiera visto el abismo.
—¿Vos sos pelotudo o te dieron el alta con pérdida de memoria?
—Bonita… vine cinco minutos.
—Cinco minutos es lo que tardás en hacerte mierda si te agitás.
Se acercó.
—Extrañaba esto.
—No deberías estar acá.
—No quiero sentirme inútil.
Eso me frenó.
Pero no me calmó.
—No sos inútil por cuidarte.
—Estoy vivo, Vic.
Y yo…
no sabía si eso era suficiente.
—No me mientas —dijo de repente, mirándome el pecho.