Fueron necesarias varias citas después de aquel primer encuentro para que ambos se atrevieran a ponerle nombre a lo que ya era evidente. El amor llegó sin hacer demasiado ruido y, poco tiempo después, una pequeña familia de cuatro llenaba la mesa del almuerzo entre risas y los pésimos chistes de Dilbert, que, por alguna razón, siempre conseguían arrancar una sonrisa.
La vida parecía avanzar con la calma de quienes creen haber encontrado su lugar. Las mañanas eran bulliciosas, las tardes transcurrían con una tranquilidad casi perfecta y el hogar se había convertido en ese refugio donde ambos podían dejar atrás el cansancio del día.
Pero ni siquiera las historias más felices están libres de pequeñas grietas.
Mariana tenía un defecto que, con el paso del tiempo, comenzó a desgastar la paciencia de Dilbert.
Los celos.
Al principio parecían inofensivos, incluso hasta tiernos. Todos los días le llevaba el almuerzo cuando él trabajaba en las cosechas. Nadie cocinaba como ella. Su sazón era tan extraordinaria que ni el mejor chef con estrellas Michelin habría podido igualarla. Era un talento que, orgullosamente, terminaría heredándose de generación en generación.
Desde afuera cualquiera habría dicho que era una esposa dedicada y amorosa. Sin embargo, para Dilbert aquellas visitas empezaban a sentirse más como una forma de vigilar cada uno de sus movimientos. Y era comprensible. La fama de Dilbert era bien conocida.
Una tarde, mientras regresaba a casa, se encontró con una prima lejana que necesitaba ayuda para recorrer el camino. Como llevaba un caballo consigo, le ofreció subir para hacerle el viaje más fácil.
Conversaban y reían cuando, a lo lejos, apareció Mariana caminando hacia ellos.
La escena fue suficiente para que su imaginación hiciera el resto.
Dilbert sujetaba las riendas del caballo mientras una joven de rostro simpático iba sentada sobre él.
Y, para empeorar las cosas...
Los dos se estaban riendo.
Debe de haber contado un muy buen chiste, pensó Mariana, aunque el fuego que empezaba a arder en su pecho dejaba claro que no le interesaba conocer el remate.
En cuanto Dilbert levantó la vista y la vio acercarse, comprendió que estaba a punto de presenciar un espectáculo.
Y no se equivocó.
En cuestión de segundos, Mariana ya había alcanzado al caballo y se lanzó sobre la muchacha sin pensarlo dos veces. Entre gritos, ambas terminaron sujetándose del cabello con tanta fuerza que parecía una competencia por ver quién arrancaba más mechones. Volaron manotazos, empujones y algún que otro insulto. Las dos peleaban con la determinación de quien defiende el último pedazo de pan sobre la mesa.
La joven, apenas encontró una oportunidad, escapó despavorida.
Cuando todo terminó, Mariana giró lentamente para mirar a Dilbert.
Sus ojos parecían dos brasas encendidas.
Él, en cambio, no pudo contener una sonrisa.
Aquella mujer estaba completamente loca.
Pero era su loca.
Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, había ocasiones en las que le resultaba inevitable divertirse viendo cómo perdía los estribos.