En el penthouse, Meredith permanecía sentada en el borde de la cama, con las piernas recogidas contra el pecho y el teléfono celular titilando en su mano. Acababa de colgarle a su madre. Habían estado hablando muy seguido durante las últimas semanas; su madre se escuchaba animada, con una voz cada vez más fuerte gracias a los costosos tratamientos médicos y la tranquilidad de tener un techo seguro. Todo estaba bien en su pequeño mundo.
Sin embargo, Meredith se sentía muriendo por dentro. Durante la llamada, tuvo que morderse los labios hasta hacerse daño para mantener un tono de voz alegre y normal. No se atrevía a confesarle la verdad. ¿Cómo decirle que el hombre que las había rescatado de la ruina, el caballero de armadura brillante que pagó sus deudas y curó su enfermedad, era el mismo que ahora le destrozaba el alma? ¿Cómo explicarle que se había enamorado perdidamente de su benefactor y que ese mismo hombre acababa de anunciar formalmente su matrimonio con una heredera de la alta sociedad? El peso del secreto y la culpa la sofocaban, dejándola sola con un llanto silencioso que le empapaba las mejillas.
De pronto, el agudo clic de la cerradura digital de la entrada principal rompió el silencio. Un segundo después, el sonido de la puerta de su habitación al abrirse de golpe la sobresaltó.
Meredith dio un respingo, limpiándose apresuradamente el rostro con el dorso de las manos, pero ya era tarde. Conrad entró al dormitorio. No traía el saco del sastre, su corbata colgaba deshecha y sus ojos oscuros reflejaban el caos de la discusión con su madre. Al verla allí, con los ojos enrojecidos, los labios temblorosos y el rastro evidente de las lágrimas bajo la tenue luz de la lámpara de noche, la dureza del CEO se evaporó.
Conrad acortó la distancia con pasos rápidos y se sentó en el colchón, atrayéndola hacia su pecho con una desesperación calurosa. La abrazó con fuerza, hundiéndole los dedos en el cabello suelto, como si temiera que ella pudiera desvanecerse entre sus brazos.
—Perdóname, Meredith... Por favor, perdóname —le susurró al oído, con una voz ronca, rota por la frustración de su propia impotencia—. Te amo, te amo con toda mi alma, mi amor. Tienes que creerme.
Escuchar ese "te amo" en medio de la tormenta, en lugar de reconfortarla, operó en Meredith como una punzada de hierro caliente. Conrad pronunciaba esas palabras como si tuvieran el poder mágico de borrar el comunicado de prensa, como si el amor oculto pudiera calmar el dolor lacerante de la traición pública.
Él la separó un poco, tomándola del rostro con ambas manos para obligarla a mirarlo, buscando desesperadamente una chispa de la sumisión habitual en los ojos de ella.
—Escúchame bien —continuó Conrad, hablando con una prisa ansiosa, queriendo convencerse a sí mismo—. Esa boda es solo un negocio. Es un maldito papel que mi familia necesita para asegurar el control de las acciones de los astilleros. No significa nada. Te aseguro que nada va a cambiar entre nosotros, Meredith. Nada.
Ella lo quedó viendo, con las lágrimas congeladas en sus pestañas, sintiendo que una frialdad nueva y rígida le recorría la espina dorsal.
—¿Nada cambiará? —repitió en un hilo de voz.
—Nada —insistió él, acariciándole las mejillas—. Seguirás siendo mi asistente en la oficina, manejando mi vida, y seguirás siendo mi mujer aquí. Tendrás todo lo que quieras. A Anabel no la voy a tocar, Meredith. Ese matrimonio será una fachada vacía. Ella tendrá el apellido ante la prensa, pero tú seguirás teniendo mi cuerpo y mi tiempo. Serás la única en mi cama.
Las palabras de Conrad, pensadas para tranquilizarla, desataron en Meredith una indignación visceral que jamás había experimentado. La humillación se transformó en una rabia digna, implacable. Se soltó del agarre de sus manos con un movimiento brusco y se puso de pie de un salto, plantándole cara con la espalda recta y la mirada encendida en fuego.
—¡No soy el segundo plato de nadie, Conrad! —le gritó, con una voz que vibró con toda la fuerza de su orgullo herido—. ¡¿Cómo te atreves a proponerme algo así?! ¡¿Cómo tienes el descaro de pedirme que me quede en las sombras esperando las sobras de tu tiempo mientras otra mujer lleva tu anillo?!
Conrad la miró desde la cama, sorprendido por la vehemencia de su reacción. Intentó levantarse, pero ella le dio un paso al frente, deteniéndolo con la mirada.
—No voy a ser la sombra de nadie, ni voy a prestarme para destruir la vida de otra mujer —sentenció Meredith, con una dignidad implacable que la hacía lucir más imponente que nunca—. Me pides que sea tu amante eterna, que acepte que engañes a tu esposa en este penthouse. Te lanzo la verdad, Conrad, porque parece que tus millones te han cegado: si yo fuera su esposa, si yo fuera Anabel, jamás aceptaría que mi marido tuviera una amante. No voy a hacerle a ella lo que no me gustaría que me hicieran a mí. ¡No seré la otra!
El despacho, las acciones, el imperio familiar... todo pareció desvanecerse ante la cruda moralidad de los reclamos de Meredith. Conrad sintió el golpe de sus palabras. Se quedó sentado en el borde de la cama, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en la alfombra, incapaz de sostenerle la mirada o de rebatir una sola de sus verdades. Sabía que ella tenía razón, sabía que le estaba pidiendo un sacrificio egoísta y monstruoso, pero la idea de perderla lo aterraba tanto que prefirió cerrar los ojos ante la realidad.
Sintiéndose acorralado por la rectitud de Meredith y sin argumentos legales o emocionales para defender su postura, Conrad pasó una mano por su rostro, exhalando un suspiro pesado que delataba su cobardía ante el sistema de su familia. No quería seguir peleando, no quería escuchar que el final era inevitable.
—Es tarde, Meredith... —dijo él, con una voz apagada, cambiando de tema con una torpeza evidente para evadir el conflicto—. Estamos cansados, tuvimos un día espantoso en la oficina y el alcohol de la tarde me está pasando factura. Mejor dormir ya. Mañana veremos las cosas con más calma.