Cáncer

Capítulo 17

Rocío tardó muchos años en comprender que existían heridas que el tiempo no podía cerrar.

Porque había imágenes que no se borraban.

Escenas tan crueles que, aunque una persona envejeciera, seguían apareciendo en sus recuerdos con la misma nitidez del primer día.

Y aquella era una de ellas.

Mientras llenaba una pequeña cesta con frutos para llevarle a su madre —convencida de que ese sencillo regalo le alegraría el corazón— pasó cerca de la antigua casa de sus abuelos paternos.

Entonces lo vio.

Su propio padre.

Junto a los hermanos mayores de Roberta.

No habían ido de visita.

Habían ido a despojar.

Frente a la mirada impotente del viejo, sacaban el ganado de los corrales y cargaban todo aquello que tuviera algún valor. Herramientas, muebles, animales... Todo desaparecía poco a poco entre sus manos.

Era un saqueo.

Un robo cometido a plena luz del día.

El anciano intentó impedirlo.

A pesar del temblor constante que el Parkinson había sembrado en su cuerpo, caminó hasta ellos con las pocas fuerzas que le quedaban.

Las manos le temblaban tanto como la voz.

—¿Hijo... por qué me haces esto? ¿Todo por una mujer? —preguntó entre lágrimas.

Pero nadie respondió.

Lalo fue el primero en perder la paciencia.

Con ayuda de los hermanos de Roberta, sujetó al anciano y lo ató con una vieja cuerda al tronco de un árbol. Después comenzaron los golpes.

Uno tras otro.

No para defenderse.

Sino para silenciar sus gritos.

Desde la casa, la madre de Gilbert observaba la escena con el rostro cubierto de lágrimas.

Lloraba por su esposo.

Pero también lloraba por el hijo que había criado.

Quiso correr.

Quiso detenerlos.

Quiso interponerse entre ellos.

Sin embargo, el miedo terminó inmovilizándola.

Solo cuando los hombres se marcharon pudo salir de la vivienda.

Con las manos temblorosas desató las cuerdas que aprisionaban a su esposo y lo sostuvo antes de que cayera al suelo.

Ninguno dijo una sola palabra.

No hacía falta.

Se abrazaron con la fuerza de quienes acababan de perder mucho más que unas cuantas pertenencias.

Permanecieron allí, sobre la tierra fría, llorando hasta que el sol desapareció en el horizonte.

Nadie acudió a ayudarlos.

Nadie levantó la voz por ellos.

Y sin saberlo, aquel día no solo les arrebataron sus bienes.

También sembraron la semilla de una maldición que, con los años, terminaría alcanzando a Dilbert... y a toda la familia Álamo.




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