El idilio nocturno del penthouse se disolvió en el instante en que el sol golpeó los grandes ventanales. Para cuando Meredith abrió los ojos, Conrad ya se había marchado, dejando únicamente la sutil fragancia de su loción en la almohada y una cama vacía. Ella se levantó, se colocó la armadura de su traje sastre gris, recogió su cabello con la rigidez habitual y asumió su rol. Volvía a ser la asistente ejecutiva.
A media mañana, la agenda de Conrad dictaba una visita obligatoria a la mansión de la familia de él, una imponente propiedad de estilo neoclásico situada en el barrio más exclusivo de la ciudad. El trayecto se realizó en un silencio profesional. Meredith viajaba en el asiento del copiloto del elegante sedán negro, revisando las cotizaciones de la bolsa en su tableta, mientras Conrad, en la parte trasera, mantenía la mirada fija en la ventanilla, con la mandíbula tensa.
Al llegar, Conrad bajó del vehículo con paso firme y se adentró en la casa de sus padres para una reunión privada. Meredith, como correspondía a su estatus, se quedó fuera, esperando en las inmediaciones del jardín principal para estar disponible en caso de que él necesitara algún documento de inmediato.
Dentro de la opulenta biblioteca de la mansión, el ambiente era radicalmente distinto, pero igual de frío. Eleanor, la matriarca de la familia, una mujer de elegancia aristocrática y ojos calculadores que jamás se dejaban engañar, servía el té con movimientos perfectamente ensayados.
—Conrad, querido, debemos hablar de tu futuro —comenzó su madre, dejando la taza de porcelana sobre la mesa con un chasquido seco—. La semana que viene llegará al país la hija de nuestro socio principal en los astilleros de Europa, Anabel Araujo. Es una jovencita encantadora, educada en los mejores internados y con un linaje impecable. He organizado una cena para que tengan una cita formal.
Conrad, que permanecía de pie junto al ventanal, endureció la expresión. Sus dedos se apretaron dentro de los bolsillos de su pantalón.
—No necesito que me organices citas, madre —respondió él, con una voz ronca y cortante—. Estoy perfectamente concentrado en el crecimiento de la firma. No tengo tiempo para perderlo en compromisos sociales absurdos.
Eleanor soltó una risa desprovista de cualquier calidez. Se levantó y se acercó a su hijo, mirándolo con fijeza.
—No es un compromiso social absurdo, es un deber —sentenció la mujer, bajando el tono de voz para darle más peso a sus palabras—. Tienes treinta y dos años, Conrad. El control de las acciones mayoritarias de la corporación exige estabilidad legal y familiar. Necesitas una esposa de nuestra clase y, lo más importante, debes tener hijos. Un heredero legítimo que continúe con el apellido. Ya has disfrutado bastante de tu soltería; ahora es momento de actuar como el hombre de negocios que crié.
Las palabras de su madre operaron en Conrad como un detonante silencioso. La mención de un matrimonio concertado y la obligación de engendrar hijos con una desconocida le revolvieron el estómago. Pensó, por una milésima de segundo, en la calidez de la piel de Meredith la noche anterior, en su sumisión y en el encaje negro. Sintiéndose acorralado por las exigencias de su linaje, dio media vuelta sin despedirse formalmente.
—Tengo una junta que atender —escupió, saliendo de la biblioteca con paso airado, dejando a su madre con una sonrisa de autosuficiencia en el rostro.
El pulso de Conrad latía con fuerza en sus sienes mientras cruzaba el vestíbulo y salía al patio principal. La furia y el estrés le nublaban la vista, pero su mirada se aclaró de golpe al enfocar el área de los vehículos.
Allí, cerca del auto familiar, estaba Meredith. Sin embargo, no estaba revisando la tableta corporativa. Estaba hablando con Thomas, el chofer de su madre, un hombre joven y de buena presencia que llevaba pocos meses trabajando para la familia. Meredith tenía una mano apoyada en la barandilla de la escalinata y, por primera vez en semanas, lucía relajada. Su rostro, habitualmente una máscara de seriedad impecable, estaba iluminado por una sonrisa genuina y sincera mientras escuchaba algo que el chofer le decía. Soltó una pequeña risa, un sonido suave y melodioso que Conrad jamás escuchaba en la oficina.
Una oleada de posesividad ciega, visceral y violenta golpeó el pecho de Conrad. Los celos se encendieron en su sangre como pólvora. Verla sonreírle a otro hombre, ver cómo otro rimaba con la calidez de su mujer, le resultó intolerable. Ella era suya. Su cuerpo, su tiempo, su atención y sus sonrisas le pertenecían a él, porque él había pagado por ellas y porque no soportaba la idea de que nadie más tocara o contemplara lo que consideraba su propiedad más privada.
Conrad apretó los puños, acelerando el paso. Cuando Meredith notó su presencia, la sonrisa se le borró del rostro instantáneamente, recuperando su postura profesional en un parpadeo.
—Señor... —comenzó a decir ella, pero Conrad ni siquiera la miró.
—Al auto. Ahora —ordenó él con una voz tan baja y cargada de peligro que hizo que el chofer Thomas diera un paso atrás, tragando saliva con nerviosismo.
Meredith asintió, desconcertada por el cambio tan drástico en el humor de su jefe, y subió rápidamente al asiento trasero junto a él, algo que solo ocurría cuando debían revisar informes urgentes en el trayecto. El chofer principal de Conrad arrancó el vehículo de inmediato, saliendo de los terrenos de la mansión.
En cuanto el automóvil cruzó las rejas de la propiedad y se incorporó a la autopista, Conrad activó el panel de aislamiento que separaba la cabina del conductor de los asientos traseros, sumiendo la parte posterior en una privacidad absoluta y sombría.
Meredith abrió la boca para informarle sobre un correo de última hora, pero no tuvo tiempo de articular una sola palabra. Conrad se giró hacia ella con una brusquedad animal. Estiró la mano izquierda y le atrapó el cabello castaño con fuerza, justo en la base del moño, tirando de él hacia atrás con la suficiente firmeza para obligarla a arquear el cuello y mirarlo directamente a los ojos.
Ella ahogó un grito de dolor y sorpresa. La tableta electrónica resbaló de sus manos, cayendo sobre la alfombra del auto.