Joseph
Entro en el vestuario masculino para cambiarme de ropa porque, si me quedo fuera con Rachel, acabaría besándola y no puedo entender por qué tengo tantas ganas de hacerlo.
Sé que yo he sido muy borde con ella cuando me la encontré esta tarde, pero fue porque no la reconocí. Si hubiera sabido que era ella, mi Rachel, no me hubiera comportado así. O quizás sí, no lo sé.
¡Dios Joseph! ¡Te estás volviendo loco! Le estás diciendo “mi Rachel” y ella no es nada tuyo, nunca lo fue.
En el instituto no me comporte de la mejor manera, pero era un adolescente que no sabía cómo manejar los sentimientos que tenía por la única chica que no iba detrás de él por ser de una familia rica y, encima, deportista.
Eso era lo que era yo para las chicas que iban conmigo a clase. Alguien a quién hacerle la pelota porque mi familia era la que más dinero aportaba al instituto. Lo que no sabían era que mi familia me detestaba por querer ser deportista en vez de abogado como mi madre o doctor como mi padre.
Pero Rachel no me miraba así, me miraba sólo a mí. No veía a la familia que tenía detrás, sino que simplemente me veía a mí, al chico que era realmente molesto y que se metía con ella sólo por ser diferente.
Quizás, si yo me hubiera comportado de otra forma con ella, ahora Rachel no estaría fingiendo que no me conoce y siendo muy borde conmigo.
Sé que, en parte, me lo merezco un poco, pero me gustaría que pudiéramos hablarlo y superarlo de alguna manera.
Pero no se puede porque ella insiste en fingir que no me conoce y yo estoy cada vez más seguro de que me ha reconocido. Sobre todo, después de que me haya llamado “Joeycito”, que era como me llamaba mi exnovia del instituto para hacerme rabiar.
Ella lo hacía porque no entendía que la hubiera dejado porque me gustaba otra chica, sin saber que esa chica era Rachel, sólo que no me atrevía a pedirle salir y únicamente era capaz de hablarle para decirle tonterías.
Por eso no entiendo por qué Rachel hace como si no hubiéramos pasado el último año de instituto viéndonos todos los días y sentándonos uno detrás del otro. Nadie se atrevía a sentarse detrás suya porque sabían que ese era mi sitio, aunque creían que era porque yo quería molestarla durante las clases.
Creo que voy a tener que hablar con ella de frente, sin tonterías, y explicarle que ya no somos los mismos del instituto y que, ya que vamos a estar compartiendo el mismo espacio de trabajo, deberíamos llevarnos bien. Porque, además, están mi hermana Liza, que es su amiga, y su tío Chris, que es lo más parecido a un padre que he tenido.
Y eso es algo que me ha dejado en shock. Sabía que Chris, o el entrenador Monroe, que es como suelo llamarlo, aunque él me haya dicho que deje de hacerlo unas mil veces, tenía una sobrina, pero no sabía que era Rachel.
Cuando volví a Londres, me encontré con Chris en el pabellón y eso hizo que retomáramos la relación que teníamos antes de que me fuera a Canadá. Nos hemos convertido en buenos amigos y él me ha estado aconsejando cómo si de un padre se tratara, tal y como hacía cuando iba al instituto.
Entre las muchas cosas que hablábamos, me contó que, hacía unos pocos meses, su sobrina había estado hospitalizada por un accidente que había tenido, pero en ningún momento me dijo su nombre.
Y ahora aquí estoy, vistiéndome para salir a cenar con mi hermana, con él y con su sobrina, mi crush del instituto, que finge que no me reconoce y parece que me odia.
Pero eso no es lo peor. Lo peor es que llevo un rato mirándome al espejo porque no sé si voy lo suficientemente presentable para cenar con ella. Llevo puestos unos vaqueros desgastados, una camiseta verde de mangas cortas y, como ya estamos en Septiembre, una camisa blanca desabrochada.
¡¿Pero qué estas haciendo Joseph?! ¡Sí te has reencontrado con ella hace sólo unas horas! ¡No puedes estar queriendo impresionarla!
Dejo de hacer el tonto y salgo en busca de los demás, que están en las gradas charlando animadamente. Aunque no sólo están Liza, Chris y Rachel, sino que también está Henry, el administrador del pabellón, que está muy amigable en compañía de Rachel.
-¡Por fin! ¡Has tardado una eternidad!- grita mi hermana cuando ve que voy hacia ellos, lo que hace que deje de pensar en cómo me ha hecho sentir ver a Rachel con Henry.
-No he tardado tanto, Liza. No seas exagerada.- le contesto yo un poco avergonzado porque sé que si supiera el motivo por el que he tardado tanto se estaría riendo de mí por una semana.
-Vosotros siempre discutiendo.- dice Chris con una sonrisa paternal que nuestro verdadero padre nunca nos ha dado. -Vamos, que estos 2 viejos nos morimos de hambre.-
-¡¿Viejo?! ¡Eso lo serás tú! Yo soy más bien un madurito resultón. ¿Verdad Rachel?- dice Henry haciendo reír a las chicas.
-¡Por supuesto que si Henry!- contesta Rachel mirándole con cariño.
Pero, ¡¿Por qué lo mira con cariño?! ¿Estarán liados? No, no creo. Él podría ser su padre. ¿No?
¡Dios! ¡Tengo la cabeza hecha un lío!
Cuando consigo salir de mis pensamientos absurdos, los demás ya han planeado como se distribuirán los coches: Chris y Henry irán en el coche de Chris; y Liza, Rachel y yo iremos en mi coche, porque Rachel dormirá en casa de mi hermana para pasar una “noche de chicas” y ella vive en el mismo bloque de apartamentos que el mío, así que yo me encargaré de llevarlas a casa y mañana de traer a Rachel a por su coche.