La niña creció entre el aroma dulce de los cafetales y el canto incesante de los gallos al amanecer. Aprendió a distinguir el sonido de la lluvia golpeando los techos de calamina antes que el de cualquier canción infantil, y convirtió los senderos de tierra en el escenario de sus primeras aventuras.
Cuando intentó caminar por primera vez, una ráfaga de viento desestabilizó su diminuto cuerpo. Cayó sobre el suelo húmedo y, por un instante, pareció que rompería en llanto.
Pero no lo hizo.
Se incorporó con la terquedad que solo tienen los niños y volvió a intentarlo. Dio un paso, luego otro, hasta terminar refugiándose entre los brazos abiertos de Mariana, quien la recibió entre risas y lágrimas.
Desde entonces, aquella pequeña pareció desafiar a la vida de la misma manera.
Con un sencillo vestido estampado de flores, las mejillas siempre sonrojadas y una cabellera castaña que el viento se empeñaba en despeinar, corría libre por el campo como si hubiera nacido para pertenecerle.
Mariana la observaba convencida de que no existía criatura más hermosa sobre la tierra.
Dilbert, en cambio, nunca supo demostrarle el mismo afecto.
Desde el día de su nacimiento permitió que rumores malintencionados sembraran una duda que jamás debió existir. Algunos aseguraban, sin prueba alguna, que aquella niña podía ser hija de su hermano.
Era una mentira.
Mariana jamás había mirado a otro hombre con el amor con que miraba a Dilbert.
Ni siquiera cuando la vida le ofreció otras oportunidades.
Porque era imposible ignorar su belleza. Conservaba el rostro dulce de una muchacha que parecía haberse detenido en el tiempo. Dondequiera que iba despertaba miradas, sonrisas discretas y propuestas que cualquier otra mujer habría considerado.
Mucho antes de conocer a Dilbert, y también después de haber enviudado de su primer esposo, hubo hombres dispuestos a construir una vida junto a ella.
Uno de ellos fue un joven profesor.
No solo aceptó que Mariana tuviera tres hijos; también le pidió matrimonio con la firme intención de formar una familia. Con los años llegó a convertirse en director de una prestigiosa escuela de Chiclayo y alcanzó una vida cómoda, estable y respetada.
A veces resulta inevitable preguntarse qué habría ocurrido si ella hubiera aceptado aquella propuesta.
Tal vez su historia habría sido distinta.
Tal vez habría conocido una vida más tranquila.
Pero el destino no se escribe con los caminos que dejamos atrás, sino con aquellos que decidimos recorrer.
Dilbert fue el tercer hombre que conquistó el corazón de Mariana.
Dicen que la tercera es la vencida.
Sin embargo, la vida rara vez se parece a los cuentos de hadas.
Porque algunas decisiones nacen del amor y aun así terminan cambiándolo todo.