Joseph
Estoy esperando a que mis jugadores terminen de ponerse su equipación para empezar el entrenamiento y no puedo evitar querer estar yo en su lugar y estar jugando en Vancouver con mi equipo, pero aún no me dejan volver.
Dicen que, a pesar de que parece que he cambiado un poco, porque no salgo en los tabloides borracho y del brazo de 1 ó 2 modelos cada noche, eso no quiere decir que no siga llevando la misma vida, sólo que esta vez en la privacidad de mi casa.
Aunque es verdad que la cagué muchísimo, creo que el castigo es desmedido y que ya han pasado 3 meses, en los que no he bebido ni gota de alcohol, ni he ido a bares, y mucho menos he pasado la noche con alguien.
Aquí algunos me ven como un jugador venido a menos que ha destrozado una carrera prometedora en el hockey profesional, así que soy como un paria, pero hay algunas madres de jugadores que si intentan meterse en mis pantalones. Eso no es algo que vaya a pasar jamás porque son mujeres que me sacan 20 años y no son mi tipo.
Estoy pensando en cuál sería mi tipo, ahora que he dejado la mala vida atrás, cuando veo a una hermosa morena sentada en las gradas.
Al principio me parece que está mirando a los jugadores, pero después me doy cuenta de que en realidad está mirando la pista como si, en vez de mirar lo que está pasando en ella, estuviera recordando algo.
A pesar de que no está haciendo nada malo, decido ir a pedirle que se vaya de las gradas. Mis jugadores se distraen cuando hay gente en las gradas, sobre todo si son mujeres bonitas como ésta, o incluso como mi hermana Liza, que tiene totalmente prohibido venir a verme a los entrenamientos.
-Perdone, pero está prohibido que gente extraña esté presente durante los entrenamientos, así que tendrá que irse.- le digo cuando llego hasta ella, lo que hace que se sobresalte.
-Lo siento, no quería molestar, pero yo soy…- empieza a contestarme ella levantándose y mirándome con una sonrisa tímida.
-Me da igual quién sea, tiene que irse.- le corto antes de que siga hablando. Normalmente, las mujeres que me sonríen y son amables conmigo es porque quieren estar en mi cama y yo debo centrarme en entrenar para que los de mi equipo en Canadá me dejen volver.
He sido un poco borde con ella, pero es mejor así. Puedo ver en su mirada que quiere discutir conmigo, pero parece que algo le hace cambiar de opinión, por lo que, después de coger una bolsa de deporte que yo no había visto que tenía en el suelo, se levanta y se va.
Yo, por mi parte, continúo con el entrenamiento, aunque no puedo dejar de pensar en ella. No entiendo por qué, pero tengo la sensación de que la he visto antes, aunque no sé dónde.
Es una hermosa mujer morena y de ojos verdes, por lo que debería recordar dónde la he visto, ya que no se olvidan a mujeres como ella, pero no consigo acordarme.
Eso hace que mire de vez en cuando hacia las gradas para ver si ha vuelto y, cuando está acabando el entrenamiento, efectivamente está ahí de nuevo.
Pero lo más sorprendente no es que haya vuelto, sino que mi hermana esta sentada hablando muy animadamente con ella. Supongo que por eso me sonaba su cara. Es una de las amigas de mi hermana.
-Liza, ¿Qué haces aquí? Ya te dije que no me gusta que vengas verme a los entrenamientos porque distraes a los jugadores. Y esta vez, encima, no has venido sola, sino que te has traído a una de tus amiguitas. Ya le he dicho antes que no puede estar aquí.- le digo molesto a mi hermana cuando llego hasta ellas. Desde que volví a Londres ha estado presentándome a sus amigas para ver si así siento cabeza, lo que es realmente un fastidio.
-¡Hey! ¡A mí no me hables así! No he venido a verte a ti. Estoy aquí por trabajo y ella no es una de mis amiguitas. Es Rachel Green, la nueva entrenadora del equipo de patinadoras y mi compañera, así que no puedes echarnos de aquí. No eres el dueño supremo del pabellón.- me contesta mi hermana molestándose ella también.
Yo la miro totalmente sorprendido. No porque se haya molestado, lo que es normal después de cómo le he hablado yo, sino por cómo ha dicho que se llama su amiga: Rachel Green.
Conozco ese nombre perfectamente, aunque hace años que no lo escuchaba.
Cuando miro a Rachel para ver si es la Rachel que yo creo, me llevo una grata sorpresa porque, efectivamente, es la chica a la que conocí en el instituto. Esa chica que me gustó desde el primer momento en que la vi.
La primera vez que la vi yo tenía 17 años y era el primer día de clase de mi último año de instituto. Ella, aunque era 1 año menor que yo, era la nueva compañera en mi clase porque la habían adelantado un curso.
Era una chica de más o menos 1,65 m, de figura esbelta, con el pelo negro azabache rizado que le llegaba una cuarta por debajo del hombro y unos ojos verdes que eran preciosos, pero que tenían mucha tristeza en ellos.
Me pareció la chica más bonita que había visto en mi vida e intente llamar su atención, pero ella me dejo en ridículo en frente de mi grupo de amigos, así que me lleve todo el curso metiéndome con ella.
Ahora está más hermosa de lo que era entonces, aunque sus ojos siguen teniendo cierto matiz de tristeza.
-¿Rachel? ¿Nos conocemos de algo? Me suena mucho tu cara.- le digo después de mirarle y ver lo que me parece un atisbo de reconocimiento en su cara.