Buscando a mi Heredero

Capitulo 13

La mañana se presentó gris, envuelta en una llovizna pertinaz que empapaba los inmensos ventanales de la ciudad. Meredith no había podido pegar el ojo en toda la noche; el peso de la sospecha la había mantenido en un estado de vigilia absoluto, con la mirada perdida en las sombras del techo. Sabía que el tiempo corría en su contra. Por eso, en cuanto el reloj marcó las seis de la mañana y confirmó a través de un mensaje de texto que Conrad pasaría la primera mitad del día en una reunión de emergencia con los asesores legales de su familia en las afueras de la ciudad, supo que era su única oportunidad.

Se vistió con ropa oscura y holgada, unas gafas de sol que ocultaban sus ojos hinchados y un abrigo largo que la protegía tanto del frío como de las miradas indiscretas. Salió del penthouse con el corazón latiéndole con una fuerza desbocada en el pecho, sintiéndose como una fugitiva en su propio entorno.
Evitó los hospitales principales donde el apellido de Conrad abría puertas y levantaba teléfonos de inmediato. En su lugar, tomó un taxi convencional y se dirigió a una clínica privada en un sector residencial del norte, un lugar mediano, discreto, donde nadie la conocería ni asociaría su rostro con el imperio de Conrad Enterprises.

El olor a antiséptico y el murmullo bajo de la sala de espera le revolvieron el estómago de inmediato, reviviendo las náuseas que ya se habían vuelto una constante en sus mañanas. Meredith se sentó en una esquina, apretando su bolso contra el vientre, contando los minutos como si fueran horas. Cuando finalmente pronunciaron su nombre de pila, entró al cubículo de laboratorio con las piernas temblando de forma descontrolada. El pinchazo de la aguja en su brazo apenas fue un roce comparado con la tensión que le atenazaba los músculos.

—Los resultados de la prueba cualitativa de embarazo en sangre estarán listos en un par de horas, señorita —le informó la enfermera con una sonrisa mecánica—. Puede esperar en la cafetería o regresar más tarde.

Meredith no se movió de la clínica. Caminó por los pasillos, se sentó en diferentes bancos y miró el reloj de pared con una fijeza obsesiva. Cada tic-tac era un recordatorio de que su vida podía cambiar si esa prueba resultaba positiva.

Pasadas las diez de la mañana, la recepcionista del laboratorio la llamó de nuevo, entregándole un sobre blanco sellado. Meredith tomó el papel con dedos trémulos; el material se sentía frío, pesado, portador de un destino que la aterraba. Buscó el rincón más apartado del pasillo de la clínica, detrás de una columna de mármol, y rompió el sobre con un movimiento torpe de sus uñas.

Desplegó la hoja del informe médico. Sus ojos buscaron desesperadamente la línea del resultado final entre los términos técnicos y los valores de referencia del laboratorio. Ahí, en letras negritas e implacables, la verdad la golpeó con la fuerza de un rayo:

RESULTADO: POSITIVO.
HCG Subunidad Beta Cualitativa: Presente.

Meredith sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Una bocanada de aire helado se le atoró en la garganta y el mundo a su alrededor pareció perder el sonido, sumergiéndola en una niebla de pánico absoluto. Se apoyó contra la pared para no desplomarse por segunda vez en veinticuatro horas.

—No... no, por favor —susurró en un hilo de voz, tapándose la boca con una mano mientras las lágrimas, calientes y copiosas, comenzaban a desbordarse por encima de sus gafas de sol—. Dios mío, no... ¿Qué voy a hacer?

No podía creerlo. A pesar de las advertencias del médico de la noche anterior, ver la confirmación en papel transformaba la pesadilla en una realidad ineludible. Un hijo. Un hijo de Conrad crecía dentro de ella. El fruto de esas noches de pasión desbocada junto al ventanal, de los susurros de "te amo" en la penumbra, se había materializado en el peor momento posible.

El pánico se apoderó de su mente, desatando una tormenta de preguntas caóticas que le martilleaban las sienes. ¿Qué le diría a Conrad? ¿Cómo reaccionaría el hombre posesivo y controlador que la noche anterior le había exigido que se quedara a su lado como su amante clandestina? Si Conrad se enteraba, su obsesión por retenerla se multiplicaría por mil; la usaría como un ancla de carne y sangre para mantenerla encadenada a ese penthouse para siempre, comprando su silencio y su cuerpo con el pretexto del bienestar de su heredero.

Pero el verdadero terror no provenía de Conrad, sino de la estructura que lo rodeaba. Meredith conocía perfectamente el poder absoluto, despiadado e implacable de la familia de él. Había pasado tres años manejando la correspondencia confidencial, los acuerdos de confidencialidad firmados con millones de dólares y los secretos que Eleanor enterraba bajo la alfombra de la alta sociedad para proteger el linaje de la corporación. Sabía de lo que eran capaces los millonarios cuando algo amenazaba su estatus.

Una oleada de frío le recorrió la espina dorsal al visualizar los escenarios posibles si la matriarca se enteraba de su estado.
Eleanor jamás permitiría que una simple asistente de origen humilde empañara la boda de la década con Anabel Araujo. Meredith lo supo con una claridad meridiana: la obligarían a abortar. Utilizarían el dinero, las influencias clínicas y las amenazas legales para arrancar al bebé de su vientre antes de que el escándalo pudiera filtrarse a la prensa financiera. Para ellos, esa vida en gestación no era un nieto; era un error corporativo que debía ser eliminado de inmediato.

Y si por alguna razón no lograban obligarla, el segundo escenario era aún más espantoso. Meredith cerró los ojos, visualizando la frialdad aristocrática de la mansión familiar. Si el niño nacía, los millonarios usarían todo su arsenal de abogados de renombre para arrebatarle la custodia legal por completo. Le quitarían al bebé al nacer, alegando cualquier pretexto de inestabilidad económica o psicológica, para entregárselo a Conrad y Anabel. Su hijo sería criado en un matrimonio infeliz, una fachada de lujos y mentiras, educado bajo la misma rigidez monstruosa que había convertido a Conrad en un hombre capaz de vender su propio corazón por unas acciones. Sería un prisionero de oro, y ella quedaría desterrada, muerta en vida en un rincón del mundo.




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