Buscando a mi Heredero

Capitulo 1

Faltaban apenas cinco minutos para las seis de la tarde. Meredith mantenía la espalda erguida, los ojos fijos en su tableta electrónica y la expresión completamente neutra, una máscara perfecta de profesionalismo.

Frente a ella, detrás del imponente escritorio de caoba, Conrad firmaba el último de los contratos de la jornada. El magnetismo que emanaba de él era casi tangible; un hombre de treinta y dos años, con hombros anchos, facciones afiladas y unos ojos oscuros que transmitían autoridad absoluta.

—Su agenda está completamente despejada por la tarde, señor, tal como solicitó —concluyó Meredith con su habitual voz modulada y fría.

Conrad dejó la pluma estilográfica sobre el escritorio. Se levantó, abotonándose el saco mientras caminaba hacia el perchero para tomar su abrigo. Pasó justo por el lado de ella. Para un observador externo, solo le estaba entregando una carpeta de cuero. Sin embargo, al inclinarse mínimamente, su aliento rozó el lóbulo de su oreja.

—Esta noche quiero encaje negro. No tardes —le susurró, una orden envuelta en terciopelo y urgencia varonil.

—Entendido, señor. Que tenga una buena tarde —respondió ella de inmediato, sin pestañear, manteniendo el tono corporativo mientras él cruzaba la puerta acristalada.

A las ocho en punto, el sonido de la cerradura digital anunció su llegada al penthouse. Conrad entró al dormitorio desabrochándose los primeros botones de su camisa blanca. Al verla allí, tendida sobre las sábanas de seda gris con el conjunto translúcido que delineaba sus curvas, sus ojos se oscurecieron por el deseo.
Se desvistió despacio, devorándola con la mirada. Cuando estuvo completamente desnudo, exhibiendo un torso firme y tenso por el estrés del día, se subió a la cama, arrastrándose como un depredador sobre ella. Su peso corporal la presionó contra el colchón, una calidez abrumadora que Meredith recibió abriendo las piernas instintivamente.

Conrad la tomó de la nuca, hundiéndole los dedos en el cabello suelto, y la besó con una posesividad salvaje. Su lengua reclamó su boca con urgencia, y ella gimió, perdiéndose en el sabor a whisky y tabaco caro. Sin romper el beso, las manos de Conrad bajaron con fuerza hacia sus caderas, tirando del encaje negro. Sus dedos, firmes y ásperos, delinearon la curva de sus muslos antes de aferrarse a la tela de la braga y rasgarla de un solo tirón, dejando su intimidad completamente expuesta.

—Eres mía, Meredith... solo mía —le susurró contra los labios, con la voz rota por la excitación, mientras sus dedos comenzaban a acariciarla con insistencia, encontrándola ya ardiente y húmeda para él.

Meredith arqueó la espalda, soltando un jadeo agudo cuando la boca de Conrad descendió por su cuello, dejando marcas rojas, para luego morder con fuerza uno de sus pezones a través del encaje translúcido. El dolor y el placer se mezclaron en su vientre. Ella le rodeó la cintura con las piernas, buscando el contacto total. Conrad se posicionó entre sus muslos y, sin preámbulos, la penetró con una estocada profunda que la hizo gritar de placer.

—Lo siento, lo necesitaba.

El ritmo que impuso fue despiadado y rítmico. Conrad la sostenía de las muñecas contra el colchón, dominándola por completo, mientras se hundía en ella una y otra vez, cada vez más rápido, más fuerte. Cada embestida hacía que los cuerpos chocaran con un sonido húmedo y carnal.

—Mírame —le ordenó él, jadeando en su oído mientras aceleraba las estocadas—. Dime de quién eres.

—Tuya... soy tuya, Conrad —gimió ella, perdiendo el control, las uñas clavadas en sus hombros perfectos.

El clímax los alcanzó juntos en una explosión de espasmos. Conrad se tensó, hundiéndose al máximo con un gruñido gutural mientras se vaciaba dentro de ella, justo cuando los músculos de Meredith se contraían a su alrededor en un orgasmo devastador.

Una hora después, la tormenta había pasado. Conrad se había quedado profundamente dormido, con un brazo pesado rodeando la cintura de Meredith.
Ella se liberó con cuidado de su agarre, se levantó de la cama dejando atrás las sábanas desordenadas y caminó descalza hacia el baño principal. Apoyó las manos en el lavabo de mármol y miró su reflejo en el espejo. Su piel aún estaba sonrojada, sus labios hinchados por los besos y sus ojos cargados de una profunda tristeza.

Mirándose allí, recordó la fría verdad de su origen. Pensó en aquella noche de hace tres años, cuando los mafiosos la acorralaron por las deudas impagables de su padre. Conrad había aparecido como un dios oscuro; con un solo chasquido de sus dedos y un fajo de billetes, la había salvado de esos hombres y, además, había pagado por completo el tratamiento médico que mantuvo a su madre con vida.
Pero el rescate no había sido gratis. Había cometido el peor error posible en un trato de negocios: se había enamorado perdidamente de su dueño, sabiendo que para él, ella solo era una transacción muy placentera, un cuerpo de noche y una mente eficiente de día. Conrad no la amaba, y ese conocimiento era un veneno que la consumía gota a gota.

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