El sol brillaba con fuerza al día siguiente, llenando la habitación de Ana con luz dorada y cálida. Se despertó con un hálito de esperanza en el corazón, una sensación que hacía mucho no experimentaba. Con cada rayo que se filtraba por su ventana, sentía que Dios la miraba, como un padre amoroso deseando lo mejor para su hija. Se levantó, lista para enfrentar el día, pero también llena de la incertidumbre que había llevado consigo desde hacía tanto tiempo.
Al realizar sus rutinas matutinas, Ana se tomó un momento para mirar su reflejo en el espejo. Su rostro, una mezcla de determinación y miedo, la saludaba con la sinceridad de quien busca un cambio. No era la misma mujer de hace solo un par de días; el encuentro con el anciano había encendido una chispa, pero sabía que el camino hacia la verdadera transformación no sería fácil.
Con la mente llena de pensamientos, se sentó en la pequeña mesa de su cocina y escribió una lista. "Cosas por hacer", la tituló. En la parte superior, con tinta negra y defi nitiva, escribió: "Salir a buscar trabajo". Luego, añadió varias tareas cotidianas: "Llamar a mamá", "Hacer ejercicio" y "Visitar la iglesia". A medida que añadía más ítems, su corazón se llenaba de determinación. Esta vez no dejaría que la pereza la derrotara.
Después de un abundante desayuno que había preparado con más cuidado que en semanas, tomó un taxi hacia una zona bulliciosa de la ciudad, donde había muchas empresas que podrían estar buscando nuevos empleados. Cada golpe del motor del taxi resonaba en su pecho como los latidos de un corazón ansioso, cautivada por el poder de la posibilidad.
Llegó a la primera empresa, una pequeña agencia de marketing. Sin embargo, tras una breve conversación con la recepcionista, se enteró de que en ese momento no había puestos disponibles. Se sintió caer en una trampa familiar de decepción, pero rápidamente recordó las palabras del anciano “Cada desafío puede ser una semilla sembrada.” Se dijo a sí misma que no era el fin, solo un paso más en su viaje.
La siguiente parada fue una cafetería cercana. Al entrar, la calidez del aroma del café reciente y el murmullo de las conversaciones llenas de vida la envolvió. Observó a los baristas, que se movían con ritmo y energía, y sintió un deseo intenso de pertenecer a esa vitalidad. Se acercó a la barra y pidió un café, mientras se adentraba en sus pensamientos sobre cómo podría presentar su currículum.
En la mesa de al lado, una mujer de pelo rizado hablaba animadamente con un amigo sobre la vida. Ana no podía evitar escuchar fragmentos de su conversación. “A veces pienso que tengo todo planeado y, de repente, todo se viene abajo,” decía la mujer, con una mezcla de tristeza y risa.
Ana sintió una conexión instantánea. Esa frase resonó en su propia soledad. Sin querer, la mujer la miró y le sonrió. Ana, sintiendo una extraña familiaridad, le respondió con un gesto de complicidad.
"A veces hay que reírse de las caídas,” dijo la mujer, haciéndose eco del sentimiento de Ana.
"Sí, realmente lo creo,” contestó Ana, y en ese momento sintió que se formaba una pequeña chispa de amistad, como si hubiera encontrado un rincón de entendimiento en medio del caos.
La mujer se presentó como Laura. Mientras tomaban café juntas, Ana compartió brevemente su situación. Laura escuchó atentamente. “Es un momento difícil, lo sé. Pero lo que importa es que sigas levantándote. Cada ‘no’ es un paso más hacia un ‘sí’.”
Esas palabras se quedaron con Ana mientras se despedía de Laura y continuaba su búsqueda. A medida que visitaba más lugares, uno tras otro, desde librerías hasta tiendas de suministros de oficina, enfrentó una tras otra la negativa de los empleadores. Cada respuesta se sentía como un lazo de acero que se apretaba más alrededor de su corazón. “¿Por qué es tan difícil encontrar un propósito?” se preguntó.
Al volver a casa esa noche, agotada y desorientada, se sentó en su sofá y dejó caer su cabeza entre las manos. Se sentía como si había fracasado en cada intento. La ansiedad comenzó a acumularse, y las sombras que había visto por la mañana se estaban apoderando de su mente nuevamente.
"¿Por qué, Dios?" clamó al aire, su voz apenas un susurro. “¿Qué más puedo hacer? Me esfuerzo, pero la vida parece no quererme sonreír.”
Se sintió abrumada por la culpa, pensando en lo que había perdido, en los errores cometidos. La luz que había sentido por la mañana parecía desvanecerse rápidamente, dejando atrás la penumbra de su angustia.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del timbre. Ana sintió un destello de esperanza; quizás era alguien que traía buenas noticias. Al abrir la puerta, se encontró frente a su vecina, Rosa, una mujer mayor que había vivido en el mismo edificio durante años. Con una sonrisa cálida, Rosa sostenía una cazuela humeante.
"Hice un poco de estofado. Generalmente lo preparo para compartirlo con mis amigas, pero hoy pensé que tal vez podría compartirlo contigo," dijo Rosa, con esa familiaridad que Ana tanto anhelaba.
Ana sintió un nudo en la garganta. La simple oferta del estofado se sentía como un milagro, un recordatorio de que había amor en el mundo, incluso cuando parecía opaco.
"Gracias, Rosa. La verdad es que no he tenido mucho apetito últimamente.”
Rosa entró en la casa y se sentó con Ana, comenzando a hablarle sobre su día y cómo había pasado sus cálidos años en el vecindario. Ana escuchó atentamente, sintiendo cada palabra como un bálsamo para su corazón herido. La sabiduría acumulada de Rosa, su forma de ver la vida a través de las pérdidas y victorias, resonaba en su interior.
"Una vez me dijeron que un corazón vacío es como un jardín sin flores," dijo Rosa. “Debemos plantar semillas de amor y dejar que florezcan, incluso en medio del dolor.”
Ana, sintiendo que las lágrimas amenazaban con brotar una vez más, tocó esas palabras en su corazón. “A veces me pregunto si alguna vez volveré a florecer,” confesó, con la voz apenas audible.
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espiritualidad católica, narrativa emocional, transformación personal
Editado: 12.02.2026