Las manecillas del reloj avanzaban implacables y el tiempo no concedía tregua. Con cada vuelta del segundero, la soledad en la casa se le volvía insoportable a Mariana. Le dolía hurgar en los escombros de su pasado, sintiéndose habitada únicamente por el vacío; y aunque la soledad no justificaba buscar refugio en los brazos equivocados, fue su corazón —ingenuo y desesperado, inmune a la razón— el que la empujó de nuevo al abismo: entregarse sin reservas a otra promesa de amor, condenada de antemano a repetirse como un trágico naufragio.
Mariana nunca aprendió a convivir con la soledad ni a tolerar el eco de una casa vacía, por lo que no tardó en buscar un nuevo compañero para su vida. El que ella creyó que sería el definitivo.
Vicente irrumpió en su mundo siendo varios años más joven, portando una mirada rebelde y un temperamento difícil. El deslumbramiento fue inmediato; Mariana lo eligió sin dudar y la relación avanzó con una prisa tan vertiginosa que sus hijos mayores ni siquiera tuvieron tiempo de asimilar la presencia de aquel extraño. Ella se entregó a ese amor con una devoción ciega, e instructo de esa pasión nació pronto una niña que heredó, de manera innegable, los mismos ojos de su padre.
Buscando respaldar este nuevo comienzo, los padres de Mariana le cedieron nuevamente un tramo de sus tierras para que las administrara, con la esperanza de que el trabajo garantizara la estabilidad de la incipiente familia. Sin embargo, la realidad no tardó en fracturarse. Vicente resultó ser un hombre dominado por la amargura, que miraba con abierto desprecio a los primeros hijos de Mariana. La reprochaba constantemente por su pasado, usaba su historia previa como un arma para humillarla y no tardó en cruzar la línea de la violencia: vinieron los golpes, las palabras destinadas a lastimar y un constante afán por minimizarla como mujer.
En medio de ese entorno hostil, el peso del hogar cayó sobre los hombros de Rocío. Apenas siendo una estudiante, asumió la crianza del hijo de su hermana mayor y de su nueva hermanita recién nacida. Concentrarse en las aulas se volvió una tarea imposible; la escuela quedaba justo frente a su casa y los pequeños, buscando refugio y alimento, caminaban hasta allí tras sus pasos. Rocío, exhausta por una responsabilidad que no le correspondía, hacía lo sobrehumano por sostener la rutina: se levantaba al alba para preparar el desayuno, asistía a clases entre distracciones, regresaba a mediodía a cocinar el almuerzo y luego dividía las horas entre las tareas escolares, la limpieza del hogar, las labores en la cosecha y el cuidado incesante de sus hermanos.
A pesar del cansancio, Rocío no guardaba rencor hacia su madre. En su inocencia pensaba que nadie tenía la culpa de las circunstancias, aunque muy dentro de sí sabía que las cosas pudieron haber sido distintas. Por eso, prefería mantener la fe en que el destino le tendría reservado algo mejor.
Pero la poca estabilidad que quedaba se desmoronó cuando Mariana volvió a quedar embarazada. Rocío no podía comprender cómo, en medio de la miseria, el maltrato y las humillaciones, su madre elegía seguir procreando con un hombre alcohólico, abusivo e indiferente. Vicente no solo no la amaba con la misma intensidad, sino que malgastaba el dinero en sus vicios, dejando la casa en una penuria tal que había días en que la comida apenas alcanzaba para todos. Aun así, Mariana permanecía a su lado, sumisa ante un hombre que no le otorgaba el más mínimo valor ni el lugar que merecía.
La tensión alcanzó su punto más crítico una tarde en el campo. Mientras Rocío subía a un gran árbol para cosechar frutos, dejó a la pequeña Mari sentada a la sombra, en la base del tronco. Al bajar, el horror la paralizó: la niña estaba completamente cubierta de hormigas que le recorrían el cuerpo y el rostro. Desde la distancia, la figura de su padrastro se aproximaba a paso firme, profiriendo insultos y maldiciones. Rocío conocía de sobra la hipocresía de Vicente: aunque despreciaba a los hijos ajenos, los suyos propios eran sagrados y no toleraría el menor descuido.
Aterrorizada, Rocío echó a correr con todas sus fuerzas para salvarse antes de que él llegara. Sabía de lo que ese hombre era capaz; aunque nunca había logrado ponerle una mano encima a ella, no había sido por falta de intentos.
Ver a su madre atrapada en ese enamoramiento ciego, soportando golpes y migajas de afecto, se convirtió en la lección más amarga de su juventud. En medio del miedo y la impotencia, Rocío se hizo una promesa silenciosa y firme: jamás repetiría la historia de Mariana y buscaría, a como diera lugar, la forma de escapar de aquel infierno.