Cáncer

Capítulo 15

Cuando Rocío cumplió dos años, comenzó a comprender que la figura de su padre era tan fugaz como el viento.

Dilbert aparecía en casa durante unos días y volvía a marcharse con el argumento de cerrar negocios en otros pueblos. Para una niña tan pequeña aquello era simplemente parte de la rutina. No entendía las ausencias ni las responsabilidades de los adultos; solo sabía que, cuando él cruzaba la puerta, el hogar parecía llenarse de movimiento, y cuando se marchaba, quedaba un silencio que ni siquiera los animales del corral podían romper.

Aun así, nunca dejó de correr hacia él con la esperanza de recibir un abrazo.

Casi nunca lo conseguía.

Una mañana, cuando el sol apenas iluminaba los cafetales, Dilbert regresó de improviso. Bajó del caballo con prisa y cruzó el patio sin reparar en la pequeña Rocío, que jugaba sentada sobre la tierra alimentando a unos pollitos con granos de maíz.

—¡Papá! —gritó la niña con la inocencia de quien todavía cree que basta con llamar para ser escuchada.

Él no volteó.

Mariana salió de la cocina al escuchar el ruido. Su rostro se iluminó al verlo. Lo recibió con una sonrisa, le sirvió café recién pasado y escuchó con atención cada historia de su viaje. Habló de oportunidades, de personas importantes y de un negocio que, según él, podía cambiar el destino de la familia para siempre.

Sus palabras estaban cargadas de seguridad.

Demasiada, quizá.

Esa misma tarde, mientras compartían la cena, tomó la mano de Mariana entre las suyas.

—Necesito que me ayudes una última vez —le dijo con una serenidad que desarmaba cualquier duda—. Si vendemos el ganado podremos invertir ese dinero. Te prometo que cuando regrese nuestra vida será distinta. Ya no tendremos que preocuparnos por nada.

Mariana guardó silencio.

Aquellos animales no eran solo una fuente de ingresos. Representaban años de esfuerzo, madrugadas interminables y sacrificios compartidos. Venderlos significaba apostar todo lo que tenían.

Durante varios días la idea no dejó de rondarle la cabeza.

Algo dentro de ella le pedía prudencia.

Pero había aprendido a confiar en el hombre al que amaba incluso cuando el miedo intentaba advertirle lo contrario.

Y el amor, muchas veces, hace callar a la razón.

Finalmente aceptó.

Vendió cada res que pudo, reunió el dinero con manos temblorosas y, sin contar los billetes, los depositó en las manos de Dilbert.

No necesitaba comprobar la cantidad.

Confiaba más en él que en sí misma.

La mañana de la despedida, Dilbert besó con suavidad la frente de Mariana.

—Volveré pronto —prometió.

Después tomó su equipaje y se alejó por el camino de tierra sin volver la vista atrás.

Mariana permaneció de pie observándolo hasta que su silueta desapareció entre el polvo del sendero.

Apretó a Rocío contra su pecho.

Todavía no lo sabía pero aquel beso había sido el comienzo de la espera más larga de su vida.




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