La mañana siguiente comenzó con el mismo silencio tenso de la noche anterior. Sin embargo, en el piso ejecutivo de Conrad Enterprises, la distancia ya no era una opción. Meredith entró al imponente despacho presidencial llevando las carpetas de los informes de auditoría del día. Llevaba un sastre negro riguroso y el cabello tan apretado en su moño que sus facciones lucían aún más afiladas. Conrad estaba sentado detrás de su escritorio de caoba, con la luz del sol dándole de lleno en el rostro, luciendo la impecable e imperturbable máscara de CEO millonario.
Meredith dejó los documentos sobre la mesa, pero en lugar de retirarse de inmediato como solía hacer, dio un paso al frente y lo miró fijamente a los ojos, decidida a no dejar que el silencio de la noche sepultara su dignidad.
—Señor... Conrad —comenzó ella, forzando una voz firme que cortó el aire del despacho—. Necesitamos terminar la conversación de anoche. Sé perfectamente que el comunicado de compromiso no tiene marcha atrás. Por lo tanto, le pido formalmente que me envíe a otra parte de la empresa. Solicito un traslado al departamento de facturación o a la sucursal del sur. No puedo seguir trabajando directamente con usted. No voy a ser la asistente de un hombre casado mientras... compartimos lo que compartimos.
Conrad ni siquiera levantó la vista de la pantalla de su computadora. Sus dedos continuaron tecleando con una rigidez matemática, aunque la vena de su cuello se marcó de inmediato.
—No —respondió él, con una voz barítona, seca y carente de cualquier matiz emocional—. No te voy a trasladar a ninguna parte, Meredith. Eres mi asistente personal, conoces mi agenda, mis cuentas y mis movimientos mejor que nadie. No pienso discutir esto más. No hablaremos más de ese tema.
Meredith sintió una oleada de indignación quemándole el pecho. La frialdad corporativa con la que él pretendía zanjar su dolor la enfureció.
—Si no acepta mi traslado, entonces no me deja otra opción —sentenció ella, dando un paso más hacia el escritorio, con la espalda recta—. Mejor renuncio. Prefiero irme con una mano adelante y otra atrás, buscar un empleo en cualquier otra parte de la ciudad, antes que quedarme aquí a presenciar cómo planifica su boda con la señorita Araujo. Mi renuncia estará en su correo antes del mediodía.
Al escuchar la palabra "renuncia", el autocontrol de Conrad se rompió en mil pedazos. La idea de perderla, de no verla llegar cada mañana con su sastre impecable, de imaginar que ella podría salir de su vida, de su cama y de su alcance para siempre, lo volvió loco. Un miedo visceral, transformado en una furia animal, se apoderó de él.
Conrad se levantó del sillón de piel con una brusquedad que hizo que la silla se estrellara contra el ventanal trasero. Rodeó el escritorio a pasos agigantados, deteniéndose a escasos centímetros de ella, asediándola con su imponente estatura y una mirada oscura que destilaba un peligro salvaje.
—¡Tú no vas a renunciar a ninguna parte, Meredith! —le espetó, con una voz ronca y temblorosa por la rabia contenida. Al ver que ella mantenía la barbilla en alto, Conrad recurrió al recurso más bajo, al arma más cruel que tenía guardada—. Recuerda muy bien de dónde te saqué. Recuerda quién salvó a tu madre de morir en ese hospital y quién pagó a los matones que iban a sacarte a rastras del restaurante. Me debes cada maldito centavo, Meredith. Tu madre sigue viva gracias a mi dinero. No puedes irte porque estás encadenada a esa deuda.
El golpe bajo fue devastador. Meredith sintió como si él le hubiera dado una bofetada en medio del rostro. Por un segundo, el dolor de la humillación la hizo pestañear, pero la sumisión no regresó a sus ojos. En su lugar, una dignidad implacable, pura y cortante como el diamante, iluminó sus facciones. Miró al hombre que amaba y al que ahora veía como un captor, sosteniéndole la mirada de acero sin flaquear.
—Le pagaré hasta el último centavo —le respondió, con una voz clara, pausada, que resonó en las cuatro paredes del despacho—. Trabajaré dobles turnos en cualquier otra parte, pediré un préstamo bancario, tardaré años si es necesario, pero le devolveré todo su dinero. Pero grábate esto en la cabeza: mi libertad y mi cuerpo ya no tienen precio. No puedes comprar mis noches con la salud de mi madre. Mi dignidad no se vende por una deuda.
Conrad la miró, pasmado. La firmeza de Meredith, su negativa absoluta a doblarse ante la amenaza que siempre había funcionado en el pasado, lo desarmó por completo. El lobo enfurecido dio paso a un hombre desesperado por retener lo único que le daba sentido a su existencia.
Exhaló un suspiro pesado, intentando regular su respiración agitada. Dio un medio paso hacia atrás, suavizando las facciones de su mandíbula, y estiró una mano con cuidado, queriendo acariciarle el rostro, pero ella esquivó el toque con un movimiento rápido de la cabeza. Conrad bajó la mano, resignado, pero no se rindió.
—No acepto tu renuncia, Meredith —dijo él, bajando el tono a un ruego barítono, aunque manteniendo la insistencia de quien cree tener el control de la lógica—. No la acepto. Te pido que lo pienses mejor, que te calmes y analices las cosas. Quédate aquí. Para ti es lo mejor; tendrás estabilidad, el tratamiento de tu madre continuará sin interrupciones y seguirás teniendo todo mi apoyo.
Hizo una breve pausa, tragando saliva antes de soltar el argumento con el que pretendía consolarla de la peor manera.
—Anabel sabe perfectamente a qué atenerse. Ella sabe que esto es un negocio de nuestras familias. Sabe que no se puede enamorar de mí, porque yo nunca la amaré. Mi corazón es tuyo, Meredith. ¿Qué te importa un papel firmado ante la sociedad si la realidad es que yo solo te deseo a ti? Pensándolo bien, es el trato perfecto para todos.
Meredith lo quedó viendo con una mezcla de lástima y profundo desprecio por su mentalidad aristocrática. El egoísmo de Conrad le pareció monstruoso; él pretendía que ella se conformara con las migajas de su amor clandestino solo porque la otra mujer tampoco tendría su corazón. No entendía que el dolor de ser la otra no se aliviaba con saber que la esposa era infeliz.