Cáncer

Capítulo 3

Cuesta creer que el amor pueda terminar por culpa de una enfermedad.

Más difícil aún es aceptar que, hace apenas unos meses, ambos hablaban de envejecer tomados de la mano, y ahora eres tú quien acompaña el ataúd del hombre con quien soñabas compartir el resto de tu vida.

También duele mirar a tus hijos.

Ver en ellos sus mismos ojos, su misma sonrisa, sus mismos gestos... y saber que son demasiado pequeños para comprender que su padre jamás volverá a cruzar la puerta de casa.

En aquel pequeño pueblo Mariana nació.

Allí aprendió a caminar, a amar, a llorar y a sobrevivir.

Jamás imaginó que también sería el lugar donde enterraría al amor de su vida.

Con el rostro sereno y el corazón completamente roto, recibía las condolencias de quienes acudían al velorio. Agradecía cada abrazo, atendía a los invitados y servía café con una calma que solo era apariencia.

Su cuerpo seguía allí.

Pero ella ya no.

Una parte de Mariana había sido enterrada incluso antes de que bajaran el ataúd a la tierra.

Lo más doloroso era recordar que nunca había conocido el sufrimiento dentro de su matrimonio.

Él jamás le levantó la voz.

Jamás levantó una mano contra ella.

Nunca la hizo sentir menos por ser mujer, algo que, tristemente, era demasiado común en aquellos tiempos.

Su opinión siempre fue escuchada. Nunca le faltó respeto ni cariño. Tal vez el dinero escaseaba, pero en aquella casa jamás faltaron el amor, la lealtad ni la devoción que ambos sentían el uno por el otro.

Quizá ese fue su único error.

Ser demasiado bueno para un mundo que rara vez recompensa la bondad.

Mariana continuó sirviendo café mientras los asistentes compartían anécdotas sobre su esposo.

Hasta que un jadeo colectivo rompió el silencio.

Levantó la vista.

Y el mundo dejó de tener sentido.

Su esposo...

estaba sentado dentro del ataúd.

La bandeja resbaló de sus manos y se estrelló contra el suelo. El sonido de las tazas rompiéndose fue opacado por los gritos de los presentes, que huyeron despavoridos creyendo estar presenciando algo imposible.

Él la miró.

Con la misma tranquilidad de siempre.

—No me recibe, Mariana... cometí un error.

Ella fue incapaz de responder.

Sentía que el aire había abandonado sus pulmones.

—Me equivoqué, tenemos que casarnos.

Su esposo había sido un buen hombre.

Trabajador.

Honesto.

Un padre ejemplar.

Pero tenía un defecto del que jamás quiso desprenderse.

Se burlaba de la iglesia.

Cada vez que pasaba frente a ella, hacía comentarios despectivos o se negaba siquiera a persignarse.

Aquel día le contó todo lo que había vivido.

Y Mariana le creyó.

Pocos días después, él pidió ser bautizado.

Desde entonces disfrutó de su familia con una gratitud distinta, como si entendiera el valor de cada instante compartido.

Mariana intentó seguir adelante.

Lo hizo.

Pero hubo una imagen que nunca consiguió borrar de su memoria.

La de su esposo incorporándose lentamente dentro del ataúd para decirle que aún no era su hora.




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