El tiempo siguió avanzando.
Los días soleados se alternaban con las lluvias, como si el cielo también intentara recordarle que ninguna estación era eterna.
Mientras tanto, los padres de Mariana hicieron todo lo posible por sostenerla. Les dolía verla tan joven, cargando sobre los hombros un duelo que aún no terminaba, un embarazo avanzado y la responsabilidad de criar a dos pequeñas niñas que todavía preguntaban por su padre.
Cuando llegó el momento del nacimiento, Mariana tomó una decisión que nadie cuestionó.
Llamó al niño David.
El mismo nombre del hombre que le había enseñado el significado del amor.
Lo acunaba entre sus brazos durante horas, le cantaba canciones de cuna y le susurraba palabras dulces al oído hasta verlo quedarse dormido. Todo el amor que la muerte le había impedido seguir entregándole a su esposo encontró un nuevo hogar en aquel pequeño.
Su hijo se convirtió en el refugio de un corazón que todavía intentaba aprender a latir de nuevo.
Con el paso de los años, cuando el luto dejó de ocupar cada rincón de su vida, apareció otro hombre.
Preferiría no mencionar siquiera su nombre.
Era de esos que saben decir exactamente lo que una persona herida necesita escuchar. Se presentó como un hombre atento, amable y protector.
Pero detrás de aquella sonrisa solo se escondían el engaño y la cobardía.
Para cuando supo la verdad, en su vientre yacía un niño.
Para cuando supo la verdad, él lo negó.
Para cuando supo la verdad, de su responsabilidad se corrió.
Mariana no le pidió dinero ni le suplicó que se quedara.
Solo le pidió una cosa.
Su apellido.
La oportunidad de que aquel niño tuviera una identidad reconocida por su propio padre.
Ni siquiera eso estuvo dispuesto a darle.
Sorprendentemente, aquello no consiguió romperla.
No derramó una sola lágrima por un hombre que no las merecía.
Lloró por la decepción.
Pero nunca por él.
Fue entonces cuando alguien inesperado decidió intervenir.
El hermano de aquel hombre, incapaz de aceptar la injusticia que se estaba cometiendo, encontró la manera de que el niño fuera reconocido legalmente. Fue una decisión desesperada y moralmente cuestionable, pero él siempre sostuvo que solo estaba obligando a su hermano a asumir una responsabilidad que nunca debió abandonar.
Jamás se arrepintió de ello.
Mariana tampoco pidió nada más.
Nunca necesitó más.
Había aprendido que las personas podían abandonarte, pero una madre no tiene el privilegio de hacerlo.
Así que volvió a levantarse.
Y, una vez más, salió adelante.
Por ella.
Y por sus hijos.