Cáncer

Capítulo 21

Rocío se crió a la sombra y a la par de su primo Luciano, el centro de gravedad del afecto familiar. Primo amado y consentido por sus padres —los venerados directores del colegio del pueblo—, Luciano no solo caminaba con la certeza de quien se sabe absoluto; recorría el pueblo erguido sobre el lomo del mejor caballo para ir a clases, cobijado por los mejores tratos y privilegios que alguien pudiera imaginar.

Aquel entorno de desatención no fue del todo árido. Su tío, hermano de Dilbert, compensaba las grietas del desamor acogiendo a Rocío con una ternura genuina, apreciándola como a una hija propia. Aquel refugio contrarrestaba el abandono silencioso de su verdadero progenitor, quien desde el principio optó por la distancia física y emocional.

Rocío lo observaba de lejos durante las festividades del pueblo. Veía a su padre sonreír henchido de orgullo junto a su nueva esposa, presumiendo públicamente a sus nuevas hijas con un anhelo y afecto que a ella jamás le tocaron. Lo hacía sin pudor, a la vista de todos, ignorando la presencia dolorosa de su primera esposa y de su primogénita. Cuando Mariana lo divisaba a la distancia, apretaba los labios, volteaba el rostro con resentimiento y le recordaba a Rocío con voz firme quién era ese hombre: alguien impulsado únicamente por el egoísmo y la devoción hacia su nueva mujer; un padre cuya única aportación a su vida había sido la sangre que corría por sus venas y un apellido firmado en el registro civil.

A pesar de las advertencias y el rencor acumulado a su alrededor, Rocío creció sin cultivar odio en su corazón. Guardaba la ilusión ingenua, guardada muy al fondo de su ser, de que algún día aquel hombre levantaría la mirada, la observaría con detenimiento y reconocería que en el mundo también existía otra hija a quien brindar amor.

Sin embargo, ese reconocimiento solo emergía de la peor manera. Únicamente cuando los vapores del alcohol le nublaban el juicio, el hombre fijaba los ojos en ella para gritarle con prepotencia que él era su padre. Rocío, invadida por el miedo, corría a esconderse; sabía demasiado bien que el efecto de ese fugaz «interés» duraba lo que tardaba en pasar la borrachera, para dar paso, inevitablemente, al frío y cotidiano silencio de la indiferencia.




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