Buscando a mi Heredero

Capitulo 12

Meredith se movía en su apartamento como un fantasma. Estaba físicamente agotada y emocionalmente destruida. No había probado bocado en todo el día; el simple pensamiento en la comida le revolvía el estómago de una forma violenta y dolorosa. Tampoco había pegado el ojo la noche anterior, devorada por la ansiedad del inminente compromiso de Conrad y la humillación de la visita de su familia a la oficina. Su cuerpo, sencillamente, estaba llegando al límite de sus fuerzas.

Cerca de las diez de la noche, Meredith caminó arrastrando los pies hacia la cocina en busca de un vaso de agua, intentando calmar la resequedad de su garganta y el zumbido constante en sus oídos. Con manos temblorosas, tomó una jarra de vidrio de la encimera y sirvió el líquido en un vaso.

Fue en ese preciso instante cuando se escuchó el pitido electrónico de la puerta principal al abrirse. Conrad había regresado.
Al escuchar el sonido, Meredith intentó tensar los músculos para adoptar su postura defensiva, pero el esfuerzo fue excesivo para su debilitado sistema. El mundo a su alrededor comenzó a dar vueltas a una velocidad vertiginosa. Una neblina negra y espesa le nubló la vista por completo, y sus piernas se volvieron de trapo. La jarra de vidrio y el vaso se resbalaron de sus dedos inertes, impactando contra el suelo de porcelana con un estallido ensordecedor que esparció agua y fragmentos afilados por doquier. Un segundo después, el cuerpo de Meredith se desplomó pesadamente, quedando inconsciente en medio del desastre.

Conrad, que apenas acababa de cruzar el umbral del recibidor, se congeló al escuchar el estruendo. El sonido del vidrio rompiéndose fue seguido por un silencio absoluto que le heló la sangre.

—¡Meredith! —gritó, con la voz rota por una súbita oleada de pánico.

Corrió desesperado hacia la cocina, doblando la esquina a toda velocidad. Al verla tirada en el suelo, pálida como la cera, rodeada de agua y cristales rotos, el corazón se le detuvo. Sin importarle que los vidrios se clavaran en las suelas de sus zapatos de vestir, Conrad se arrodilló a su lado. La levantó en vilo con una facilidad nacida de la pura adrenalina, pegando el cuerpo inerte de ella contra su pecho varonil mientras le acariciaba el rostro con dedos temblorosos.

—Meredith, mi amor, por favor mírame. Despierta —le suplicaba en un susurro ronco, barítono, cargado de una desesperación que jamás mostraba en el mundo exterior.

La llevó de prisa hacia la estancia y la recostó con infinita delicadeza en el inmenso sofá de cuero. Inmediatamente, sacó su teléfono celular y, con el pulso a mil, marcó el número directo del médico privado de la familia, un hombre de absoluta confianza que manejaba sus asuntos con total discreción.

—Ven al penthouse ahora mismo. Es una emergencia. No hagas preguntas, solo apresúrate —ordenó Conrad, con la autoridad áspera del CEO, pero con un temblor en la voz que delataba su terror a perderla.

El médico llegó en tiempo récord, trayendo consigo su maletín negro y una expresión de profesional urgencia. Encontró a Conrad caminando de un lado a otro como un león enjaulado, con la camisa desarreglada y la mirada fija en Meredith, quien ya había comenzado a recuperar la conciencia, parpadeando con debilidad ante la intensa luz de la lámpara.

El doctor se sentó junto al sofá y comenzó a chequearle los signos vitales, colocándole el tensiómetro en el brazo y revisando sus pupilas con una pequeña linterna médica.

De pronto, el teléfono celular de Conrad comenzó a sonar en su bolsillo. El tono de llamada cortó el aire con una insistencia molesta. Conrad sacó el aparato, miró la pantalla y frunció el ceño con profunda irritación al ver el nombre de su madre. Desvió la llamada de inmediato. Sin embargo, no pasaron ni cinco segundos cuando el teléfono volvió a vibrar y a sonar con una terquedad agresiva. Eleanor no iba a rendirse; la cena con los Araujo o algún compromiso de la firma requería su atención inmediata.

Meredith, con la voz apagada y los ojos entornados por el cansancio crónico, giró la cabeza hacia él. Verlo allí, atrapado entre su mundo de obligaciones de oro y la clandestinidad de su apartamento, le produjo una profunda fatiga espiritual.

—Vete, Conrad... —susurró ella, con un hilo de voz que apenas se escuchaba—. Ya se fue el mareo, estoy bien. Vete a atender tus asuntos. Solo... no he comido nada. Es por eso. El doctor ya está aquí, no necesitas quedarte.

Conrad la miró, debatiéndose internamente entre el impulso posesivo de quedarse a su lado y la presión asfixiante de la llamada de su madre, que no dejaría de insistir hasta provocar un escándalo mediático si no aparecía. Se acercó al sofá, le plantó un beso rápido y cargado de culpa en la frente de Meredith, y luego miró al médico con una fijeza implacable.

—Vuelvo más tarde, en cuanto me desocupe de esto —dijo Conrad, con una voz ronca que pretendía sonar firme—. Doctor, por favor, llámeme directamente a mi línea privada en cuanto termine para darme razón de todo lo que tenga. No me oculte nada.

El médico asintió con un leve gesto de la cabeza. Conrad guardó el teléfono, le lanzó una última mirada de desespero a Meredith y salió del penthouse a pasos agigantados, cerrando la puerta tras de sí con un golpe que resonó en el pecho de ella como una despedida definitiva.

Una vez que el silencio regresó al lugar, el médico continuó con el examen en una atmósfera mucho más calmada. Tomó la temperatura de Meredith, le palpó el abdomen con suavidad y tomó nota de la palidez de sus mucosas. El semblante del doctor se volvió analítico, frunciendo ligeramente el ceño mientras unía los cabos sueltos: los desmayos de las últimas semanas, las náuseas matutinas que Meredith había mencionado vagamente, la aversión a la comida y el colapso repentino.
El médico guardó el estetoscopio en su maletín, se acomodó los anteojos y miró a Meredith con una expresión seria pero compasiva.




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