Buscando a mi Heredero

Capitulo 3

El ambiente en los pasillos de Conrad Enterprises se había vuelto incómodo por murmullos que se cortaban en seco cada vez que Meredith pasaba cerca de los cubículos. Al principio, fueron solo miradas de reojo; luego, comentarios mal disimulados entre las secretarias del departamento de finanzas y los analistas de riesgo.

—Dicen que la junta ya dio el visto bueno...
—Es por el control de las acciones. La familia no va a soltar el porcentaje mayoritario si él no se estabiliza.
—Una boda con los Araujo resolvería todo en una semana.

Cada palabra que Meredith alcanzaba a escuchar al pasar hacia la fotocopiadora o al salir del ascensor operaba como un alfiler incrustado directamente en su pecho. El corazón se le encogía reduciéndose a un puño doloroso. Sin embargo, se obligaba a respirar hondo, a mantener la barbilla en alto y la mirada fija en su tableta.

Conrad no le había dicho nada.
Ni una palabra, ni un gesto.
Mientras él guardara silencio, ella elegiría creer que todo eran mentiras de pasillo, chismes corporativos alimentados por la envidia.
Él no se casaría. No podía hacerlo.

Con las manos levemente temblorosas, Meredith preparó la taza de café cargado, sin azúcar, exactamente como a él le gustaba, y caminó hacia la oficina presidencial. Empujó la puerta de madera pesada con el hombro y avanzó con pasos mudos sobre la alfombra.
Conrad estaba de pie, acomodándose los gemelos de oro en las mangas de su camisa azul oscuro, con el ceño fruncido mientras repasaba mentalmente los términos del acuerdo de inversión.

—Su café, señor —susurró, dejando la taza sobre el pulcro escritorio de caoba.

Conrad ni siquiera miró la taza. Clavó sus ojos oscuros en ella de inmediato.

—Debemos darnos prisa, Meredith. El bloque de inversores árabes ya llegó al hotel. Si cerramos este trato antes del mediodía, las acciones de la división tecnológica se duplicarán. Asegúrate de tener listos los tres juegos de carpetas con las cláusulas de confidencialidad.

—Todo está en orden, señor. Las carpetas están en mi escritorio y el chofer espera abajo —respondió ella de inmediato, pero su voz, habitualmente firme, sonó un tono más baja de lo normal.

Conrad dio un paso hacia ella, acortando la distancia formal de la oficina. Analizó su rostro y cuerpo con esa mirada penetrante que le recorrió la espina dorsal.

—Estás muy callada hoy. ¿Pasa algo? —preguntó, con un matiz de sospecha y curiosidad.

Meredith dio medio paso atrás, forzando una sonrisa profesional que no le llegó a los ojos. El eco de los rumores de pasillo le gritaba en la mente, pero el orgullo y el miedo a la respuesta la hicieron contenerse.

—No, señor. Nada. Solo estoy repasando los números de la reunión.

Conrad no le creyó. Dio un paso más, acorralándola sutilmente contra el borde del escritorio. Estiró su mano grande y, con una mezcla de brusquedad y posesividad calurosa, la tomó firmemente por la nuca, hundiéndole los dedos justo donde nacía el moño de su cabello.
Tiró de ella hacia adelante, obligándola a levantar el rostro, le dio un beso suave y luego pasó a uno más intenso, rápido y asfixiante, un castigo a su reticencia y un reclamo de su atención.

Al separarse apenas un milímetro, con el aliento tibio mezclándose con el de ella, Conrad le susurró contra los labios:
—Necesito que me bailes esta noche. Encaje rojo, con la música baja y el juego de luces rojas.

Meredith sintió un escalofrío de sumisión y deseo, pero también una punzada de tristeza. Asintió mecánicamente, tragándose el nudo de la garganta.

—Sí, señor.

La reunión en el salón privado del hotel de lujo había iniciado. Los emisarios árabes, hombres de negocios de trajes impecables y miradas agudas, discutían las cifras mientras Meredith se encargaba de proyectar los gráficos y entregar los documentos pertinentes. Su belleza discreta, acentuada por el sastre ceñido y el cabello recogido, no pasó desapercibida.

Al terminar la sesión formal, durante el brindis con agua mineral y jugos exóticos, dos de los representantes más jóvenes del consorcio extranjero se acercaron a Meredith. Uno de ellos, un hombre alto de sonrisa audaz, le habló en un inglés fluido, alabando su eficiencia antes de deslizar una invitación clara.

—Una mujer tan brillante no debería pasar la noche revisando informes en una habitación de hotel. Sería un honor que me acompañara a cenar esta noche, señorita Meredith. Conozco un lugar privado muy interesante en la ciudad.

Meredith mantuvo la sonrisa de cortesía, buscando instintivamente con la mirada a Conrad, que se encontraba a unos metros hablando con el jefe de la delegación. Conrad se había percatado de la situación. Su mandíbula se tensó visiblemente, sus ojos se entrecerraron y la vena de su cuello se marcó por la furia contenida de los celos. Le molestaba profundamente ver cómo otros hombres rodeaban a su mujer, cómo la miraban con intenciones evidentes.

Sin embargo, Conrad no se movió de su sitio. No intervino. No pronunció una sola palabra para marcar una distancia, para hacerles entender que ella estaba bajo su protección o que no debían propasarse. Priorizó la diplomacia, los millones del contrato y las apariencias por encima de defenderla del acoso sutil.

A Meredith le dolió. Le dolió mucho más el silencio cobarde de Conrad que la audacia del extranjero. Sintió una humillación ardiente quemándole las mejillas al verse tratada como una simple empleada disponible a la que su jefe no se molestaba en proteger para no incomodar a los socios.

—Disculpen, caballeros. Necesito ir al tocador —dijo Meredith, cortando la conversación.

Dejó la carpeta sobre una mesa y caminó a pasos rápidos hacia los baños del fondo del pasillo del hotel.
Apenas entró al lujoso baño de mármol vacío, se apoyó contra el lavamanos, respirando agitadamente. No alcanzó a soltar la primera lágrima cuando la puerta se abrió de golpe. Conrad entró, cerrando con seguro detrás de sí. Su rostro estaba desencajado por la rabia.




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