El restaurante L’Étoile era el epicentro de la opulencia de la ciudad. El tintineo de las copas de cristal de baccarat y el susurro de las conversaciones de la élite empresarial formaban el telón de fondo perfecto para el almuerzo. Anabel Araujo estaba sentada frente a Conrad, luciendo un vestido de diseñador en tonos pastel que realzaba su postura aristocrática. Tenía una sonrisa radiante, perfectamente ensayada en los internados suizos, y una mirada que destilaba una confianza absoluta en su propio destino.
—Mi padre dice que la fusión de los astilleros con tu división tecnológica creará un monopolio imbatible en el Atlántico, Conrad —comentó Anabel, entrelazando sus dedos finos sobre la mesa—. He estado pensando que para la recepción de compromiso deberíamos optar por algo íntimo, tal vez en la propiedad de mi familia en la costa. Habla de un futuro brillante para ambos, ¿no crees?
Conrad la miró fijamente. No había tocado su copa de vino ni había mostrado el menor interés en el menú gourmet. Las palabras "recepción de compromiso" le sonaron como los eslabones de una cadena cerrándose alrededor de su cuello. La frialdad de su mente corporativa tomó el control.
—Anabel —interrumpió él, con su voz barítona y cortante, sin una pizca de la cortesía que ella esperaba—. Supongo que eres una mujer inteligente. Debes saber perfectamente que es mi madre la que está empeñada en este matrimonio, y no yo. Esto es un acuerdo de acciones, no un idilio.
Cualquier otra mujer de su posición se habría sentido profundamente humillada por la crudeza de sus palabras, pero Anabel solo amplió su sonrisa, acomodándose un mechón de cabello rubio con total parsimonia.
—Lo sé, Conrad. Sé perfectamente que eres un hombre difícil y que ahora mismo solo ves números —respondió ella, inclinándose levemente hacia él con seguridad—. Pero no me asusta. Soy una Araujo; estoy acostumbrada a conseguir lo que quiero. Y te aseguro que haré todo lo que esté en mis manos para que te enamores de mí. El tiempo y la convivencia hacen milagros.
Conrad la quedó viendo en silencio y soltó un suspiro pesado, desviando la mirada hacia el ventanal del restaurante. «Eso es imposible», pensó con una amargura que le caló los huesos. Era imposible porque su corazón, su mente y su piel ya tenían dueña. Amaba a Meredith. La amaba con una intensidad que lo avergonzaba frente a su propio linaje; y aunque fuera un cobarde atrapado por el deber, un hombre incapaz de dejar su imperio, sus millones y su apellido por ella, sabía que jamás dejaría de amarla. Anabel solo tendría un contrato firmado; Meredith tendría su alma.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, en el piso ejecutivo de Conrad Enterprises, la atmósfera era de una desolación absoluta. Meredith no se había movido de su escritorio. Cuando sus compañeros del departamento de administración pasaron a invitarla a almorzar, ella se limitó a inventar una excusa sobre un informe urgente de auditoría. No quería que nadie la viera. No quería que compadecieran sus ojos hinchados o el temblor de sus manos.
En cuanto se quedó completamente sola en la inmensidad de la planta, las lágrimas que había contenido durante toda la mañana finalmente desbordaron sus pestañas. Se cubrió la boca con ambas manos para ahogar los sollozos que le desgarraban el pecho. Le dolía todo: el "te amo" de la medianoche que ahora se sentía como una burla, la imagen de Conrad compartiendo una mesa exclusiva con Anabel, y la certeza de que su relación de tres años tenía fecha de caducidad. Lloró con un dolor sordo, limpiándose las mejillas con brusquedad cada vez que el sonido del ascensor la sobresaltaba.
Para intentar acallar el ruido de sus propios pensamientos, se colocó los auriculares inalámbricos, reproduciendo una lista de música clásica a todo volumen. Se obligó a concentrarse en la pantalla de la computadora, revisando unos balances de importación, sumergiéndose en las cifras como un mecanismo de defensa.
Por eso, no escuchó cuando las puertas del ascensor privado se abrieron a las tres y media de la tarde. Conrad entró al piso ejecutivo con el rostro endurecido, cargando la frustración del almuerzo con Anabel. Al ver a Meredith metida de lleno en los documentos, con los auriculares puestos y los hombros ligeramente caídos, se detuvo. Caminó con pasos mudos hacia su escritorio y, sin pedir permiso, se sentó en el borde de la mesa de caoba, quedándose a verla en silencio.
Meredith, concentrada, no notó su presencia hasta que una sombra bloqueó la luz de su lámpara. Dio un respingo de sorpresa, quitándose los auriculares de golpe.
—Señor... no lo escuché llegar —dijo, recuperando la máscara profesional a toda prisa, aunque el enrojecimiento de sus ojos delataba su llanto reciente.
Conrad no tuvo tiempo de responder. En ese preciso instante, el teléfono celular de Meredith, que estaba sobre el escritorio, vibró con insistencia. La pantalla se iluminó, mostrando un mensaje de texto de Daniel, uno de los analistas jóvenes del departamento de finanzas, un hombre soltero y de buen parecer que siempre la saludaba con demasiada amabilidad.
Conrad, con el instinto posesivo alerta y los celos a flor de piel tras el tormentoso almuerzo, estiró la mano con una rapidez felina y confiscó el aparato antes de que Meredith pudiera tocarlo. Abrió el mensaje sin el menor rastro de vergüenza.
«Hola, Mere. Sé que te quedaste trabajando. ¿Te gustaría que vayamos por unos tragos al salir? Conozco un bar nuevo en el centro y me encantaría acompañarte».
La mandíbula de Conrad se apretó tanto que los músculos de su rostro se marcaron con violencia. Sin pensarlo dos veces, sus dedos ágiles teclearon una respuesta directa y cortante desde el teléfono de ella: «No. Estoy ocupada».
—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —exclamó Meredith, perdiendo por completo los estribos. Se levantó de la silla de un salto y le arrebató el teléfono de las manos, mirando la pantalla con incredulidad y rabia—. ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Tú no tienes ningún derecho a responder mis mensajes privados! ¡Yo puedo salir con quien se me dé la maldita gana!