La cerradura digital del penthouse emitió un sutil pitido cuando Meredith marcó el código de acceso. Eran pasadas las once de la noche. Venía cansada, con los pies doloridos por los tacones y la mente embotada tras forzarse a pasar unas horas en un bar del centro con sus compañeros de la oficina. No había tomado más que un cóctel diluido; su único objetivo había sido marcar una línea de independencia, demostrarle a Conrad —y a sí misma— que su vida no se detenía cuando él cerraba la puerta de su despacho.
Sin embargo, al empujar la puerta y entrar al recibidor, la atmósfera pesada del lugar la hizo detenerse en seco.
Las luces principales estaban apagadas. La única iluminación provenía del resplandor ámbar de la ciudad que se filtraba a través del inmenso ventanal. Sentado en el centro del sofá de cuero italiano estaba Conrad. No llevaba el saco del traje sastre; la camisa blanca de lino estaba desabrochada hasta la mitad del pecho, revelando su piel bronceada, y los pantalones de vestir lucían ligeramente arrugados. En su mano derecha sostenía un vaso corto con un par de dedos de whisky puro y dos hielos casi extintos. Su mirada, fija en la entrada, era la de un cazador que había estado esperando pacientemente en la oscuridad.
Meredith tragó saliva, pero no dejó que el nerviosismo se notara en su postura. Dejó su bolso sobre la mesa de la entrada y caminó con paso lento pero firme hacia la estancia.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con una voz que pretendía ser distante y corporativa, aunque el pulso ya le latía con fuerza en la base del cuello—. Pensé que estarías ocupado conociendo mejor a tu novia y futura prometida. O cumpliendo con alguno de los compromisos que tu madre organiza para ti.
Conrad no respondió de inmediato. Dejó el vaso de cristal sobre la mesita de centro con un golpe seco que resonó en el silencio del penthouse. Se levantó con una lentitud calculada, imponente en su estatura, y avanzó hacia ella. Su andar era firme, desprovisto de la pesadez de la noche anterior, impulsado por una rabia fría y contenida.
Cuando estuvo a escasos centímetros, Meredith sintió la calidez que emanaba de su cuerpo y el inconfundible olor a whisky combinándose con su colonia. Antes de que ella pudiera reaccionar, Conrad se inclinó sobre ella. No la besó; en su lugar, hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando profundamente, recorriendo con la nariz la línea de su clavícula y subiendo por detrás de su oreja. La estaba oliendo con una fijeza animal, buscando el rastro de cualquier otra fragancia, el humo de un bar o el perfume de otro hombre.
Meredith sintió una descarga eléctrica recorriéndole la espina dorsal, pero el orgullo la obligó a empujarlo con las manos firmes contra su pecho, separándose con brusquedad.
—¡No hagas eso! —le espetó, con los ojos encendidos en indignación—. Déjame en paz, Conrad.
—Me estoy asegurando de que ningún imbécil se te haya acercado de más esta noche —respondió él, con una voz ronca, áspera, con los ojos fijos en sus labios—. De que no lleves el olor de nadie más en la piel.
—¿Y qué si así fuera? —desafió ella, cruzándose de brazos, con la barbilla en alto—. Te lo dije esta tarde en la oficina y te lo repito ahora: yo no soy tuya. No tienes ningún derecho a controlarme fuera de los horarios de trabajo.
Conrad la miró por un segundo en silencio. Una sonrisa de medio lado, oscura y cargada de una autosuficiencia peligrosa, se dibujó en sus labios.
—Claro que lo eres, Meredith —susurró, dando un paso rápido que anuló cualquier distancia.
Antes de que ella pudiera protestar, él la tomó de la cintura con una mano firme y, con un movimiento fluido y autoritario, le dio la vuelta, pegando la espalda de ella contra su pecho varonil. El agarre de Conrad era de acero; la mantenía aprisionada contra su cuerpo, permitiéndole sentir la dureza de sus músculos y el latido acelerado de su corazón.
Con la mano libre, Conrad apartó con delicadeza la masa de su cabello castaño, dejándolo caer sobre un hombro para exponer por completo la piel pálida de su cuello y su espalda alta. Meredith intentó removerse, pero la firmeza de él la inmovilizaba. De pronto, vio cómo Conrad sacaba del bolsillo de su pantalón un estuche de terciopelo negro. Lo abrió con un solo movimiento, revelando un collar de oro de eslabones finos y un brillo impecable, pesado y costoso.
Con dedos sorprendentemente ágiles, Conrad pasó la cadena alrededor de su cuello y ajustó el broche. El metal frío contra su piel caliente la hizo estremecer. Acto seguido, él inclinó la cabeza y le plantó un beso húmedo y demorado justo en el tendón del cuello, succionando levemente la piel.
—Es un regalo —le susurró contra la oreja, con el aliento tibio erizándole el vello—. Un castigo por haberme desafiado hoy, y un recordatorio de a quién le perteneces.
Meredith bajó la mirada hacia el oro que brillaba en su pecho. Estiró los dedos y tocó el metal precioso. En ese instante, sintió cómo toda la rabia, la indignación y las barreras que había construido durante el día empezaban a desmoronarse por completo. Se odió a sí misma en ese segundo. Se odió porque sabía que era una tonta enamorada, una mujer débil que borraba los agravios en cuanto él la tocaba con esa mezcla de adoración y crudeza. El collar se sentía como una hermosa cadena de esclava, y ella lo estaba aceptando.
Conrad sintió la capitulación en el cuerpo de ella, la forma en que sus hombros se relajaron y su respiración se volvió más profunda. La giró de nuevo para tenerla de frente. La tomó de la nuca, hundiéndole los dedos en el cabello suelto, y la besó.
Fue un beso hambriento, cargado de un deseo salvaje que se había estado acumulando desde el almuerzo en L’Étoile. Sus lenguas se encontraron con urgencia y desesperación. Conrad desplazó sus dedos grandes por la delicada tela de la blusa de Meredith, bajando por su cuello, delineando la estrechez de su cintura, hasta aferrarse a la redondez de sus caderas. Con un esfuerzo físico que a ella la hizo jadear, la levantó del suelo, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura.