Caminos de Luz

Capítulo 1: La Tormenta Interior

La lluvia descendía como un manto gris sobre la ciudad, cada gota golpeando el suelo con un eco sordo que parecía resonar en el corazón de Ana. Se asomó por la ventana de su pequeño apartamento, viendo cómo el agua se acumulaba en las calles, y se sintió tan atrapada como esas gotas en el desagüe. La soledad era un visitante habitual en su vida, un huésped del que no podía deshacerse.

El reloj marcaba las diez de la noche. Era una hora más, un crepúsculo interior, donde las sombras se alargaban y el silencio se convertía en un grito ensordecedor. En el fondo de su alma, Ana sentía un vacío que ni la música a todo volumen ni las luces brillantes de su computadora podían llenar. Había pasado varios meses desde que había perdido su empleo, y cada día se convertía en una lucha más difícil de soportar.

Un aroma a café se esparcía por la habitación, pero no era suficiente para disipar el aire denso de la desesperanza. Mientras volvía a su sofá desgastado, sus pensamientos comenzaron a divagar. Recordó las palabras de su madre, una figura que había sido su roca en la infancia. "Ana, nunca te alejes de Dios. Él siempre está ahí, incluso en tus momentos más oscuros", solía decirle con un tono sereno que ahora sonaba distante.

"Sí, mamá. ¿Pero dónde estás tú ahora?" murmuró, sintiendo que aquellas palabras eran un consuelo vacío en su corazón herido. La ira se mezclaba con el dolor, y Ana se sintió en el borde de un abismo del que no sabía si podría regresar.

Con un suspiro pesado, tomó su móvil y buscó en las redes sociales. Los perfiles de sus amigas mostraban vidas llenas de felicidad: sonrisas en playas soleadas, momentos de alegría con familias, logros profesionales que parecían inalcanzables para ella. Ana las miraba con una mezcla de envidia y tristeza, sintiendo que las comparaciones la anclaban a una pena aún mayor.

"¿Por qué no puedo ser feliz como ellas?" preguntó en voz alta, alzando la mirada al techo, como si allí pudiera encontrar respuesta. Entonces, en un instante desgarrador, se sintió completamente sola.

Fue en ese preciso momento que un pensamiento cruzó su mente. ¿Y si Dios la estaba ignorando? Su fe había sido una constante en su vida, pero, ¿en qué momento había dejado de sentir su presencia? Sintió que la decepción de sus propias expectativas pesaba sobre ella como un manto de plomo.

Atrapada entre la resignación y la rebelión, Ana se arrodilló en el frío suelo de su sala de estar, buscando la única conexión que le quedaba. Pidió a Dios, no con la fuerza de su infancia, sino con una vulnerabilidad desgarradora.

"Dios, si estás ahí, por favor, dame una señal. Estoy perdida y no sé qué hacer. Necesito ayuda."

El silencio que siguió fue ensordecedor. No oía nada, salvo el suave murmuro de la lluvia, que parecía burlarse de su súplica. Su cuerpo temblaba de la angustia, pero había en sus ojos una luz tenue, un destello de esperanza que aún resistía en el fondo.

Mientras permanecía así, sintiendo la frialdad del suelo y la calidez de sus lágrimas, recordó una pequeña historia que su abuela solía contarle sobre St. Teresa de Ávila, quien, en su sufrimiento, decía: "Si supieras cuánto te ama Dios, morirías de alegría." Ana se aferró a esa línea, como un náufrago aferrándose a un trozo de madera en medio de la tormenta.

En medio de su adoración por la historia, Ana volvió a hablar, no como una súplica, sino como una conversación.

"Si hay algo que aún no comprendo, muéstramelo. Quiero creer de nuevo... Quiero abrir mi corazón," imploró, sintiendo que su fe podía estar descansando, pero aún anhelaba despertar.

Los minutos se convirtieron en horas, y se quedó allí, sobre el frío piso, sufriendo en su dolor y completamente consciente de la tormenta que se cernía en su interior.

La lluvia cesó de pronto, y con ella vino una extraña paz. Tal vez no recibiría una respuesta instantánea, pero el simple acto de abrir su corazón había comenzado a romper las cadenas que la mantenían atrapada. En sus lágrimas, encontró un rayo de luz que la llevó a prometerse a sí misma que no se rendiría.

Así comenzó su camino, un viaje de fe que no había elegido ni imaginado, pero que en ese preciso momento, aunque lleno de incertidumbres, también estaba impregnado de la promesa de transformación.

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Así, cerró los ojos y tomó un profundo aliento, sintiendo que el aire frío la llenaba. Ese sería el último momento antes de una vida que nunca pensó que viviría.

"Aquí estoy, lista para empezar."

Con la noche aún silenciosa, y la promesa del amanecer a la vista, Ana, aunque tambaleante, encontró el primer paso hacia un destino que apenas comenzaba a vislumbrar.

Oración de sanación.

Señor, en medio de mi tormenta, ayúdame a sentir Tu presencia. Acompáñame en mis momentos de soledad y revelame la luz que brilla en la oscuridad, para que, aunque esté perdido, pueda encontrar mi camino hacia Ti.




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