Buscando un novio para Navidad

Capítulo siete

Raphael

No dormí nada. Mientras me moría de sueño, tuve que ver a Hannah dar vueltas en la habitación, enojada porque no llevaron la otra cama que solicitó y el sillón que teníamos era demasiado pequeño e incómodo para que cualquiera de los dos pase la noche.

Supongo que el cansancio la convenció de acostarse conmigo, solo que ella estaba en un extremo de la cama y yo estaba en el otro. No nos tocamos en ningún momento durante la madrugada, lo sé porque estuve consciente de su presencia en todo momento.

No acostumbro a dormir acompañado, ni siquiera tengo amantes porque considero que ese es un acto demasiado íntimo y solo lo reservo para quien tenga una relación formal conmigo. Llevo años sin enamorarme y sin ningún interés amoroso, y por eso mi incomodidad al compartir cama, aunque no lo demostré como ella.

Creo que Hannah tampoco durmió, lo digo porque hoy en la mañana las bolsas bajo sus ojos rivalizaban con las mías.

Hace más de una hora que vamos en un helicóptero y no puedo dejar de mirar por la ventana, la vista simplemente es hermosa. Debajo de nosotros, no hay más que nieve y montañas congeladas.

—¿Es posible ver auroras boreales? —grito, por encima del viento. La duda la tengo desde que salimos de París, sin embargo, no me atreví a preguntarle y me daba pereza investigar en internet.

—Si —responde Hannah—. Te aseguro que vas a ver unas cuantas antes de que regreses a París.

—Siempre he querido bailar con el amor de mi vida bajo una.

Hannah se ríe, y a pesar de que no logro escuchar tu risa bien por el ruido, no puedo evitar sonreír yo también.

—¿Crees en esas cursilerías? —me pregunta.

—Sí, ¿Tú no?

No responde, en cambio, despega sus ojos azules de los míos y mira hacia abajo hasta que empezamos a descender. Voltea hacia mí mordiéndose el labio, y con sus mejillas sonrojadas.

—Ya estamos llegando. ¿Preparado para conocer a mi familia? —Inquiere cuando empezamos a perder altura. Parece nerviosa, juguetea con sus manos y no es capaz de mantener la mirada fija mientras me habla.

—Con todo eso que me enviaste, siento que los conozco de toda la vida —bromeo; sin embargo, no se ríe ni se tranquiliza, se ruboriza aún más.

—No quería que te agarren por sorpresa —susurra una vez que aterrizamos.

—No te preocupes por eso, puedo improvisar.

Al bajar del helicóptero, el viento helado se siente como una bofetada en la piel descubierta de mi rostro. Frente a nosotros, una montaña inmensa se alza imponente detrás del pueblo, con una capa de nieve blanca tapando la vegetación. Miro a Hannah que a mi lado está con la cabeza inclinada hacia atrás, sonríe ampliamente con los ojos cerrados. He perdido el aliento y no sé si es por el clima helado o si es por los icebergs que flotan tranquilos a la lejanía en el agua; o quizá, sea por la serenidad y felicidad en su rostro. He perdido totalmente el interés en apreciar el paisaje natural del lugar.

Abre con suavidad los párpados, y yo volteo para que no me descubra observándola.

—Vamos, estás temblando de frío y llegaremos caminando —dice, y como siempre empieza a caminar primero dejándome atrás.

—¿Está cerca tu casa? —pregunto, cuando salimos del aeródromo. La nieve cruje bajo nuestros pies, siento el único sonido que nos rodea. Todavía no llegamos al pueblo, aunque esté está a pocos metros de distancia.

—Acá todo lo está, acostumbramos a movernos a pie y como no llevamos equipaje pesado no lo considero necesario.

Mientras más cerca estamos de las casas, más ruido llega hasta mis oídos, escucho la risa de niños y hasta ladridos de perros. Aprecio fascinado los colores vibrantes de las casas de madera, estos varían desde azul, rojo, verde, amarillo y hasta negro.

Al ingresar al pueblo lo primero que veo son unos niños correteando en las calles, ríen sin parar y a pesar de que no comprendo nada de lo que dicen, no puedo evitar sonreír yo también.

—¿Podré ver auroras hoy mismo?

Nos hemos adentrado aún más en el pueblo y ahora vamos subiendo, la montaña está en frente; siento como si fuéramos caminando hacia ella.

—No sé, es posible.

—¿Por qué no sabes?

—Pareces un niño

—Quizá quieras decir tu niño —hago énfasis en las dos últimas palabras, el efecto es el que esperaba. Hannah frunce los labios y me mira como si quisiera enterrarme vivo.

—No soy tu madre para que seas mío.

—No, pero eres mi novia.

—No lo soy.

—Si quieres que esto funcione debes dejar de decir que es falso, nunca sabes cuándo van a poder estarlos escuchando.

—No van a descubrirlo.

—Es cierto.

Una pareja sale de la casa de al lado y Hannah, al verlos, salta emocionada. Se aleja de mi lado corriendo y los abraza a ambos al mismo tiempo. Me quedo parado observándolos hablar, los tres, sonríen y con las miradas y lo ruidoso que hablan, intuyo que o son familia o viejos amigos.

Meto la mano en los bolsillos de mi abrigo, mientras le doy privacidad con ellos. En cierto momento, la mujer me mira por encima del hombro de Hannah, ella se voltea y con una mano me indica que me acerque. Con duda, doy unas cuantas zancadas hasta estar a su lado.

—Raphael, ellos son Malik y Naja.

—Un placer, soy Raphael, Hannah me habló de ustedes —los saludo, aunque no sé si hablan francés y tampoco sabía sobre su existencia.

—Espero te haya dicho cosas buenas —la mujer responde con un acento marcado, el contraste con el de Hannah es abismal, a ella casi no se le nota que es extranjera.

—Nos alegra saber que nuestra antiromance por fin se ha dado una oportunidad en el amor —la pareja de ella es quien habla y gracias a Dios es en francés, desde ayer, a la única persona que entiendo cuando habla es a Hannah y solo si es conmigo.

—Soy afortunado, tengo que admitir que es un gran privilegio que lo haya hecho conmigo.

—Raphael y yo debemos avanzar, acabamos de llegar de París y estamos muy cansados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.