Hannah
Es la segunda vez en un día que Raphael besa algún lugar de mi rostro, el lugar donde me ha besado tras caernos no ha parado de hormiguear a pesar de que ya hace un buen rato. Por alguna extraña razón, lo he estado evitando, tomé la excusa de ayudar a la abuela a hacer la cena, mientras él juega con Inuuk en la sala de estar. Sentí el impulso de mantenerme alejada tras ese pequeño e incómodo momento.
—Raphael es muy agradable —me dice abuela, cambiando la conversación que teníamos sobre mi trabajo.
—¿Tú crees? —pregunto, sin despegar la mirada de la cebolla que estoy picando.
—Mientras dormías no paró de jugar con Inuuk, y me resultó cómodo hablar con él, me cae bien.
—Sabía que iba a ser de tu agrado, espero que a los demás les caiga bien —murmuro, con los ojos ardiendo por la cebolla.
Seguimos preparando la cena en silencio, yo no hago más que picar y pelar, es lo único que ella me permite. Cuando termino, me siento en uno de los taburetes y la observo.
La risa de Inuuk se escucha por toda la casa, de vez en cuando, la de Raphael lo acompaña, no esperaba que esos dos se llevarán bien tan rápido, Inuuk por lo general es desconfiado y no le gusta la gente nueva.
La abuela me deja atendiendo las ollas, y sale hacia la sala.
—Pequeño terremoto, es hora de tu baño —la escucho gritar a Inuuk.
—Abuela, quiero seguir jugando —se queja, me lo imagino con un puchero y los brazos cruzados sobre el pecho como siempre lo hace, mis labios se curvan ante la imagen, Inuuk es un niño sumamente tierno.
—Ya casi es hora de cenar, vamos a bañarte y luego sigues con tu juego.
Lo próximo que dicen es apenas un murmullo que ni siquiera entiendo. Tomo la jarra con zumo de bayas y me sirvo un poco.
—¿Me das? —la voz de Raphael me sobresalta, un poco del líquido del vaso cae sobre mi rostro. Volteó la cara con los labios fruncidos, él se ha parado a mi lado, apenas unos centímetros nos separan.
—¿Te asusté? Perdón —lleva la mano hasta mi rostro y empieza a limpiar el zumo con los dedos. Mi cuerpo se tensa aún más de lo que estaba por el pequeño susto y él lo nota—. ¿Por qué te pones rígida cada vez que estoy cerca de ti? —pregunta cuando termina.
—No me pongo rígida —refuto.
—Si lo haces, yo lo noto y es cuestión de tiempo antes de que tus familiares empiecen a hacerlo también, y si eso pasa van a sospechar y tu plan será un fracaso.
—Deja que me acostumbre —murmuro, antes de tomar un largo sorbo.
—¿Cuánto tiempo va a tomarte? Sé que te incomodo. —El tono en el que lo dice es como si le afectase, frunzo el ceño, apenas me conoce ¿Por qué debería afectarle el hecho de que me incomode?
—No me incomodas —murmuro, por una alguna razón no quiero que se sienta mal.
Agarra mi barbilla y me inclina un poco la cabeza.
—Mira, estás como un palo de nuevo, no digas que no te incomodo cuando por tocarte el rostro parece que quieres salir corriendo. —Baja la mano, ya ha demostrado su punto.
—Temo que vuelvas a besarme, es eso —hago un intento de chiste, pero por su expresión creo que se lo ha tomado literal.
—Se supone que soy tu novio, y las parejas se besan. Además, te respeto y no lo hago en la boca, solo en tu bonita carita.
—¿Bonita carita? —lo miro con una mueca.
—Sí, tu cara es preciosa. Pero ese no es el tema, no haces nada con decir que soy tu pareja si no nos comportamos como tal delante de ellos.
—Lo sé, no tienes que decírmelo.
—Me alegra que seas consciente y por eso debemos arreglar tu pequeño problemita para que estoy funcione.
—¿Tienes alguna idea? —pregunto. Aunque me duela admitirlo, él tiene razón, y es mejor resolverlo lo más rápido posible.
—Podría pensar en una. —Entierra los dedos en su cabellera, despeinándose. Me pregunto si su cabello es suave al tacto. Me he quedado mirándolo sin darme cuenta, aparto los ojos y me termino el zumo de un solo trago.
—No creo que tu cerebro de para tanto, lo más probable es que se haya congelado cuando llegamos —digo, relamiéndome el líquido que quedó sobre mis labios.
Entreabre los labios, pero los cierra y se aproxima más de lo que ya estaba. Su cara llega hasta la altura de la mía, nos separa tan poco espacio que su respiración acaricia mis labios. Con el más mínimo movimiento nuestras bocas llegarían a tocarse.
—Viene alguien, no te muevas e intenta estar lo más relajada posible, mírame como si yo fuese lo más perfecto.
Me muerdo el labio, e intento que mi cuerpo deje de estar rígido. Sin embargo, no creo que lo logre, miro los ojos de Raphael y respiro. Amo el color de sus ojos, es casi igual de hermoso que mi tono de rosa preferido, quiero un vestido con ese color.
Él se acerca más y junta nuestras frentes, cierro los ojos, no he dejado de estar tensa. Empiezo a contar en mi cabeza y respiro.
Siento los pasos suaves de mi madre detenerse en la entrada, ella no hace ningún ruido y nosotros fingimos ignorar su presencia. Parece que ella decide dejarnos solos, porque vuelve a salir.
Raphael se aleja segundos después y con una pequeña sonrisa me mira.
—Lo hiciste bien, cuando estemos solos vamos a trabajar con tu cuerpo de piedra —exclama bajito.
—¿Cuerpo de piedra?
—Sí, pareces una estatua, pero no te preocupes, tengo una idea.
—¿Qué idea es esa?
—Te diré cuando estemos solos.