Buscando a mi Heredero

Capitulo 4

La frialdad con la que Conrad la había despachado al final de la jornada laboral dejó a Meredith flotando en un limbo de incertidumbre y dolor. Al llegar al penthouse, el silencio del lugar la atrapó.
No hubo lencería de encaje negro, ni música baja, ni el baile que él le había exigido por la mañana; solo el eco de una casa inmensa y vacía que le recordaba, a cada paso, su condición de amante oculta.

Se quitó la ropa, se lavó el rostro borrando cualquier rastro de maquillaje y se puso un camisón de seda blanco y sencillo. Intentó leer, intentó revisar los pendientes de la oficina, pero la mente no le daba tregua, repitiendo uno a uno los rumores de pasillo sobre el inminente matrimonio de Conrad. ¿Era el final de su relación? Si así se le podía llamar a una aventura de años.

Agotada emocionalmente, se metió en la inmensa cama matrimonial y, tras horas de dar vueltas entre las sábanas, el cansancio la venció en un sueño ligero.

Cerca de la medianoche, el sutil clic de la cerradura digital de la entrada rompió el silencio del penthouse.
Pasos pesados e irregulares avanzaron por el pasillo de mármol hacia el dormitorio principal. Conrad entró arrastrando los pies, con la chaqueta del traje colgando de uno de sus dedos y la corbata completamente deshecha alrededor del cuello. Olía fuertemente a whisky escocés de malta y a la madera del bar exclusivo donde se había recluido a beber solo.

Se había emborrachado. Había buscado en el alcohol una tregua para la tormenta que arreciaba en su cabeza, pero solo había logrado amplificar el dolor. Se sentía atrapado en una jaula de oro. Amaba a Meredith. La amaba con toda su alma, con una fuerza visceral que lo asustaba y lo desarmaba, pero la herencia de su familia, las presiones multimillonarias de su madre y las acciones de la corporación le recordaban que ella, una ex-camarera sin apellido ni fortuna, jamás sería aceptada en su entorno. El deber social le exigía casarse con otra, mientras su corazón se desangraba por la mujer que descansaba en esa cama.

Conrad se acercó al borde del colchón. Observando el rostro sereno de Meredith. Se sentó con cuidado, sintiendo el peso de la culpa y la embriaguez, y se inclinó sobre ella.
Primero, le plantó un beso suave y prolongado en la coronilla, aspirando el aroma de su cabello suelto. Luego, sus labios descendieron por la línea de su mandíbula hasta posarse en su mejilla, rozando la delicada piel con la aspereza de su barba de pocas horas. Finalmente, incapaz de contenerse, buscó sus labios en un roce húmedo y cálido.

El contacto hizo que Meredith se sobresaltara, abriendo los ojos de golpe. El olor a whisky y la cercanía de esa silueta imponente la desorientaron por un segundo.

—¿Conrad? —susurró, con la voz ronca por el sueño, sentándose a medias en la cama y apoyándose en sus codos.

Él no respondió de inmediato. Estiró una mano temblorosa y áspera, posando las yemas de sus dedos sobre los labios hinchados de ella, delineándolos con una ternura torpe, desprovista de la arrogancia habitual del CEO.

—Estás hermosa, Meredith... Tan jodidamente hermosa —murmuró él, con la voz arrastrada, pastosa por el alcohol, pero cargada de una devoción que a ella le caló hondo.

Meredith sintió que el corazón le daba un vuelco. Ante esa vulnerabilidad inédita, sus defensas se derrumbaron. Cerró los ojos, ladeando la cabeza para recibir sus toques, entregándose al calor de su mano. Olvidó los reclamos del hotel, olvidó los chismes de la empresa; en ese instante solo existían ellos dos.

Conrad se deshizo de la camisa con movimientos torpes y se metió bajo las sábanas, atrayéndola hacia su cuerpo desnudo con una urgencia calurosa. Comenzó a besarla de nuevo, pero esta vez el ritmo fue distinto. No era la posesividad violenta del auto, ni la exigencia del despacho; sus caricias y besos eran suaves, como si quisiera fusionar su piel con la de ella para protegerse del mundo exterior.

Sus manos recorrieron las curvas reales de su cuerpo por debajo del camisón de seda, acariciando sus caderas, subiendo por su cintura con una delicadeza que la hizo gemir suavemente contra su boca. Meredith se dejó llevar por la marea de sensaciones, enredando sus piernas con las de él, abriéndose por completo al hombre que adoraba en silencio.

Cuando el deseo alcanzó el punto de no retorno, Conrad se posicionó sobre ella. Meredith, con la mente nublada por la pasión pero conservando el instinto de la rutina de tres años, quiso detenerlo.

—Conrad... espera —le recordó ella en un hilo de voz, jadeando, deteniéndolo suavemente por los hombros firmes—. No tienes protección. Sigo sin ir a mi cita...

Él la miró desde arriba, con los ojos nublados por el alcohol y una fijeza desesperada que le oprimió el pecho a Meredith.

—No importa, mi amor... No importa esta vez —le susurró él, con una voz ronca que vibró contra su oído—. Mañana te tomas la píldora del día después... Solo déjame estar contigo. Déjame perderme aquí dentro.

La petición, la forma en como se lo pedía, con desespero, desarmó por completo a Meredith. Ella asintió levemente, entregándose al destino de esa noche. Conrad se hundió en ella lentamente, con una profundidad que la hizo arquear la espalda y aferrarse con las uñas a sus hombros anchos.

El acto se prolongó, sus caricias, besos, susurros y luego el vaivén coreografiado por la necesidad mutua, donde cada roce de piel y cada gemido ahogado se sentía como una despedida no anunciada.
Conrad la tomaba de las manos, entrelazando sus dedos con fuerza contra la almohada, moviéndose con una lentitud tortuosa que estiraba el placer hasta volverlo doloroso.

Justo en el momento en que el clímax los alcanzó a ambos, sumiéndolos en un espasmo de calor y sudor, Conrad escondió el rostro en el hueco del cuello de Meredith. Ahí, aferrado a su cuerpo como un náufrago a su tabla de salvación, soltó un susurro ahogado, un hilo de voz tan bajo y amortiguado por la almohada que Meredith apenas logró registrarlo entre los latidos desbocados de su propio corazón.




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