David.
Llevaba el nombre del hombre que Mariana nunca dejó de amar.
Creció siendo un muchacho noble, alegre y obediente. De esos que iluminan un lugar con una simple sonrisa y hacen que los días difíciles parezcan un poco más llevaderos.
Era el recuerdo más hermoso que le había dejado su primer amor.
Su mayor consuelo.
José, en cambio, era distinto.
Callado cuando debía serlo, fuerte cuando la vida lo exigía. Desde muy pequeño se convirtió en ese hombro silencioso sobre el que Mariana aprendió a apoyarse.
Era el pilar de aquel hogar.
Sus dos hijos eran sus guerreros.
Con ellos las tardes dejaban de sentirse tan largas y las noches un poco menos solitarias. Ellos le recordaban, todos los días, que aún tenía razones para seguir adelante.
Pero la soledad...
La verdadera soledad...
Es paciente.
No desaparece.
Solo espera el momento oportuno para volver a hacerse sentir.
Y cuando el silencio comenzó a ocupar nuevamente los espacios de la casa, Mariana creyó, una vez más, que su corazón todavía era capaz de amar.
Pensó que quizá el destino le estaba ofreciendo una segunda oportunidad.
Que, después de tanto sufrimiento...
Esta vez sería diferente.
Eso creyó el día que conoció a Dilbert.