Los días transcurrieron con una lentitud insoportable.
Mariana procuró cumplir cada una de las peticiones que su esposo le hizo durante aquellas dos semanas que la vida, de alguna manera inexplicable, les regaló.
Todas... excepto una.
Casarse.
Él se lo pidió más de una vez, como si aquello fuera importante, como si aún quedara algo pendiente antes de partir para siempre. Sin embargo, por razones que jamás quiso explicar, Mariana nunca aceptó.
Dos semanas.
Ese fue el tiempo que él volvió a pertenecerles.
Dos semanas en las que abrazó a sus pequeñas hijas, volvió a recorrer los rincones de su hogar y contempló, una vez más, el rostro de la mujer que amaba.
Mariana permaneció a su lado durante cada instante. Lo vio respirar con dificultad, apagarse lentamente y luchar contra un enemigo que ninguno de los dos comprendía.
Hasta que ya no hubo nada más por hacer.
Con los años descubrió una verdad que terminó por doler incluso más que la propia muerte.
Quizá él pudo haberse salvado.
Tal vez la pobreza les impidió buscar la ayuda adecuada.
Tal vez fue la ignorancia.
O quizá fueron ambas las que, tomadas de la mano, terminaron arrebatándole al amor de su vida.
El segundo funeral fue muy distinto al primero.
Nadie sabía realmente qué esperar.
Los asistentes llegaban en silencio, intercambiando miradas cargadas de incertidumbre. Algunos evitaban acercarse demasiado al ataúd; otros no podían apartar la vista de él, temiendo —o quizás deseando— que aquel hombre volviera a incorporarse una vez más.
Por esa razón el velorio se prolongó más de lo habitual.
Esperaron.
Durante horas.
Esperaron un milagro.
Esperaron escuchar nuevamente su voz.
Esperaron verlo regresar con Mariana.
Pero esta vez no ocurrió.
Aquella despedida sí fue definitiva.
Y dolió.
Me gusta pensar que nadie debería aprender tan joven lo que significa quedarse viuda.
Sin embargo, Mariana no tuvo tiempo para rendirse.
Había dos niñas que necesitaban a su madre.
Y un bebé que todavía crecía en su vientre, ajeno al vacío que lo esperaba al nacer.
Así que hizo lo único que sabía hacer.
Se secó las lágrimas.
Respiró hondo.
Y siguió adelante.
Como pudo.
Porque, a veces, seguir viviendo también requiere una valentía que nadie ve.
Pero la vida todavía no había terminado de ponerla a prueba.
Lo peor aún estaba por llegar.