Buscando a mi Heredero

Capitulo 14

Las oficinas del piso ejecutivo de Conrad Enterprises se habían convertido en un territorio minado. Durante las últimas dos semanas, la atmósfera en la corporación era tan tensa que los directores de departamento preferían postergar las firmas de contratos antes que cruzar la puerta del despacho presidencial. Conrad estaba insoportable. El hombre impecable, de modales calculados y control absoluto, se había transformado en un volcán de ira ciega y frustración contenida.

Hacía catorce días que Meredith había desaparecido sin dejar un solo rastro. Catorce días en los que el mundo de Conrad se había reducido a una búsqueda frenética y estéril. Había contratado a las tres agencias de investigadores privados más costosas y eficientes del país, hombres capaces de desenterrar secretos financieros en paraísos fiscales o localizar a fugitivos internacionales. Pero Meredith parecía habérsela tragado la tierra. Su teléfono celular estaba apagado, sus cuentas bancarias permanecían intactas, y su madre ya no estaba en la casa de salud; se habían mudado juntas a un destino desconocido justo el día de su partida.

Conrad caminaba de un lado a otro detrás de su escritorio de caoba, con la camisa arrugada, la corbata tirada en un sillón y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. La rabia le quemaba las entrañas. Lo que más lo consumía, lo que le destrozaba el orgullo de millonario, era la incomprensión absoluta de los motivos de ella. No podía aceptar, bajo ninguna lógica de su mundo de opulencia, que Meredith hubiera preferido regresar a la pobreza, a la incertidumbre económica y al desamparo antes que quedarse a su lado en el penthouse, protegida por su fortuna y su poder.

Cada noche, al regresar al apartamento vacío, la misma escena maldita se repetía en su cabeza. Recordaba con una nitidez dolorosa cómo había llegado ese día, cargando un costoso juego de pendientes de diamantes que pretendía ser una ofrenda de paz tras la discusión en el despacho. Entró esperando encontrarla sumisa o dispuesta a negociar, pero solo halló el silencio sepulcral de las habitaciones vacías y una hoja de papel blanco sobre la encimera de la cocina, justo al lado de los restos del vidrio templado que ella había roto la noche anterior.

La nota era breve, implacable, escrita con la caligrafía pulcra que él tanto conocía. En ella, Meredith le comunicaba su decisión irrevocable de dejarlo. No había insultos, ni reproches eternos; solo la cruda verdad de que él se iba a casar con otra y ella se negaba rotundamente a convertirse en su amante clandestina.

Conrad estalló en furia al recordar las líneas. Lo que más le hería era descubrir que ella ni siquiera había intentado luchar por él. No le había hecho una escena de celos, no le había exigido que plantara cara a su madre, ni siquiera le había pedido que lo dejara todo por ella, que renunciara al apellido y a las acciones de los astilleros para construir una vida juntos. Simplemente lo había descartado, considerando que su libertad valía mucho más que el amor a medias que él le ofrecía.

En ese momento, la pantalla de su teléfono personal se iluminó sobre la mesa. El nombre de Anabel Araujo parpadeó por quinta vez en la tarde, seguido de inmediato por una llamada en la línea interna de la secretaria temporal, anunciando que su madre, Eleanor, exigía hablar con él sobre el banquete de bodas. Conrad extendió la mano, tomó el aparato y rechazó la llamada. No quería escucharlas. Despreciaba la sola mención del compromiso y las llamadas de la mujer con la que la sociedad lo obligaba a unirse.

Minutos después la pantalla de su teléfono personal se iluminó nuevamente. No era Anabel, ni su madre. El identificador mostraba el nombre del Dr. Aris, el médico de cabecera de la familia, el mismo que había atendido a Meredith la noche de su desmayo en la cocina. Conrad frunció el ceño y contestó.

—¿Dígame, Doctor? —su voz sonó ronca y áspera por la tensión.

—Señor Conrad, lamento llamarlo directamente, pero acabo de enterarme de que la señorita Meredith ha dejado su empleo y se ha marchado —la voz del Dr. Aris sonaba preocupada al otro lado de la línea.

—Así es. ¿A qué se debe su interés? —preguntó Conrad, impaciente.

—Verá, señor. Cuando la atendí la otra noche tras el accidente en la cocina, le mencioné que sus síntomas (las náuseas, el mareo, la fatiga extrema) me preocupaban. No me pareció simplemente estrés. Antes de irme, le sugerí encarecidamente que se hiciera una prueba de embarazo. Dada su partida repentina, ella me pidió que no le comentara sobre eso... me siento en la obligación de informarle.

Conrad se quedó petrificado en medio de la oficina. El aire pareció abandonar sus pulmones. El silencio al otro lado de la línea fue absoluto durante varios segundos, que parecieron horas. Su mente, usualmente un torbellino de cálculos financieros, se detuvo por completo ante la implicación de las palabras del médico. ¿Embarazo? ¿Meredith podría estar esperando un hijo suyo?

—Entiendo. Gracias por la información, Doctor —dijo finalmente Conrad, con una voz extrañamente calmada, una calma que precedía a la tormenta. Colgó el teléfono de inmediato.

La duda se instaló en su pecho como una llama ardiente. Si Meredith estaba embarazada... eso cambiaba todo. Explicaba su desmayo, sus náuseas sutiles que él había pasado por alto. Y explicaba, con una claridad aterradora, por qué había huido precisamente el día del anuncio de su compromiso con Anabel. No estaba huyendo de él, estaba huyendo para proteger a su hijo de todos.

Conrad no perdió tiempo. Tomó su teléfono nuevamente y marcó el número de Harrison, el jefe de la agencia de investigadores privados más prestigiosa del país.

—Harrison —ladró Conrad en cuanto el hombre contestó—. Quiero que detengas cualquier otra línea de investigación por el momento. Tengo una nueva prioridad absoluta. Necesito que revises cada clínica, hospital, laboratorio médico y consultorio ginecológico en esta ciudad y en un radio de 500 kilómetros.




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