Una nueva ciudad y nuevos retos me esperaban, y tanto el miedo como el nerviosismo me consumían por momentos breves.
La brisa fresca de aquella mañana de lunes, 10 de septiembre del 2009 para ser exacto, golpeó con suavidad mi rostro, y gracias a ello pude persuadir un poco el nerviosismo y temor que emergían a causa de la nueva experiencia que estaba por vivir.
Venía de un pueblo caracterizado por el comercio agrícola y ganadero llamado Río Grande, lugar en el que muy difícilmente podía seguir mi sueño de convertirme en artista plástico.
Aquel sueño, que emergió mediante la inesperada ambición de terceros, me había llevado a desarrollar un talento considerable para el dibujo y la pintura, por lo que, gracias a ello y el apoyo de mis padres, logré obtener una beca en la Facultad de Artes de la Universidad de Ciudad Esperanza.
Tenía dieciséis años cuando terminé la secundaria, y tan solo a un mes de haberme graduado, mis padres me ofrecieron la oportunidad de estudiar en una de las mejores universidades del país, la cual se encontraba en la capital.
Ciudad Esperanza, caracterizada por su modernidad y prosperidad, en comparación con mi pueblo, se caracterizaba por su costoso estilo de vida, por lo que considerar la idea de estudiar en una universidad prestigiosa no me gustaba del todo.
Papá estaba dispuesto a correr con los gastos de mis estudios universitarios y estadía en la capital, pero yo no quería seguir siendo una carga económica para él, por lo que rechacé la idea de viajar a Ciudad Esperanza.
No voy a mentir, me arrepentí de inmediato al rechazarlo, pero una repentina luz de esperanza me iluminó cuando recibimos una llamada telefónica de mi antigua profesora de literatura. Ella, que había viajado a la capital, comentó que en aquella universidad estaban otorgando becas a un selecto grupo de estudiantes entre las distintas facultades, siendo la de Bellas Artes una de las mencionadas.
Con esa noticia, aunque me ilusioné, no me hice grandes expectativas, pues era consciente de que no era el único aspirante con talento. Sin embargo, dejé de lado ese leve pesimismo y viajé con mamá a Ciudad Esperanza, donde permanecimos durante una semana conforme realizaba las pruebas correspondientes que me permitían optar a la beca.
Desde entonces, gran parte del mes de agosto lo pasamos con los nervios a tope y la ansiedad consumiéndonos conforme esperábamos los resultados, aunque también me dejaba llevar por ese pesimismo que me impedía reconocer mi propio talento.
La razón de mi pesimismo no era por autodesprecio, sino por reconocer que, además de mí, había ochenta estudiantes talentosos compitiendo por las diez becas que estaba otorgando la Facultad de Bellas Artes.
Por suerte, el 28 de agosto, el día en que anunciaron a los diez seleccionados, nuestra casa se convirtió en un lugar de celebración, pues fui considerado para una beca en la prestigiosa Universidad de Ciudad Esperanza. No solo eso, sino que además reconocieron mi talento y, por ser quien más destacó entre los ochenta aspirantes, me otorgaron un bono estudiantil con el que podía cubrir parte de mis gastos durante mi estadía en la capital.
Gracias a ese bono, papá solo debía correr con los gastos de hospedaje, por lo que emocionados, mamá y yo volvimos a viajar a Ciudad Esperanza para buscar un departamento cercano a la universidad.
Encontrar un departamento fue pan comido, pues había una residencia estudiantil ubicada a solo tres cuadras de la universidad. Eso, además de que me permitía administrar de manera eficiente mi tiempo, también redujo el gasto que significaba el transporte público.
Días después de firmar el contrato de arrendamiento, mamá sugirió que me quedase en Ciudad Esperanza, ya que, además de poder tomarme el tiempo de conocer la capital, faltaba poco para el inicio del primer trimestre universitario.
Mamá, por su parte, regresó a Río Grande para encargarse de enviarme mis pertenencias, por lo que me dediqué a ordenar el que pasó a ser mi nuevo hogar. También conocí algunas zonas prioritarias de Ciudad Esperanza, como los mercados con mejores ofertas, los centros médicos cercanos, librerías y bibliotecas, y lugares para entretenerme durante mis días libres.
Fue un breve periodo de tiempo en el que pude relajarme antes de iniciar mis estudios universitarios, días en los que me mentalicé para enfrentar los nuevos retos que me impuse en pro de lograr mis objetivos.
Volviendo al presente, aquel 10 de septiembre por la mañana, salí de mi departamento con el nerviosismo y el miedo consumiéndome por cortos periodos de tiempo.
La idea de socializar y adaptarme a un nuevo entorno de estudios me impedía darle rienda suelta a mi emoción y optimismo. Siempre fui un chico introvertido y retraído, aunque la situación cambiaba cuando entraba en confianza.
La avenida por la que caminaba estaba repleta de personas, a pesar de que apenas eran las siete con quince de la mañana; era evidente que se trataba de una zona corporativa y comercial.
Los vehículos, a diferencia de mi pueblo, modernos en su mayoría, no iban y venían a una velocidad prudente, ya que el tráfico era impresionante.
Era la primera vez que veía tantos automóviles detenidos en una sola calle, aunque las motos si contaban con una mayor afluencia debido a su tamaño.