Buscando un novio para Navidad

Capítulo doce

Hannah

Raphael está loco, creo que toda esa cerveza que se tomó con mi hermano le hizo daño. Intento asimilar sus palabras; es la cosa más estúpida y fuera de lugar que me han dicho alguna vez, ni siquiera cuando era adolescente llegué a escuchar algo tan descabellado.

Quiere que yo duerma con él. Abrazados. ¿Cómo rayos se le ocurrió algo así de estúpido?

—Eres un desconocido para mí, Raphael, no puedo hacer eso —le digo, tras un largo y tenso silencio. La incomodidad se siente en toda la habitación; miro la cama donde él está sentado, es demasiado pequeña, apenas puede dormir una persona en ella.

—No voy a pasar los límites contigo, Hannah, no soy ese tipo de hombre. Si te sientes más segura, puedes bajar y buscar el sartén más grande y dormir con él de tu lado, pero te aseguro que no tendrás la necesidad de usarlo. —El tono con el que habla es como si fuera el tema más común y corriente, no hace más que agrandar las ganas de lanzarle algo a la cabeza.

—No voy a hacerlo —declaro, firme. Ya tuvimos que compartir cama en el hostal, y a pesar de que no me tocó en toda la noche, no logré dormir, me levanté más cansada que cuando me acosté y hoy, cuando llegamos, al rato tuve que subir a echar una siesta.

—¿Cómo esperas que esta mentira no sea descubierta? Porque si no te has dado cuenta, Hannah, si yo soy capaz de notar tu incomodidad, ellos que te conocen más también lo harán.

—No lo sé, Raphael. Pero me parece absurda tu idea.

Cierra los ojos y se frota la nuca, respira de una manera ruidosa, dejando clara su frustración.

—Pero es la única que tenemos.

—¿Y si acepto, resolverá todo por arte de magia? —me muerdo la lengua para evitar decir el comentario más sarcástico del día.

—No, pero te vas a acostumbrar más rápido a mí.

—No veo cómo esa puede ser una solución factible.

—Pues busca otra —exclama, casi a gritos. Lo miro sorprendida, no pensé que iba a reaccionar así—. Me voy a dormir al sillón de la sala, no voy a pasar la noche discutiendo contigo, estoy cansado.

Se pone de pie y con unas pocas zancadas llega hasta la puerta y la abre. Se va antes de que pueda llegar a reaccionar. Salgo corriendo y lo alcanzo bajando las escaleras.

—¿A dónde vas? —le pregunto a su espalda.

—A dormir —responde sin disminuir la velocidad de sus pasos.

—¿Sin sábanas ni almohadas?

—Sí. —Llegamos hasta el sillón más grande de la sala de estar y él, sin perder tiempo, se empieza a acomodar.

—No voy a permitir que te encuentren aquí.

—Yo no voy a seguir en una discusión que no nos lleva a ninguna parte. —Me mira antes de cerrar los ojos y colocar el brazo encima de ellos.

Me quedo ahí parada como una estúpida. Si alguien lo encuentra durmiendo ahí, por error van a empezar a hacer preguntas y no quiero eso. Tampoco quiero aceptar su propuesta, es un completo desconocido y prefiero evitar un momento incomodo, aunque Clare lo investigó y me dijo que está limpio, nadie lo ha demandado por acoso o agresión sexual, pero eso no lo exonera de nada y tampoco significa que no lo haya hecho nunca.

¿Qué debería hacer? Ya corro bastante riesgo con traer a un desconocido a casa y, además, aquí no corro peligro; mi hermano está arriba durmiendo.

—Está bien, lo haremos. —El silencio se rompe con mis palabras, sin embargo, RaphAel no reacciona. Seguro se habrá dormido. Le pellizco el brazo que tiene sobre el rostro, lo suficiente fuerte como para que me aparte y me mire con el entrecejo fruncido.

—Gracias por eso —murmura.

—Te dije que acepto, pero bajo mis términos.

—¿Cuáles son esos, princesa berrinchuda?

—¿Princesa berrinchuda? —pregunto consternada.

—Sí, pataleas igual que un niño cuando hace un berrinche y te comportas como una princesa loca, que todo tiene que ser a su manera.

—Tú no vas a abrazarme, yo te voy a abrazar a ti y si haces algo extraño, te quedarás sin bolas —digo, ignorando sus palabras.

—Entendido, ¿algo más?

—Te abrazaré aquí en el sillón; si me siento incómoda o no puedo soportarlo, dejaré de hacerlo.

—Está bien.

Se acomoda dejándome espacio para que yo me acueste a su lado, me muerdo el labio y me acerco indecisa. Es ahora o nunca. Me recuesto y, sin pensarlo mucho, lo rodeo con un brazo, mi cabeza queda debajo de su barbilla, siento su respiración en mi frente cuando me muevo.

Raphael huele a chocolate y a perfume masculino, su cuerpo se siente cálido y está más rígido que yo.

—Si me caigo, perderás tus bolas.

—¿Qué tienes contra ellas? No te han hecho nada.

Respondo y él tampoco insiste; pasa el tiempo y yo sigo sin poder relajarme del todo. Lo único bueno de todo esto es que, si alguien baja, se encontrará con una buena escena.

—¿Te puedo pedir un favor? —pregunta Raphael en voz baja.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.