Volvamos al principio.
Porque para comprender cómo un amor tan grande terminó convertido en una herida imposible de cerrar, primero hay que regresar al instante en que dos desconocidos cruzaron sus caminos.
Todo comenzó en Inguer, un pequeño centro poblado del distrito de Querocotillo, en la provincia de Cutervo, donde las montañas parecen abrazar el horizonte y el tiempo transcurre con la calma propia de los pueblos que aún conservan sus costumbres.
Fue allí donde Mariana y Dilbert se conocieron.
Para entonces, Mariana ya había sobrevivido a más pérdidas de las que una persona debería soportar. Había enviudado muy joven y era madre de cuatro hijos. Aunque la muerte de su primer esposo la dejó con el corazón hecho pedazos, nunca quedó completamente desamparada. Sus padres hicieron cuanto estuvo en sus manos para ayudarla y evitar que la tragedia también la hundiera en la miseria.
Dilbert, en cambio, provenía de una realidad muy distinta.
Era uno de los hijos de una de las familias hacendadas más conocidas del lugar. Poseían extensas tierras, caballos que parecían sacados de un cuento y un apellido que despertaba respeto con solo pronunciarlo.
Sus mundos no podían ser más diferentes.
Y, aun así, el destino insistió en reunirlos.
Fue durante una fiesta patronal.
La música llenaba la plaza, las risas se mezclaban con el sonido de las guitarras y la luna parecía haberse vestido de gala para iluminar aquella noche.
Mariana bailaba rodeada de familiares.
Reía.
Giraba al ritmo de la música con esa alegría que solo aparecía de vez en cuando, como si por unas horas hubiera decidido olvidar todo el peso que llevaba sobre los hombros.
Su vestido se movía con cada paso y la luz de la luna acariciaba su rostro, resaltando la delicadeza de sus facciones.
Fue imposible no verla.
Dilbert la descubrió entre la multitud y, desde ese instante, dejó de prestar atención a todo lo demás.
Había escuchado rumores sobre ella.
Sabía que era viuda.
Sabía que tenía hijos.
Pero ninguna de esas historias logró importar cuando sus ojos se encontraron con los de Mariana.
Solo podía mirarla.
Y cuanto más la observaba, más convencido estaba de que aquella mujer era distinta a todas las demás.
Mariana no tardó en sentir el peso de aquella mirada.
Al levantar la vista, reconoció de inmediato al hombre que la observaba.
Era imposible no hacerlo.
Todo el pueblo conocía a los Díaz.
Sostuvo sus ojos durante unos segundos.
Después bajó la mirada, incapaz de ocultar la timidez que, por un momento, la hizo sentirse nuevamente como una muchacha.
Intentó marcharse discretamente.
No llegó muy lejos.
Una voz serena la detuvo antes de que pudiera alejarse.
—Disculpa... si te incomodé. ¿Podría hablar contigo un momento?
Mariana dudó.
Pero aceptó.
Aquel "momento" terminó convirtiéndose en varios minutos.
Los minutos en horas.
Y las horas pasaron con una facilidad que sorprendió a ambos.
Hablaron de cualquier cosa.
Rieron.
Descubrieron silencios cómodos y conversaciones que parecían no tener final.
Cuando el reloj anunció la medianoche, el hechizo terminó.
Mariana volvió a la realidad.
Sus dos hijos menores dormían profundamente en brazos de sus abuelos, ajenos a todo lo que acababa de ocurrir.
Ella ya no era aquella chiquilla que podía permitirse enamorarse sin pensar en las consecuencias.
Era madre.
Y desde hacía mucho tiempo había aprendido que sus hijos siempre ocuparían el primer lugar.
Porque el amor de una madre rara vez conoce el egoísmo.
Dilbert lo entendió desde aquella misma noche.
Comprendió que conquistar a Mariana también significaba aceptar la historia que ella llevaba consigo.
Y eso nunca le pareció un obstáculo.
Al contrario.
Desde ese instante supo que quería compartir su vida con ella... y con los cuatro pequeños que formaban parte de su mundo.
Mariana se despidió y comenzó a alejarse.
No hubo promesas.
No hubo confesiones.
Solo una última mirada.
Una mirada tan larga, tan silenciosa y tan llena de posibilidades que bastó para derribar los muros que ella había levantado durante años.
Sin darse cuenta, volvió a creer en el amor.
Volvió a entregarse completamente a las garras de eso a lo que llaman amor.