Buscando a mi Heredero

Capitulo 11

El silencio puede ser el arma más destructiva en una oficina. Durante el resto de la mañana, Meredith aplicó una ley del hielo absoluta e implacable. Se limitó a cumplir con sus obligaciones mecánicas: procesaba las transferencias, archivaba los memorandos y respondía las llamadas de la línea directa con la voz corporativa más monótona y gélida que poseía. Cada vez que Conrad salía de su despacho para reclamarle por un informe o para exigirle que lo mirara a los ojos mientras le hablaba, ella mantenía la vista fija en la pantalla de su computadora, respondiendo con un cortante: «Sí, señor», o «El documento ya fue enviado a su correo, señor».
No había rastros de la amante sumisa de las noches; solo quedaba la roca profesional que él mismo había ayudado a moldear.

Pasadas las doce del mediodía, Conrad llegó al límite de su paciencia. El rechazo sistemático de Meredith lo estaba desquiciando, carcomiéndole el orgullo y avivando una desesperación posesiva que ya no podía contener en el ámbito laboral.
Salió de su despacho con paso firme, con la mandíbula tensa y los ojos oscurecidos por la frustración. Se plantó frente al escritorio de recepción, bloqueándole la luz de la lámpara.

—Meredith, basta de este maldito juego —le reclamó en un susurro áspero, barítono, que vibró con rabia contenida—. Levanta la vista y mírame cuando te hablo. No voy a tolerar que me ignores de esta manera en mi propia empresa.

Ella ni siquiera pestañeó. Continuó tecleando un correo de auditoría con una parsimonia exasperante.

—Estoy atendiendo los pendientes de la agenda, señor. Si no hay nada más en lo que pueda ayudarlo...

Conrad se cansó. La frialdad de ella lo quemaba por dentro. Estiró la mano con una rapidez felina, dispuesto a tomarla del brazo, levantarla de la silla y meterla a la fuerza en su oficina privada para cerrarle la boca con un beso salvaje que le recordara a quién le pertenecía. Estaba a un segundo de perder los estribos por completo y romper toda etiqueta corporativa.

Sin embargo, el agudo y metálico sonido de las puertas del ascensor privado abriéndose al fondo del pasillo lo detuvo en seco.
De la cabina salieron Eleanor y Anabel Araujo. La matriarca vestía un sastre de alta costura color marfil y caminaba con la altivez de una reina; a su lado, Anabel lucía un vestido camisero de seda que acentuaba su esbelta figura, llevando una sonrisa radiante y sosteniendo un bolso de diseñador con delicadeza.

Conrad bajó la mano de inmediato, recuperando la postura rígida en un parpadeo, mientras el rostro se le desencajaba por la molestia de la intromisión.

—Madre... Anabel. ¿Qué hacen aquí? No teníamos ninguna reunión programada para hoy —preguntó Conrad, con una voz ronca y cortante que delataba su profunda irritación.

Eleanor soltó una pequeña risa aristocrática, acomodándose las gafas de sol antes de guardarlas en su bolso.

—No pongas esa cara de pocos amigos, Conrad —respondió la mujer, mirándolo con frialdad—. No tiene nada de malo que tu madre y tu prometida vengan a visitarte a tu oficina. Anabel estaba en el centro comercial de la zona y pensamos que sería una excelente idea pasar por ti para revisar algunos detalles pendientes.

Al escuchar la palabra "prometida", Meredith sintió un vuelco violento en el estómago. El aire del piso ejecutivo pareció volverse denso, casi irrespirable. Una oleada de calor agrio le subió de golpe por la garganta, y el conocido mareo de las últimas semanas regresó con una intensidad devastadora, haciéndole perder el color de las mejillas. Las náuseas la asaltaron sin piedad, obligándola a tragar saliva con dificultad para no perder el control ahí mismo.

Sabiendo que estaba a punto de colapsar frente a las dos mujeres, se puso de pie con rigidez, apoyando las manos en el borde del escritorio para no tambalearse.

—Disculpen las molestias, señoras... señor —dijo Meredith, forzando una voz robótica mientras contenía una arcada—. Si me lo permiten, iré a la cocina a buscar unos cafés para ustedes. Con su permiso.

Sin esperar la respuesta, dio media vuelta y caminó a pasos rápidos hacia el pasillo. Pero no fue a la cocina. Desvió el rumbo con desesperación y se metió al baño del piso ejecutivo, pasándole el seguro al cubículo con dedos temblorosos. Se desplomó frente al inodoro y vomitó con violencia, expulsando el poco contenido de su estómago en medio de espasmos dolorosos que le sacudieron todo el cuerpo. Se apoyó contra el azulejo frío, respirando agitadamente, con las lágrimas de la presión física corriéndole por las mejillas. Se mordió el labio inferior, obligándose a tragar el llanto. «No llores, Meredith. No llores aquí», se repitió, limpiándose la boca y el rostro con agua helada. Retocó su labial con mano temblorosa, respiró hondo y salió a preparar la bandeja de café con la cabeza en alto.

Minutos después, Meredith entró al despacho presidencial cargando la bandeja de plata con las tazas de porcelana. La escena que encontró en el interior le terminó de romper el alma.

Anabel estaba sentada en el borde del escritorio de caoba, prácticamente pegada al cuerpo de Conrad, con una mano apoyada con familiaridad en el hombro de él. Conrad permanecía rígido, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el ventanal, luciendo profundamente incómodo, pero permitiendo la cercanía por la presencia de su madre, que ocupaba uno de los sillones de piel.

—...y los asesores de viaje dicen que las islas Maldivas son la mejor opción para esa época del año, Conrad —decía Anabel con una voz dulce y melodiosa, ajena por completo al drama oculto—. Una luna de miel de tres semanas en una villa privada sobre el agua sería perfecta para desconectarnos de la prensa después de la boda. ¿No te parece una idea maravillosa?

Conrad, al percatarse de la entrada de Meredith con las tazas, endureció aún más las facciones de su mandíbula. Quiso apartar a Anabel de un empujón, quiso gritar que no habría ninguna maldita luna de miel, que ese matrimonio era solo un trámite de acciones y que no pensaba pasar tres semanas encerrado con ella en ninguna isla.




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