Buscando a mi Heredero

Capitulo 5

El despertar de la mañana siguiente fue un golpe seco de realidad. Cuando Meredith estiró la mano entre las sábanas de seda gris, buscando el calor del cuerpo que la había cobijado a medianoche, solo encontró el frío del vacío. Conrad se había ido temprano, borrando el rastro de su vulnerabilidad nocturna.

Meredith se sentó en el borde de la cama, frotándose el rostro con las manos. En su mente, como un eco persistente y obsesivo, resonaba una y otra vez aquel susurro ahogado: «Te amo... Te amo con toda mi alma, Meredith». ¿Había sido real o una mala jugada de su imaginación deseosa? El corazón le daba un vuelco de esperanza, pero la lógica le recordaba que las palabras de un hombre ebrio suelen ser promesas que el amanecer desmiente.

Se obligó a levantarse y arreglarse para otro día de trabajo y murmullos que le oprimían el corazón. Se colocó un traje sastre azul marino, el cabello rígidamente recogido en el moño de siempre, y esa expresión imperturbable que ocultaba la tormenta de sus sentimientos.

Cuando llegó a la oficina presidencial de Conrad Enterprises, el despacho estaba a oscuras. Él aún no había llegado. Meredith se sentó en su puesto de recepción, encendió la computadora y se sumergió en la rutina para no volverse loca. Organizó minuciosamente la correspondencia, archivó los contratos de los inversores árabes y preparó tres carpetas de cuero con los balances financieros trimestrales que debían revisarse esa mañana. Cada movimiento era mecánico, eficiente, perfecto. Pero por dentro, la frase de medianoche seguía quemándole el pecho.
A las diez en punto, la línea fija de su escritorio comenzó a sonar, interrumpiendo el silencio del piso ejecutivo. Meredith acomodó el auricular con profesionalismo.

—Oficina del director general, buenos días. Habla Meredith.

—Buenos días, señorita Meredith —la voz al otro lado de la línea era madura, severa y extremadamente educada. Meredith la reconoció de inmediato: era la ama de llaves principal de la mansión familiar de Conrad, una mujer que solo llamaba bajo las órdenes estrictas de la matriarca—. Llamo por instrucciones directas de la señora Eleanor. Es necesario que reserve una mesa privada para las dos de la tarde en el restaurante L’Étoile. El almuerzo será para el joven Conrad y la señorita Anabel Araujo. La señora dejó explícito que no se aceptan cancelaciones.

El impacto de las palabras fue como un balde de agua helada que le congeló la sangre. El nombre de Anabel Araujo, la hija del socio millonario, resonó en sus oídos como una sentencia de muerte para sus ilusiones. El dolor físico en su corazón fue tan agudo que tuvo que presionar una mano contra su pecho para contener un jadeo. El «te amo» de la noche anterior se desintegró en el aire, transformándose en una cruel fantasía.

—Entendido, señora. Tomo nota de la reservación en este momento —respondió Meredith, forzando una voz firme, aunque las manos le temblaban tanto que apenas pudo escribir los detalles en la agenda digital.

Quince minutos después, las puertas del ascensor privado se abrieron y Conrad entró al piso ejecutivo. Vestía un traje gris Oxford impecable, caminaba con paso firme y su rostro lucía la habitual seriedad aristocrática, sin un solo rastro de la resaca o de la calidez de la medianoche. Pasó de largo frente al escritorio de Meredith, limitándose a soltar un frío: «A mi oficina con la agenda, por favor».

Meredith tragó el nudo de orgullo y dolor que tenía atorado en la garganta. Tomó las carpetas de cuero, la tableta electrónica y lo siguió al imponente despacho, cerrando la puerta tras de sí.

Conrad se sentó en su sillón de piel, aflojándose levemente el nudo de la corbata mientras encendía el monitor de su computadora. No levantó la vista. No la miró a los ojos. No hubo un saludo diferente, ni un destello de complicidad por lo que habían compartido pocas horas antes. Volvía a ser el CEO implacable; ella volvía a ser la empleada.

Meredith se paró firmemente al otro lado del escritorio, con la espalda recta y la mirada fija en la tableta, comenzando el reporte diario con una voz monótona, decidida a no quebrarse.

—Señor, a las once y media tiene la revisión de los estados financieros con el departamento de contabilidad. Las carpetas ya están listas sobre su mesa. A la una tiene una llamada internacional con la sucursal de Nueva York para ajustar los márgenes de exportación...

Hizo una pausa obligatoria. El aire pareció escasear en el despacho. Conrad continuaba tecleando en su computadora, sin prestarle una atención real, asumiendo que el reporte seguía el curso normal de todos los días. Meredith apretó los dedos alrededor del borde de la tableta, tomó una respiración profunda y continuó, dejando que la última frase cayera como una guillotina.

—Y a las dos de la tarde, tiene un almuerzo programado en el restaurante L'Étoile con la señorita Anabel Araujo.

Al escuchar ese nombre, los dedos de Conrad se detuvieron en seco sobre el teclado. Levantó la vista de golpe, clavando sus ojos oscuros en el rostro de Meredith. Hubo un destello de sorpresa y molestia en su mirada, una tensión inmediata que endureció las facciones de su mandíbula.

—¿Quién autorizó eso? Suspende esa cita de inmediato. No tengo tiempo para almuerzos imprevistos —ordenó, con un tono áspero, cortante.

Meredith sostuvo la mirada, manteniendo la distancia profesional a pesar de que por dentro sentía que se estaba desangrando.

—No puedo suspenderla, señor —respondió ella, con una calma robótica que le costó la vida mantener—. La llamada entró directamente desde la mansión familiar. La ama de llaves de su madre dejó muy claro que es una orden de la señora Eleanor, y añadió textualmente que, si usted no asiste al restaurante, su madre irá personalmente a buscarlo a esta oficina.

Conrad soltó un gruñido bajo de frustración, un sonido cargado de rabia contenida. Sabía perfectamente de lo que era capaz su madre cuando se trataba de las apariencias y de los negocios familiares; un escándalo de Eleanor presentándose en la corporación para arrastrarlo a una cita era lo último que necesitaba en medio de las negociaciones actuales.




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