Cáncer

Capítulo 8

Dilbert.

A los ojos de Mariana era un príncipe.

Bastaba una mirada suya para que el mundo pareciera detenerse. Sus ojos tenían la profundidad de un océano en calma; de esos en los que uno desea perderse sin pensar en el regreso. Su cabello, dorado bajo la luz del sol, parecía teñido de oro, y su sonrisa tenía la extraña capacidad de hacer sentir a cualquiera como si estuviera en casa.

Era un hombre difícil de ignorar.

Y todavía más difícil de dejar de amar.

A veces duele recordar su historia.

No porque el tiempo no haya pasado, sino porque aún vive en algún rincón de mi memoria. Hay recuerdos que jamás aprenden a marcharse y este es uno de ellos.

Imagino lo difícil que debió de ser para Mariana volver a pensar en él.

En sus palabras.

En sus besos.

En la calidez de sus abrazos.

En todas aquellas promesas que alguna vez parecieron eternas.

Y cuando amas a alguien con esa intensidad, es fácil convencerse de que realmente lo es.

Donde lo vieses era perfecto.

Pero nadie lo es realmente.

Y eso, aunque te empeñes en negarlo, es la verdad. La vida te golpea una y otra vez hasta que te quites la tonta creencia de que un hombre no te puede lastimar.




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