Cáncer

Capítulo 13

Las discusiones quedaron atrás como las huellas que el mar borra con la marea. Poco a poco, la calma volvió a instalarse en la casa y, por primera vez en mucho tiempo, Mariana sintió que la felicidad no era un instante fugaz, sino un lugar donde podía quedarse.

Entonces llegó la noticia que cambiaría sus vidas para siempre.

Esperaban un hijo.

Mariana aún recordaba el momento en que se lo dijo a Dilbert. Él no respondió de inmediato. No hubo gritos de emoción ni abrazos desbordantes. Ni siquiera pronunció una palabra.

Solo sonrió.

Era esa sonrisa tranquila, casi imperceptible, que siempre lograba desarmarla. Sus ojos, iluminados por una emoción que no necesitaba explicaciones, permanecieron fijos en ella durante varios segundos.

Y para Mariana fue suficiente.

Conocía a su esposo mejor que nadie. Sabía leer aquello que él nunca decía en voz alta. Esa sonrisa significaba alegría, ilusión... orgullo.

Iba a ser padre por primera vez.

Desde aquella noche, la imaginación de Mariana parecía no conocer descanso. Se sorprendía acariciando su vientre mientras intentaba adivinar el rostro de aquel pequeño. A veces estaba convencida de que sería una copia exacta de Dilbert; otras imaginaba que heredaría sus propios ojos o su manera de reír.

Pensaba en nombres durante horas.

Le hablaba cuando nadie la veía.

Le cantaba canciones de cuna junto a sus dos hijos, como si aquel bebé pudiera escucharlos desde el otro lado de la piel.

Cada día que pasaba era una cuenta regresiva hacia el encuentro más esperado de sus vidas.

Los meses transcurrieron con una rapidez que solo conocen quienes esperan un milagro.

Una tarde decidió visitar a su cuñada, quien acababa de dar a luz. Al entrar en la habitación, su atención se dirigió inmediatamente hacia la pequeña cuna donde descansaba el recién nacido.

Nunca había visto un bebé como aquel.

Su cabello era completamente blanco, tan brillante que parecía reflejar la luz de la ventana. Las pestañas compartían el mismo color, su piel era extremadamente clara y delicada, mientras que unos enormes ojos celestes descansaban tranquilos bajo los párpados entreabiertos.

Era un niño con albinismo.

En aquella época, Mariana jamás había escuchado hablar de esa condición. La falta de información hacía que muchas personas reaccionaran con sorpresa o incluso con temor frente a aquello que no comprendían.

Y ella no fue la excepción.

Durante semanas, ese recuerdo volvió una y otra vez a su mente. Sin sentirse orgullosa de ello, rezaba cada noche para que su bebé naciera sano y que no compartiera aquellas características que tanto la habían impresionado.

El día del parto llegó envuelto en nervios, dolor y esperanza.

Cuando el llanto rompió el silencio de la sala, Mariana sintió que el mundo entero se detenía.

Era una niña.

La enfermera la colocó entre sus brazos y, en ese instante, todo miedo desapareció.

Tenía unos cálidos ojos color miel que parecían llenos de vida incluso antes de abrirse por completo. Su cabello castaño apenas cubría su pequeña cabeza y sus mejillas, sonrosadas como los pétalos de una rosa recién abierta, le daban un aspecto tan delicado que parecía imposible que algo tan perfecto pudiera existir.

Mariana recorrió su diminuto rostro con la mirada mientras las lágrimas le nublaban los ojos.

No hacía falta que nadie se lo dijera.

Lo supo desde el primer instante.

Aquella niña estaba destinada a ocupar un lugar único en su corazón.

Y, aunque todavía no podía imaginar todo lo que el futuro les tenía preparado, abrazándola por primera vez sintió la certeza de que acababa de conocer al amor que transformaría su vida para siempre.




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