Cáncer

Capítulo 12

—Cálmate, Mari. Era solo una prima. —intentó defenderse Dilbert, levantando las manos como si eso pudiera salvarlo.

Mariana soltó una risa sarcástica.

—Sigue mintiéndome y te dejo calvo a ti también.

Dilbert, por instinto, se llevó una mano a la cabeza.

—¿También?

—La otra ya salió corriendo antes de que pudiera terminar el trabajo.

Él prefirió no seguir alimentando la discusión.

El camino de regreso a casa fue largo. Bajaron la ladera prácticamente en silencio. Mariana caminaba varios pasos delante de él, ignorando cualquier intento de conversación, mientras Dilbert suspiraba resignado.

No estaba realmente preocupado.

Conocía demasiado bien a su esposa.

Sabía que sus tormentas eran intensas pero pasajeras.

O eso creyó.

Al llegar la hora de la cena encontró la mesa servida.

Los niños comían felices.

Mariana también.

Frente a él, en cambio, solo descansaba una humilde taza de café.

Dilbert observó la taza.

Luego a Mariana.

Después volvió a mirar la taza.

—¿Y mi comida?

—Ahí está.

—Eso es café.

—Veo que la vista todavía no te falla.

Los niños hicieron un enorme esfuerzo por no reírse.

Dilbert comprendió que nadie iba a rescatarlo.

Aquella noche se fue a dormir con el estómago vacío.

Mientras intentaba conciliar el sueño, solo podía pensar una cosa.

Eso me pasa por andar de simpático.

A la mañana siguiente despertó preparado para otra jornada de castigo.

Sin embargo, apenas cruzó la puerta de la cocina, encontró a una Mariana completamente distinta.

Lo recibió con un beso en los labios.

Le sonrió con una dulzura sospechosa.

Lo abrazó.

Y comenzó a preparar su desayuno favorito.

Dilbert entrecerró los ojos.

Demasiada amabilidad.

Algo no cuadraba.

Decidió no preguntar.

La experiencia le había enseñado que, cuando Mariana era excesivamente cariñosa de un momento a otro, lo más inteligente era aceptar el cariño y descubrir después cuál era el desastre.

Y el desastre existía.

Esa misma mañana, mientras preparaba el desayuno y al mismo tiempo intentaba poner orden entre los niños, el plato principal de Dilbert —una generosa presa de cuy— terminó en el suelo.

Antes de que pudiera reaccionar, la mascota de la casa apareció como un rayo.

Se lanzó sobre el desayuno con la precisión de un cazador profesional.

—¡Ni se te ocurra!

Mariana tomó el primer zapato que encontró y lo lanzó con una puntería digna de admiración.

El animal escapó.

La presa quedó milagrosamente a salvo.

Mariana la observó durante unos segundos.

Luego la recogió con toda la naturalidad del mundo.

—Definitivamente esto es un castigo divino... —murmuró para sí.

Después la limpió cuanto pudo, la volvió a colocar en el plato y terminó de servir el desayuno.

Mientras llevaba la comida hasta la mesa, seguía completamente convencida de una cosa.

No tenía la culpa de nada.

Al contrario.

Si no hubiera reaccionado tan rápido...

Dilbert se habría desayunado solo el recuerdo del cuy.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.