Dilbert.
A los ojos de Mariana era un príncipe.
Bastaba una mirada suya para que el mundo pareciera detenerse. Sus ojos tenían la profundidad de un océano en calma; de esos en los que uno desea perderse sin pensar en el regreso. Su cabello, dorado bajo la luz del sol, parecía teñido de oro, y su sonrisa tenía la extraña capacidad de hacer sentir a cualquiera como si estuviera en casa.
Era un hombre difícil de ignorar.
Y todavía más difícil de dejar de amar.
A veces duele recordar su historia.
No porque el tiempo no haya pasado, sino porque aún vive en algún rincón de mi memoria. Hay recuerdos que jamás aprenden a marcharse y este es uno de ellos.
Imagino lo difícil que debió de ser para Mariana volver a pensar en él.
En sus palabras.
En sus besos.
En la calidez de sus abrazos.
En todas aquellas promesas que alguna vez parecieron eternas.
Y cuando amas a alguien con esa intensidad, es fácil convencerse de que realmente lo es.
Donde lo vieses era perfecto.
Pero nadie lo es realmente.
Y eso, aunque te empeñes en negarlo, es la verdad. La vida te golpea una y otra vez hasta que te quites la tonta creencia de que un hombre no te puede lastimar.