Cáncer

Capítulo 16

Los días se convirtieron en semanas.

Las semanas, en meses.

Y Dilbert jamás volvió.

Al principio Mariana justificó cada ausencia. Pensó que los negocios se habían complicado, que los caminos estaban cerrados por las lluvias o que, simplemente, había encontrado trabajo más lejos de lo previsto.

Cada amanecer preparaba café para dos.

Cada anochecer dejaba la puerta sin seguro.

Estaba convencida de que, tarde o temprano, él cruzaría el umbral con aquella sonrisa silenciosa que siempre lograba tranquilizarla.

Pero quien llegó primero no fue Dilbert.

Fueron los rumores.

En los pueblos pequeños las noticias caminaban más rápido que las personas, y bastaba con que alguien susurrara una historia para que, al caer la tarde, todos la conocieran.

Fue entonces cuando escuchó un apellido que hasta ese momento le resultaba indiferente.

Los Álamo.

Una familia conocida por sus constantes conflictos. Cuatro hermanos y una muchacha mucho menor que ellos llamada Roberta.

Mariana nunca había tenido trato con ellos.

No había razón para hacerlo.

Hasta que comenzó a escuchar que Dilbert frecuentaba aquella casa.

Al principio no creyó nada.

Después llegaron más comentarios.

Que hacía negocios con ellos.

Que pasaba demasiado tiempo allí.

Que había encontrado una nueva ilusión.

Y el rumor más cruel de todos.

Algunos aseguraban que los hermanos Álamo habían entregado a Roberta a cambio de dinero y favores. Nadie sabía con certeza qué parte de aquella historia era verdad y cuál era producto de la imaginación del pueblo, pero las voces coincidían en algo:

Dilbert ya no pensaba regresar con Mariana.

Ella se negó a creerlo.

Hasta que un día los vio.

Caminaban tomados de la mano por la plaza principal como si el mundo entero tuviera que ser testigo de su felicidad.

Dilbert sonreía.

La misma sonrisa que alguna vez había sido solo para ella.

A su lado iba Roberta.

Era mucho más joven. Sin hijos. Libre de las cicatrices que deja una vida difícil.

Mariana sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

No hubo explicación.

No hubo despedida.

Ni siquiera la dignidad de mirarla a los ojos para decirle que todo había terminado.

Aquel beso en la frente había sido un adiós disfrazado de promesa.

Desde ese día, Roberta parecía disfrutar de cada encuentro casual.

Pasaba frente a la casa de Mariana del brazo de Dilbert, sonreía con suficiencia y dejaba escapar comentarios lo bastante altos para asegurarse de que fueran escuchados.

Mariana intentó ignorarla.

Lo consiguió durante un tiempo.

Hasta que una tarde el silencio dejó de ser suficiente.

Las palabras comenzaron a caer como piedras.

Se hirieron con insultos, reproches y verdades a medias.

Pero hubo una frase que atravesó a Mariana con una crueldad imposible de olvidar.

—¿Quién iba a querer una viuda con tantos hijos?

El patio quedó en silencio.

Aquellas palabras no solo venían de Roberta.

Eran el reflejo de una sociedad que juzgaba a las mujeres por sobrevivir, que las convertía en culpables de sus propias desgracias y las condenaba por intentar volver a amar.

Esa noche, Mariana se encerró en el baño para llorar.

Lo hizo en silencio.

No quería que sus hijos la escucharan romperse.

Se dejó caer contra la pared, abrazó sus propias rodillas y esperó, con una desesperación infantil, que el dolor terminara por agotarse.

Pero no ocurrió.

Había algo que nadie conocía.

Ni siquiera Dilbert.

Cuando él abandonó aquella casa, Mariana ya llevaba una nueva vida creciendo en su vientre.

Nunca encontró el valor para decírselo.

Y con el paso de los años comprendió que ese secreto probablemente moriría con ella.

Las lágrimas terminaron secándose.

Lo que nunca desapareció fue otra cosa.

El rencor.

Porque Dilbert no solo había abandonado a la mujer que decía amar.

No solo dejó huérfanos de padre a sus hijos.

También se llevó el fruto de años de trabajo, la confianza de una esposa que lo entregó todo y la dejó enfrentando la pobreza más cruel.

Mariana había apostado su vida por amor.

Y el hombre en quien más creyó fue quien terminó arrebatándosela.

No solo la dejó en la miseria, por su estúpido corazón.

La dejó en la absoluta pobreza por confiar en un traidor.




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