Brutos de amor

Capitulo 22

“Caniche mojado”

El hospital olía igual que siempre.

A desinfectante, a café frío, a decisiones que no podés postergar.

Entré con el cosquilleo de siempre en el pecho. Ese que aprendí a ignorar hace tiempo, el que me avisa que algo no está del todo bien y al que siempre le respondo lo mismo: después. Hoy no era diferente.

Tenía prácticas, tenía pacientes, tenía una cabeza que no paraba de pensar en él aunque yo le pidiera que parara.

Después, Vick.

Siempre después.

Me cambié rápido, agarré la carpeta de casos del día y salí al pasillo.

El primero en cruzarse conmigo fue Velasco.

Llevaba apenas dos semanas en el hospital y ya era de esas presencias que reorganizan el aire alrededor. Neurocirujano. Nuevo titular. El tipo que entraba a un quirófano y todos bajaban el tono de voz sin que nadie se lo pidiera.

—Lombardi —me llamó desde la estación de enfermería, sin levantar la vista de las imágenes que estaba revisando—. Vení, necesito que mires esto.

Me acerqué.

Me mostró la zona prefrontal de una tomografía.

—¿Ve esta área? —dije, señalando sin dudar—. Ahí está el problema.

Me miró. Brevemente. Como quien confirma algo que ya sospechaba.

—Lo veo. Prepará un quirófano —respondió—. Necesito hablar con la paciente. Me vas a asistir, Lombardi.

Se detuvo antes de salir.

—Y buen trabajo. Si no querés entrar, buscá a alguna de tus compañeras. Nos esperan varias horas. Asegurate de que la paciente firme el consentimiento.

La señora Martínez tenía el pelo blanco y los ojos del color del mate recién cebado. Nos miraba con esa calma de quien ya pasó por demasiado como para seguir asustándose.

—Señora Martínez —dije mientras le revisaba las pupilas—. Le prometo que pronto le quitaremos ese dolor con el que viene cargando. ¿Cómo se siente ahora?

—Doctora… gracias. Estoy bien… solo que no siento mi brazo izquierdo.

Se me heló algo por dentro.

Ese síntoma no estaba cuando ingresó.

—¿Desde cuándo no lo siente?

—Hace unos minutos. Primero fue un hormigueo… y después nada.

Intercambié una mirada con uno de los enfermeros.

—Necesito que avisen al doctor Velasco. Ahora.

Apoyé la mano sobre su brazo izquierdo.

—¿Siente esto?

Silencio.

—Señora Martínez, ¿puede intentar mover los dedos?

Nada.

Tragué saliva.

—Vamos a acelerar todo —dije, más para mí que para ellos—. Prepárenla para quirófano de inmediato.

La puerta se abrió con brusquedad.

—¿Qué pasó?

Velasco. Su voz llegó antes que él.

—Pérdida súbita de sensibilidad y movilidad en el brazo izquierdo —respondí—. Empezó hace minutos.

Se acercó sin perder tiempo. La evaluó en silencio, con esa concentración que borraba todo lo que no fuera el paciente.

—Esto está progresando más rápido de lo que esperaba —murmuró.

Después me miró.

—No hay margen para esperar. Vamos a quirófano ya.

Se giró hacia el equipo:

—Quiero todo listo en cinco minutos. No diez. Cinco.

Mientras terminaban de prepararla, la señora Martínez me tomó la mano derecha.

—Doctora… ¿voy a estar bien?

Por un segundo dudé. Pero no podía permitírmelo.

—Sí —respondí, sosteniéndole la mirada—. Vamos a hacer todo para que así sea.

Velasco ya estaba en la puerta.

Antes de que terminaran de acomodarla para el traslado, la señora Martínez giró la cabeza apenas hacia mí.

Tenía los ojos todavía abiertos, con esa paz rara de quien ya aceptó lo que viene.

—Doctora… —murmuró con una sonrisa

pequeña—. ¿Me cuenta un chiste?

Me quedé en blanco.

De todos los momentos posibles.

Abrí la boca. No salió nada. Mi mente, que en el quirófano solía ser rápida y precisa, estaba completamente vacía.

—Yo… —titubeé—. No soy muy buena con los chistes.

Ella soltó una risa suave. Cansada.

—No importa…

El anestesista se acercó, colocándole la mascarilla con cuidado.

—Respire profundo, señora Martínez.

La miré una última vez. Sus ojos seguían tranquilos.

—Después me lo cuenta —alcanzó a decir, antes de que el efecto comenzara.

Asentí.

Aunque sabía que probablemente no recordaría nada.

Sus párpados se cerraron despacio.

El monitor mantuvo su ritmo.

Bip. Bip. Bip.

Y el momento humano desapareció, dando paso a la cirugía.

El quirófano era silencio y luz blanca.

Velasco se movía con una precisión que daba respeto. Cada gesto ya decidido antes de ejecutarse. Bisturí, aspiración, referencia anatómica, bisturí otra vez. Yo observaba desde su lado, intentando absorber cada paso.

Hasta que él se detuvo.

Un segundo demasiado largo.

Me incliné apenas para ver mejor.

El tejido no tenía bordes claros. Se mezclaba donde no debería.

—No hay plano de clivaje —dijo, casi para sí—. Está infiltrando.

Tragué saliva.

—¿Tumor? —pregunté en voz baja.

No respondió de inmediato. Sus ojos recorrían la zona con concentración absoluta.

—Pequeño… pero agresivo —dijo finalmente—. Está muy cerca del área motora. Un milímetro de más y perdemos función.

El silencio se volvió pesado.

—¿Resecamos todo? —pregunté, sintiendo el peso de la pregunta antes de terminarla.

Velasco apoyó el instrumental un instante, sin apartar la vista.

Eso fue suficiente.

—Si lo saco completo, puede no volver a mover el brazo —dijo—. O algo peor. Si dejo parte, el tumor sigue ahí.

El monitor marcaba un pitido constante. La vida de la señora Martínez sostenida en números.

—Vamos a hacer una resección parcial. Máxima seguridad.

Levantó la mirada apenas hacia mí.

—Quiero que salga de acá pudiendo vivir su vida, Lombardi. No solo sobrevivir.

Asentí.

Aunque no estaba segura de que mi voz fuera a salir si intentaba hablar.

Continuamos.




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