Hannah
Por un momento pensé que Raphael me iba a besar. Vi como sus ojos se detenían por una fracción de segundo sobre mis labios antes de rozar suavemente mi frente con su boca.
Mientras caminamos agarrados de la mano, mi abuela abre la puerta de la casa y nos espera con una gran sonrisa. Escucho los latidos de mi corazón en el pecho, no puedo mirarla a los ojos, a pesar de que cada vez estamos más cerca, no logro sostener su mirada.
Raphael aprieta mi mano, levanto la cabeza, sus ojos ya están en mí y me regala una sonrisa tranquilizadora.
—Mi hermosa nieta —dice la abuela abriendo los brazos, suelto a Raphael y casi corro en encuentro con ella—, no sabes cuándo te he extrañado, mi Hannah preciosa —susurra en mi oído cuando mi cuerpo colisiona en el suyo.
Respiro hondo, absorbiendo su aroma a galletas recién horneadas y chocolate, mi cuerpo se relaja bajo el calor del de la abuela, y por un momento me olvido por completo de mis miedos.
—Yo también te he extrañado, abuela.
Se aleja con las manos en mis hombros, y me escanea el rostro, siempre lo hace para confirmar que estoy bien; yo no puedo hacer más que sonreír y dejar que termine. Sus ojos, por un segundo, se posan detrás de mi espalda y entonces parece que recuerda que no vine sola.
—Ven aquí, muchachito —dice, tras ponerme a un lado con un empujón, los pasos de Raphael crujen en la nieve mientras se acerca, la abuela chasquea la lengua—. Eres más guapo de lo que dijo mi nieta.
—Me alegra saber que le parezco guapo, es un placer conocerla, Hannah me ha hablado mucho sobre usted.
Raphael le tiende la mano, pero ella tira de él y lo envuelve en un abrazo.
—También tienes músculos —exclama sin soltarlo—, heredaste mis gustos, querida nieta.
—Abuela, no lo fatigues, el pobre se está muriendo de frío.
Le pongo la mano en un brazo, hasta que ella lo suelta y tras dejar unas palmadas en su hombro se pone a un lado dejando el espacio de la puerta libre.
Creo que, una de las cosas que más extraño de casa cuando estoy en París es el contraste que tiene la casa con el exterior. Cuando atravesé el umbral de la puerta, la calidez que siempre se mantiene en el interior me envuelve, el efecto es inmediato, si cuando llegué a Groenlandia sentí que estaba en casa, ahora esa sensación se ha expandido a cada poro de mi ser. Inhalo hasta llenar mis pulmones por completo y retengo por unos segundos, extrañaba el olor único que tiene mi casa, es el que estuvo presente durante toda mi niñez y adolescencia, aunque no estuve consciente de él hasta que estuve por muchos meses fuera.
—¿Quiénes tomar algo caliente? —abuela habla con Raphael, ambos se han adelantado y van de camino a la cocina.
—Por favor.
—He horneado las galletas favoritas de Hannah, y hay chocolate caliente y té.
—Me gustaría un poco de chocolate.
—No se coman mis galletas —grito desde mi posición.
Sin embargo, no voy tras ellos, sé que Raphael va a estar bien, voy hasta la escalera y subo hasta el segundo piso, mi madre debe estar en su ventana favorita leyendo. Toca la puerta de su habitación, y espero por unos segundos una respuesta, pero no escucho ni un solo murmullo más que el de la televisión encendida. Giro el pomo de la puerta y entro. Ella está en la cama, con la vista pegada a la pantalla de la televisión.
—Mamá —la llamo, pero parece que no le escucha porque ni siquiera voltea. Me acerco y me pongo en frente a la pantalla—, mamá, si me sigues ignorando voy a llorar.
—No seas dramática, Hannah. No te escuché.
Abre los brazos con una gran sonrisa, los cierra sobre mí cuando me acuesto encima de ella. Nos quedamos así un largo rato sin decir nada. Mi madre es muy diferente a la abuela; mientras la abuela habla hasta por los codos, madre siempre ha sido callada y tranquila, cuando no tiene nada que hacer se encierra en su recámara a leer en su ventana favorita o a ver películas. De adolescente, cuando estaba dibujando mis diseños o confeccionando algo, me gustaba hacerlo en su compañía, ella siempre estaba en su mundo y yo en el mío.
—La abuela se robó a mi novio —murmuro.
Rompe a reír, su pecho vibra bajo mi cabeza.
—Debiste imaginar que eso pasaría —dice, aun sin dejar de reír.
—Sí, pero fue muy rápido, creo que se enamoró de sus perfectos abdominales.
—Ponte de pie, vamos a rescatarlo.
Los murmullos de Raphael y la abuela se escuchan desde las escaleras, mientras más bajamos sus voces se escuchan aún más. Ambos ríen y ni siquiera se dan cuenta de que nos acercamos.
Raphael está sentando en uno de los taburetes, de espalda a nosotras, y toma la última galleta que queda en el cuenco, y antes de que se la lleve a la boca se la arrebato.
—Te comiste mis galletas —lo señaló con el dedo antes de comerme la que le quité.
Se pone de pie con una sonrisa y se acerca a mi socarrón
—Perdóname, Mon amour, es que están deliciosas. —Besa suavemente mi mejilla, el contacto es fugaz, pero aun así deja un rastro caliente en la zona donde sus labios tocaron. —Ahora entiendo de donde sacaste tu belleza arrebatadora —exclama, mirando a mi madre, sin embargo, no presto atención a sus palabras, está tan cerca de mí que siento su calor acariciar mi piel.
Me pongo a un lado para que madre lo salude con un abrazo.
—Vinimos a rescatarte de Charlot, es un placer conocerte, Raphael —dice ella tras separarse.
—El placer es mío, ¿Rescatarme de qué? Charlot es más adorable que Hannah.
—¿Cuándo viene mi hermano? Quiero ver al pequeño, le traje un regalo —pregunto al aire, esperando que una de las dos me responda.
—Tu cuñada está arriba durmiendo, tu hermano se llevó al pequeño demonio a trabajar con él —abuela es quien responde, antes de pasarme un vaso lleno de zumo de bayas.
—Aaah, perfecto, cuando ella despierte subiré entonces.
Raphael se coloca detrás de mí y me rodea con ambos brazos, colocando las manos en mi vientre. Inevitablemente, me tenso de pies a cabeza, no estoy acostumbrada a este tipo de contacto. Tanto mi madre como la abuela nos miran y sonríen, yo, en cambio, intento no parecer incómoda, intento relajarme en el calor de sus brazos.