Raphael
Hannah se tensa cuando me acerco mucho a ella. Creo que debo hablar con ella al respecto, ya que si se siente incómoda conmigo no tardarán mucho en descubrir su mentira. Un sentimiento pesado me tensa el estómago cada que la toco y se pone rígida, no me gusta y no sé qué significa.
Tomo el último trago de chocolate caliente de la taza mientras observo el cielo despejado. Estoy sentando en los escalones de la entrada principal de la casa, Hannah está durmiendo en su recámara y yo, con la excusa de que quería ver el atardecer, he salido a tomar un respiro, aunque todo el cuerpo me tiembla de frío, solo me puse un abrigo y salí.
Un copo de nieve cae en mi rostro y sin poder enviarlo, pienso en lo precioso que se vería el pelo de Hannah lleno de ellos. Hoy, cuando llegamos, soltó los largos mechones y desde entonces he sentido el impulso de tocarlo, de enterrar mis dedos en la densa cabellera rubia; quizá lo haga.
Ha pasado ya un largo rato desde que salí y me senté afuera, el sol se ha ocultado por completo y el cielo se ha llenado de colores anaranjados y violetas, está totalmente despejado. Miro mi reloj en la muñeca, son las cinco de la tarde, según me explicó Charlot, la abuela de Hannah, hoy el día ha sido un poco largo; aunque a mí parecer, que oscurezca antes de las cinco de la tarde es demasiado pronto.
Un niño aparece de la nada delante de mí; al principio, parece que no se percata de mi presencia, sin embargo, no tarda mucho en notarme. Unos escandalosos ojos azules idénticos a los de Hannah me miran abiertos a más no poder; abre y cierra la boca como un pez y mira a todos lados como si buscase algo.
—Anaanaq —grita tan alto que me duelen los oídos—. Anaanaq —vuelve a gritar, intento comprender lo que dice, pero por más que lo haga sé que no lo lograré.
—Inuuk —escucho a Charlot exclamar detrás de mí.
«¿En qué momento llegó?»
Lleva corriendo hasta el pequeño y se pone a su altura.
—Anaanaq —el niño vuelve a decir en un tono más bajo sin apartar la mirada de mí.
—Habla en Francés, cariño.
—¿Por qué hay un señor superfamoso sentado en nuestra casa? —Me apunta con el dedo, con la voz chillona y su adorable acento marcado.
—Ese es el novio de Hannah, cariño.
El niño vuelve a abrir la boca incrédulo, mira a Charlot y luego a mí repetidas veces.
—¿La tía Hannah tiene un novio? —Chilla sorprendido— ¿Y además es famosísimo?
—Sí, Inuuk. Ahora deja de ser tan maleducado y saluda a Raphael.
Se acerca con pasos decididos y se planta delante de mí con su pequeña mano tendida.
—Hola, soy Inuuk —dice cuando le agarro la manito—. Y tú eres Raphael Dubois.
—Un gusto, Inuuk.
—¿Me firmas una de mis pompis? —susurra, para que solo yo lo escuche.
—Solo si tu abuela no se da cuenta —respondo bajito, intentando reprimir la risa que me provoca.
—Es un trato —exclama alegre, se voltea hacia Charlot que nos mira interactuar desde su lugar—. Abuela, ya lo saludé ¿Me he ganado algunas galletas?
—Están en la cocina.
Sale disparado en busca de sus galletas, Charlot y yo nos reímos y luego vamos detrás de él.
Inuuk no se me despega en ningún momento; me hace más preguntas que en una entrevista de trabajo, sus adorables ojitos llenos de emoción me obligan a responder todo. Creo que cuando tenga hijos seré un padre débil ante la manipulación de ellos.
En el poco tiempo que tiene aquí ha esparcido todos sus juguetes en la sala de estar y ha dicho más cosas que un libro, estoy empezando a creer que no tiene botón de apagado. Se para delante de mí con las manos en la cintura.
—Raphael, ¿Puedes ir a buscar a la tía Hannah? Ya quiero verla. —Hace un puchero que me provoca un suspiro, ya es la quinta vez que me pide lo mismo.
—Ella está durmiendo, Inuuk.
Le agarro los cachetes regordetes y aprieto un poquito, es un niño tan lindo, quiero uno para mí.
Escucho unos suaves pasos en las escaleras, levanto la mirada. Hannah viene bajando con los ojos casi cerrados, parece que no ha despertado bien.
«Qué linda se ve así, su rostro somnoliento es adorable».
Baja el último escalón y bosteza tan profundo que cierra los ojos. En cámara lenta, veo como uno de sus pies tropieza con el tractor de juguete; Hannah pierde el equilibrio. Aparto a Inuuk y voy lo más rápido posible para evitar que se caiga. La atrapo en mis brazos, sin embargo, no tuve cuidado al pisar yo también. Resbaló con uno de los coches de juguete, no puedo hacer más que abrazar a Hannah y acomodarme para amortiguar la caída con mi cuerpo para que ella no se golpee.
Ella coloca las manos a los lados de mi cabeza y se levanta un poco, me mira con los ojos desorbitados.
—¿Estás bien? —interroga mientras me mira de arriba a abajo.
—Estoy bien —murmuro, hipnotizado.
Mientras más cerca está su cara, más afirmo el pensamiento de que Hannah es hermosa de una manera arrebatadora. No sé qué es lo que ella tiene, pero desde que la conozco no he podido parar de observarla, incluso, su presencia me pone tan nervioso que las manos no paran de sudar.
Hannah tiene un lunar casi imperceptible a poca distancia de sus labios, no lo había notado hasta ahora.
No pienso en mis acciones hasta que ya es tarde, mi boca llega hasta el pequeño punto en su piel y lo beso.