Caminos de Luz

Capítulo 10: La Frustración del Intento

La semana se deslizaba por sus dedos como agua, y Ana se sentía atrapada en un ciclo de contrastes. Había abrazado la labor de ser voluntaria en el refugio, donde había descubierto la belleza de un propósito renovado. Sin embargo, cuando llegaba el momento de enfrentar su búsqueda profesional, una oscura neblina de autocrítica comenzaba a envolverse a su alrededor.

Con cada solicitud de trabajo que enviaba, sentía que su implícita falta de confianza volvía a hacerse eco. A pesar de la valentía que mostró en el refugio al servir a otros, al enfrentarse a la idea de pedir un empleo, cada palabra en su currículum parecía temblar ante el escrutinio.

Una tarde, mientras se preparaba para salir a una entrevista, recibió un mensaje de Rosa: “Ana, me gustaría que hablaras con un amigo que puede ayudarte. Tiene una oficina de reclutamiento.” Ana fue tomada por la sorpresa, sintiendo que la balanza de oportunidades podría estar comenzando a pesar a su favor. Varios días habían pasado desde que se había sentido genuinamente emocionada por algo.

Sin embargo, a medida que se acercaba a la reunión, la antigua sombra de la duda comenzó a fluir por sus venas. “¿Qué podría ofrecer yo que no tuviera alguien más calificado? ¿Por qué querría una empresa emplear a alguien con un historial laboral roto?” susurró la voz de la inseguridad en su interior.

Al llegar al café, el lugar era cálido y acogedor, con un aroma a café que invitaba a la conversación. Sentada en una mesa con vista a la ventana, Ana se preguntaba si debía esperar a que su amigo llegara o si debería irse y dejar que la angustia la consumiera una vez más.

Después de unos minutos, una figura conocida cruzó la puerta del café. Era Javier, un amigo de Rosa, con una aura desenfadada y una sonrisa que parecía iluminar el lugar. Se acercó con confianza y se sentó ante Ana.

"Hola, Ana. Es genial verte. Rosa me ha hablado mucho de ti,” comenzó, su voz jovial rompiendo el hielo con dulzura.

"Gracias por tomarte el tiempo para verme," contestó ella, tratando de ocultar su propia incomodidad.

Javier comenzó a hablar sobre el reclutamiento y cuán comprometerse con la comunidad era un activo valioso, un enfoque positivo a su experiencia. Pero a cada palabra, Ana solo podía pensar en la narrativa negativa que había tejido en torno a su vida.

“Ana, ¿qué es lo que realmente te apasiona? ¿Dónde sientes que puedes aportar verdaderamente?” preguntó Javier, tratando de deshacer las capas de su duda.

Ana dudó y luego sintió que su voz se entrelazaba con su corazón. “Soy voluntaria en un refugio, y me encanta ayudar a otros. Aunque… tengo miedo de que eso no sea suficiente para un trabajo real.”

Al escuchar eso, Javier se inclinó hacia adelante con interés. “Eso es increíble. Muchos empleadores buscan personas que puedan conectar verdaderamente con otros. Tu experiencia en el refugio es una fortaleza, no una debilidad.”

Sin embargo, el eco de su inseguridad continuaba resonando en su mente, cada afirmación era como una sombra que se oponía a la luz de la verdad.

"No sé. A veces siento que podría perderme de nuevo en el camino. Todo ha sido tan incierto.”

Javier comprendió. “Es natural sentir miedo al cambio, pero recuerda que cada paso que das tiene valor. A veces la vida te lleva por caminos que nunca imaginaste, pero ese es el crecimiento. En las oportunidades hay que arriesgarse.”

Ana lo miró, sintiendo que las palabras comenzaban a calar en su corazón. Sin embargo, la pesada carga aún permanecía, la inseguridad persistía y el eco de su frustración llenaba cada rincón.

Cuando terminó la conversación, se despidió de Javier con un ligero gesto de gratitud, pero algo le decía que aún faltaba un paso crucial. En el camino a casa, la incertidumbre la invadió de nuevo. “¿Por qué me siento tan estancada? ¿Por qué no puedo simplemente avanzar?”

La Noche de la Reflexión

Esa noche, Ana no pudo dormir. Las preguntas giraban en su cabeza, y el silencio de la habitación solo acentuaba su lucha. La soledad que había comenzado a desvanecerse sembró sus semillas de duda una vez más. Se sentó al borde de la cama, y sus ojos se dirigieron hacia su pequeño altar improvisado, donde había colocado fotos y recuerdos de momentos que le recordaban su esencia.

Entonces, sintió la necesidad de abrir su diario una vez más. Con la pluma en mano, comenzó a escribir:

"Dios, estoy cansada. Cansada de sentir que estoy en el mismo lugar, atrapada entre lo que fui y lo que anhelo ser. A veces, esta lucha se siente tan abrumadora que dudo de mis propias capacidades.”

Mientras escribía, lágrimas comenzaron a caer sobre las páginas. “Ayúdame a confiar en mi viaje. A encontrar la fuerza que necesito para seguir adelante.”

Con cada palabra, sentía que la confusión empezaba a despejarse, como un rayo de luz que atraviesa las nubes. Sus pensamientos se convirtieron en un diálogo que entraba en el alma, donde el sufrimiento se transformaba en fe.

Un Susurro en la Oscuridad

Al cerrar el diario, un susurro en su interior comenzó a hacerse más fuerte. Ana cerró los ojos y se arrodilló en el suelo. “Señor, no sé adónde me llevas, pero te pido que me guíes. Te necesito en mi vida, en esta lucha que se siente tan solitaria.”

En ese momento de rendición, sintió la brisa fresca entrar por la ventana, como si Dios mismo la abrazara. El silencio se llenó de una calma profunda. Aunque no había respuestas inmediatas, sabía que su fe era su ancla y que las dudas, por más intensas que fueran, no podrían apoderarse de su historia.

La tormenta que había sido su mente parecía calmarse. Con esos pensamientos, Ana se sintió aliviada. Aun sabiendo que el camino por delante estaba lleno de incertidumbre, algo en su interior se sintió ligero, como si las cadenas que le habían mantenido en el mismo lugar comenzaban a romperse.

Al día siguiente, con el corazón renovado, Ana se miró en el espejo una vez más. Con determinación, sabía que debía enfrentarse al mundo, y que aunque a veces se sintiera llena de dudas y frustraciones, la fe daría a luz nuevas oportunidades.




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