Era hermosa.
Su largo cabello rizado danzaba con el viento y sus ojos, siempre llenos de comprensión, transmitían una paz difícil de explicar. Había personas que iluminaban una habitación con solo entrar en ella. Mariana era una de esas personas.
Toda ella era amor.
Lo injusto era que la vida nunca supo devolvérselo. Cada vez que extendía la mano para recibir cariño, terminaba sosteniendo un nuevo recuerdo doloroso.
Mariana.
Un nombre tan hermoso como la mujer que lo llevaba.
Durante su infancia conoció la felicidad. Sus padres la amaban y, por un tiempo, eso fue suficiente. Corría por los campos verdes de su pueblo, recogía frutos, se detenía a oler las flores silvestres, hablaba con los animales como si pudieran entenderla y sonreía a cualquiera que se cruzara en su camino. En aquellos días todavía existía algo llamado tranquilidad.
La adolescencia terminó de convertirla en la flor más bella del lugar. Su belleza despertaba admiración, pero también envidia. Ella, sin embargo, seguía mirando el mundo con la ingenuidad de quien aún no conoce la crueldad de la vida.
Dicen que el primer amor rara vez sale como uno imagina. A veces no es correspondido. Otras, solo deja vergüenza y desilusiones.
Pero el suyo fue distinto.
Fue un amor limpio.
Sin intereses.
Sin malicia.
—Él me amaba.
Eso decía ella.
—Y yo lo amé tanto, que nunca pude olvidarlo.
Eso fue lo que escuché de sus propios labios.
La primera vez que él tomó su mano y besó suavemente su dorso, Mariana quiso creer que el destino realmente existía.
Él no tenía riquezas.
No tenía tierras.
No tenía nada que pudiera impresionar a una familia.
Y eso era precisamente lo que sus padres le repetían una y otra vez.
—Vas a sufrir.
Se lo advirtieron incontables veces.
Y tuvieron razón.
Pero no sufrió por la falta de dinero, como ellos imaginaban.
Sufrió por algo mucho más cruel.
Porque la desgracia jamás pregunta cuánto tienes antes de llamar a tu puerta.
El amor de aquellos tiempos era diferente.
No existían los regalos costosos para demostrar afecto. Bastaban una carta escrita a mano, un ramo de flores arrancadas del prado, un beso bajo la sombra de un árbol centenario o una caminata bajo la lluvia. Bastaba un beso en la mano, una mirada sincera o una promesa hecha con el corazón, aunque el mañana nunca estuviera asegurado.
Eran cosas simples.
Y para Mariana, eran suficientes.
Por eso decidió irse con él, aun cuando su familia se opuso al principio. Con el tiempo terminaron aceptando la relación y les cedieron un pequeño terreno donde comenzar una nueva vida.
Allí construyeron un hogar.
Y fueron inmensamente felices.
Mientras la vida se los permitió.
Todavía recuerdo el día en que me contó esa parte de su historia.
Una enfermedad desconocida para ellos apareció sin hacer ruido. Para entonces ya tenían dos preciosas niñas y un tercer hijo venía en camino. Todo parecía marchar bien... hasta que una simple tos comenzó a repetirse con demasiada frecuencia.
Después apareció la sangre.
Al principio, unas cuantas manchas.
Luego, cada vez más.
Y, de un momento a otro, todo ocurrió tan deprisa que incluso hoy cuesta creerlo.
La mujer que había soñado con envejecer tomada de la mano del hombre que amaba.
Se convirtió en viuda a una corta edad.